domingo, 20 de octubre de 2013

Por qué

Apenas eras un crío inocente cuando descubriste la incertidumbre. Tus candorosos ojos desvelaban que inquirías como ninguno. Engarzabas uno y otro, y luego otro, y así miles de porqués. Y comenzabas a entender las causas de las cosas, sus consecuencias y la relación fratricida entre ambas en la mayor parte de las ocasiones. Te encantaba preguntarme. Y yo, que a veces no podía contestarte, me sentía impotente. Me hubiera gustado poder responder todas tus dudas, darte ese soplo cada día que te estimulase a pensar un poquito más en cualquier cosa, ya fuera el sentido de un libro, o el porqué del pan con Nocilla que merendabas cada tarde. Sin embargo, si estás leyendo estas líneas, significará que no pude cumplir ese propósito. 

Eras un niño elocuente y desenvuelto, y sorprendentemente reflexivo para tu corta edad. Tu abuelo solía decir que saliste a mí, pero sé que eso no es así, por mucho que me pese, y me alegro de que las cosas no se produjeran de tal modo. Recuerdo que en una ocasión, paseando por el parque de la mano, te detuviste, contemplando a una pareja y me preguntaste por qué se abrazaban. Quise explicarte que el abrazo, es el mayor gesto de amor que se puede tener con el otro, incluso más allá del beso. Que un abrazo estimula a las pieles más frías y reblandece los corazones más duros. Que un abrazo, es eterno, sincero, fraterno, el contacto entre dos cuerpos que se desean o desean expresar algo que no es tangible más allá del viento. Pero no pude. No fui capaz de contarte la importancia de los abrazos, cómo tu padre nunca me regaló ninguno. Pero sí muchos besos tras cada golpe.

Tu padre era un gran hombre. Tenía muchas virtudes. Y por tener, tenía demasiado carácter, pero era un gran hombre. Me quería como a ninguna, y me lo demostraba con palizas y besos. Aunque sin abrazos. Y le amé, le amé como a nadie. Ahora, pese a no ser consciente ni yo misma de dónde estoy, le sigo amando, con cada letra, cada palabra, cada línea y a través de cada interlineado. Le amaba cuando rompía la vajilla, cuando te llevaba consigo a rastras al bar, cuando volvía totalmente ebrio a las diez de la mañana, cuando tiraba el plato contra la pared porque la comida no era de su agrado... Pero al fin y al cabo, le amaba. Porque la culpa era mía. 

Nunca llegué a plantearme los porqués como tú lo hacías. Mi etapa de intransigencia hacia las dudas quedó relegada al segundo plano de la infancia. La recordaba como un sueño maravilloso del que no sabía qué partes habían sido ciertas y cuáles no. En aquel momento, ya no preguntaba. Ya no me negaba. Ya no reprochaba. No odiaba, no lloraba, no salía. Y la culpable de toda aquella situación fui yo, porque no fui capaz de extraer la incertidumbre de mi esencia. Mi alma vagaba en las certezas equivocadas, en una nebulosa fallecida de sangre y piedras. Hoy, sigo sin hacerme preguntas, porque ya no tengo alma que pacificar, conciencia que estimular, o pensamiento que alimentar. Tu padre se alimentó de ellos. 

Te escribo estas líneas, hijo mío, para que evites caer en el mismo abismo en el que se precipitó tu padre. Tienes 27 años, y toda la vida por delante, y aunque llevas un lustro cumpliendo condena, sé que algún día podrás rehacer tu vida y tal vez Elena te perdone los golpes con los que acallaste tu voz. 

Cariño, si estás leyendo estas líneas, será porque Elena y yo estamos en el mismo lugar. Donde tú la enviaste a ella y donde tu padre me envió a mí. Y quiero decirte, que me arrepiento de no haberte contado lo que significaban ciertos gestos solo porque tu padre me arrebatase su verdadero significado. Tal vez, si hubiera respondido a todos tus porqués, y si yo hubiese sido un poco niña, hubiera dejado que me enseñases el valor de la incertidumbre, de cuestionarse la evidencia. Que me llevases contigo a la infancia. Y yo podría haberte enseñado a ser un niño toda la vida, para así no tener que recurrir a los golpes cuando una afirmación no era de tu agrado, para que simplemente, preguntases el porqué. 

Porque al fin y al cabo, la culpa es mía.



Tu madre.





Ana

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