domingo, 27 de octubre de 2013

Soy una princesa

Las mujeres somos como animales.

Recorremos todo el camino, toda la vida, buscando a nuestro príncipe azul. Y hasta que llegamos a él –situación que se da en una de cada mil parejas-, nos hemos tropezado por el camino con un centenar de piedras. Marcamos en nuestro mapa vital un único objetivo: encontrar a aquel que nos ame más que a nada que pise este puto suelo. Y créanme, habrán conocido muchas mujeres de talante desgarbado, ciertos aires de hipocresía y algunas dosis de indiferencia basadas en su atractivo físico, o simplemente en su ambiguo ego. Sin embargo, todas ellas, todas nosotras, tenemos el mismo objetivo marcado en nuestro guion vital: encontrar a aquella persona con la que poder degustar un domingo por la tarde, que nos acompañe en los momentos de flaqueza, que nos haga sentir la más especial del mundo aunque estemos rodeadas de mujeres igualmente bellas…

Nos enseñan a ser princesas.

A amar y ser amadas.
A enamorarnos.
A ser altaneras, creídas, guapas e intocables.
A pintarnos las uñas, comprarnos ropa y estar perfectas para nuestro chulazo.
A conducir.
A salir un día por la noche y tener que encontrar unos bonitos pantalones a los que arrimarse.
A tener coche y a corrernos las mejores fiestas.
A sacar morro en las fotos.
A meter relleno en el sostén y unir los codos para subir y tensar pecho.
A arrugar la frente en las fotos.
A ponernos pestañas postizas, a cambiar el color de nuestros ojos.
A maquillarnos hasta para salir a correr.
A querer tener unas medidas de 120-55-90.
A beber.
A fumar.
A tener unas Carrera distintas cada verano.
A comprar el último modelito de Zara y a llamar a la vecina zorra por vestir tal y como lo hicimos nosotras anoche.
A tener mil amigos y ninguno real.
A trabajar en la noche.
A vestir corto.
A estar morenas todo el año.
A ser copias mal hechas unas de otras.

¿Por qué no empezamos a cortarnos la melena cuando nos apetece sin llorar por el pelo perdido? A leer los periódicos, a interpretar la vida, a movernos en el mundo real... y dejar el maquillaje para los cuadros. Este mundo necesita más mujeres BRILLANTES y menos 'princesas' de chichinabo.



Porque en este puto mundo, lo único que importa es no estar sola. Y lo que no llegamos a entender es que teniéndonos a nosotras mismas, jamás estaremos solas. Confiando en otros, sí.


Ana


sábado, 26 de octubre de 2013

Fantasmas

Balcones.
Montañas rusas.
Ratas.
Tigres.
Insectos.
Catarros.
Enfermedades.
Sentimientos.
Fantasmas.
Recuerdos.
Recuerdos.
Fantasmas.
Sentimientos.
Fantasmas.

Me producía todo un vértigo espantoso. No podía retirar la sábana del espejo y contemplarme cada mañana, porque también me daba vértigo. Mi cuarto tenía los cristales opacos, las bombillas tintadas de negro y las paredes cubiertas por recortes de periódicos, gotelé y llanto. La luz del día trastabillaba por el pasillo intentando llegar a la puerta, al fondo, que con su exigua comprensión se mantenía cerrada, impertérrita. ‘De aquí no pasas’, rezaban unos rayones grabados en la parte superior de la puerta, donde debería haber una mirilla. Era de hierro forjado, suficientemente rígida y cruel para mantener atenazada en el interior del zulo a su rehén. La temperatura dentro del cuarto era altísima. Rondaba los cuarenta y cinco grados, aunque es algo que jamás pude llegar a medir porque en aquel cuartucho de entreplanta nunca tuve nada más que oscuridad y calor. Y frío, mucho frío. Un frío helado que contraía mi cuerpo contra la pared. Las convulsiones que producía esta macedonia de sensaciones podrían haber sido perfecto objeto de estudio de cualquier médico francés de los años veinte.

Tenía la espalda cruzada por un arañazo que rasgaba mi piel en dos, desgranándose a su vez en miles y miles de astillas de piel, sangre y polvo que tiritaban a la luz de la oscuridad. En aquel lugar no se percibía ningún sonido, pero el silencio era atronador. Con ese pitido constante, que cruzaba los sentidos, desde el oído hasta la vista, haciendo detonar los párpados, para que se mantuvieran siempre abiertos, encendidos, y jamás pudiera descansar. Desde los ojos hasta la garganta, con punzadas tan agudas, que vivía en un doloroso y continuo estado de amigdalitis. Desde la garganta hasta la boca, a la cual llegaba a secar hasta tal punto, que se había cerrado a cal y canto. Los labios estaban cosidos por la desesperación y la sequía, y la falta de fuerza para poder realizar cualquier tipo de movimientos musculares había logrado deteriorarlos, concediéndoles el aspecto de un suelo pútrido, agrietado. Un suelo que nadie querría pisar jamás.

En medio de aquella masacre vital, un día creí escuchar un sonido, lejano, como de piano…

Acabo de despertar tendida sobre esta cama blanca. Las suaves y níveas sábanas reposan hechas un ovillo sobre mi vientre. Aún escucho ese piano, su melodía gira en torno a mi cuerpo como una onda expansiva que se contrae y se impulsa con breves y profundas elevaciones. Mi cuerpo se mueve al ritmo, pero no es capaz de seguir a la música. Maniatado y desnudo, reside sobre este lecho atroz, ubicado en algún lugar de mi mente. Sobre mí flota aquella que un día estuvo encerrada en un cuarto oscuro, con paredes opacas. No sonríe porque no puede hacerlo, pero sé que lo haría si fuese capaz de llevar un poquito de líquido a sus labios. No me sonríe, pero sé que lo hace. Sé que permanecerá aquí conmigo, y que no me dejará sola. Sé que sonríe, porque estoy maniatada y desnuda. Lo que no sé es si aquella soy yo o fueron esos que no creyeron en mí y me cortaron las alas, desvistieron mi alma, y me dejaron abandonada en un maquiavélico estado de putrefacción. Ahora solo me tengo a mí misma, sobrevolándome. No sé quién soy yo. Ni siquiera sé si esa soy yo.


Sin embargo, me da vértigo. 


Será un fantasma. 




Ana



domingo, 20 de octubre de 2013

Por qué

Apenas eras un crío inocente cuando descubriste la incertidumbre. Tus candorosos ojos desvelaban que inquirías como ninguno. Engarzabas uno y otro, y luego otro, y así miles de porqués. Y comenzabas a entender las causas de las cosas, sus consecuencias y la relación fratricida entre ambas en la mayor parte de las ocasiones. Te encantaba preguntarme. Y yo, que a veces no podía contestarte, me sentía impotente. Me hubiera gustado poder responder todas tus dudas, darte ese soplo cada día que te estimulase a pensar un poquito más en cualquier cosa, ya fuera el sentido de un libro, o el porqué del pan con Nocilla que merendabas cada tarde. Sin embargo, si estás leyendo estas líneas, significará que no pude cumplir ese propósito. 

Eras un niño elocuente y desenvuelto, y sorprendentemente reflexivo para tu corta edad. Tu abuelo solía decir que saliste a mí, pero sé que eso no es así, por mucho que me pese, y me alegro de que las cosas no se produjeran de tal modo. Recuerdo que en una ocasión, paseando por el parque de la mano, te detuviste, contemplando a una pareja y me preguntaste por qué se abrazaban. Quise explicarte que el abrazo, es el mayor gesto de amor que se puede tener con el otro, incluso más allá del beso. Que un abrazo estimula a las pieles más frías y reblandece los corazones más duros. Que un abrazo, es eterno, sincero, fraterno, el contacto entre dos cuerpos que se desean o desean expresar algo que no es tangible más allá del viento. Pero no pude. No fui capaz de contarte la importancia de los abrazos, cómo tu padre nunca me regaló ninguno. Pero sí muchos besos tras cada golpe.

Tu padre era un gran hombre. Tenía muchas virtudes. Y por tener, tenía demasiado carácter, pero era un gran hombre. Me quería como a ninguna, y me lo demostraba con palizas y besos. Aunque sin abrazos. Y le amé, le amé como a nadie. Ahora, pese a no ser consciente ni yo misma de dónde estoy, le sigo amando, con cada letra, cada palabra, cada línea y a través de cada interlineado. Le amaba cuando rompía la vajilla, cuando te llevaba consigo a rastras al bar, cuando volvía totalmente ebrio a las diez de la mañana, cuando tiraba el plato contra la pared porque la comida no era de su agrado... Pero al fin y al cabo, le amaba. Porque la culpa era mía. 

Nunca llegué a plantearme los porqués como tú lo hacías. Mi etapa de intransigencia hacia las dudas quedó relegada al segundo plano de la infancia. La recordaba como un sueño maravilloso del que no sabía qué partes habían sido ciertas y cuáles no. En aquel momento, ya no preguntaba. Ya no me negaba. Ya no reprochaba. No odiaba, no lloraba, no salía. Y la culpable de toda aquella situación fui yo, porque no fui capaz de extraer la incertidumbre de mi esencia. Mi alma vagaba en las certezas equivocadas, en una nebulosa fallecida de sangre y piedras. Hoy, sigo sin hacerme preguntas, porque ya no tengo alma que pacificar, conciencia que estimular, o pensamiento que alimentar. Tu padre se alimentó de ellos. 

Te escribo estas líneas, hijo mío, para que evites caer en el mismo abismo en el que se precipitó tu padre. Tienes 27 años, y toda la vida por delante, y aunque llevas un lustro cumpliendo condena, sé que algún día podrás rehacer tu vida y tal vez Elena te perdone los golpes con los que acallaste tu voz. 

Cariño, si estás leyendo estas líneas, será porque Elena y yo estamos en el mismo lugar. Donde tú la enviaste a ella y donde tu padre me envió a mí. Y quiero decirte, que me arrepiento de no haberte contado lo que significaban ciertos gestos solo porque tu padre me arrebatase su verdadero significado. Tal vez, si hubiera respondido a todos tus porqués, y si yo hubiese sido un poco niña, hubiera dejado que me enseñases el valor de la incertidumbre, de cuestionarse la evidencia. Que me llevases contigo a la infancia. Y yo podría haberte enseñado a ser un niño toda la vida, para así no tener que recurrir a los golpes cuando una afirmación no era de tu agrado, para que simplemente, preguntases el porqué. 

Porque al fin y al cabo, la culpa es mía.



Tu madre.





Ana

martes, 15 de octubre de 2013

Soy una silla gitana

Soy una silla.

Podría haber sido una mesa, una puerta, una persiana o un tupper, pero no, nací silla. Mi infancia fue muy turbulenta. Crecí en una fábrica calé de Busdongo. Tengo la misma nacionalidad que el dueño y señor de Zara, sí. Y digo nacionalidad, porque soy un poco nacionalista. Creo en un Busdongo libre. Porque Busdongo existe, como Teruel o Soria. O Conejera. Bueno, Conejera no, que no tiene derecho a existir. Soy una silla intolerante, un poco racista y algo xenófoba. Pero no es por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Los causantes de mi despotismo racial son mis padres. Soy una silla gitana. Mi padre, que en paz descanse, era taburete; y mi madre, que aún vive, silla de cocina. Salí merchera. Una silla gitana mestiza. Mi padre falleció el mes pasado en Madrid, en la casa de un tal señor Aznar. El señor bigotudo de la casa acabó con él, después de dos años a su servicio, porque a su mujer se le ocurrió que era más relajante sentarse en la Plaza Mayor para tomar una taza de café con leche, que en su propia cocina. Y así, mi padre quedó 'pa' trapos' que dirían por ahí. Lo echaron al fuego de la chimenea, descuartizándole mientras su cuerpo restrallaba, desesperado, en un intento por zafarse de sus captores. De este modo murió mi papa. Él, que soñaba con ser atropellado por un camión de siete ejes, o con ser incinerado en Muebles Reto. Un final muy triste para un gitano. Morir a manos de un expresidente. 

Mi madre, que es paya, por el contrario, sigue vivita y coleando. Mi mama es lo más grande. Es la silla de la cocina de Falete, y es realmente famosa en Leroy Merlin. Los productores de The Big Bang Theory le hicieron un contrato millonario para que interpretase en la serie a la silla de cocina de la madre de Howard Wollowitz, pero lo rechazó porque no quiso quemar su imagen. Por eso, ni la madre de Howard, ni la silla aparecen nunca en la serie, van parejas. También le ofrecieron participar en Jackass, pero era un viaje sin retorno del que muchos otros no habían vuelto. Por eso, mi madre se quedó con don Rafael, más conocido por su sobrenombre Falete. Lleva tres años viviendo en esa casa y es muy feliz. Con Falete dice sentirse plena, completa, asegura que él es capaz de darle todo el calor que mi padre no podía darle. 

Mis padres se separaron hace cinco años. No se entendían. Él no era capaz de comprender por qué ella se barnizaba tanto para salir de la fábrica, y ella no entendía que él no tuviera respaldo. Está claro que el hierro y el metal no están hechos para ser amantes. Yo crecí con ambos, pero siempre me sentí más apegada a mi padre. Me contaba sus historias de la guerra, y de cómo el nacimiento de Ikea marcó el proceso de transición hacia la paz entre los sofás y las sillas. De este modo, en mi familia, siempre fuimos muy amigos de algunas razas de sofás. En concreto, de los grises y de los blancos, sin bordar, sin ornamentos. Nunca nos llevamos bien con los sofás de terciopelo, los de cuero, o los rojos, no. Participamos activamente en la guerra contra Megasofá, Todotresillo y Mobeltur. Sus jodidos tresillos nos la tienen jugada. Qué asco nos daban a padre y a mí. Sin embargo, nos gustaban los sofás grises y los níveos. De hecho, mi enamorado es un sofá. Y pienso en él a todas horas. Mientras traseros gordos, flacos, negros, blancos, estirados, arrugados, vestidos o desnudos se sientan sobre mí. Mientras me quedo sola en este aula discutiendo con mis colegas sibre quién está más gastada y quién tiene que ir pensando en emigrar al sótano... Vivo a pocos metros de mi sofá gris. Él, en el piso de abajo; yo, en la primera planta. Él, en el chill out; yo, en el aula. La facultad de Comunicación es nuestra esperanza y nuestra quiebra. Nos separa y nos aleja. Nos protege y nos encierra. Tan lejos y a la vez tan cerca...

Acabo de despertarme en clase. Me he perdido la mitad de los apuntes. Observo mi silla y contemplo mis piernas. Ya no sé dónde acaba mi cuerpo y dónde empieza su estructura. He echado raíces en ella. Y me siento total, y absolutamente, como se sentiría una silla gitana. Qué absurdo. Soy una silla. 

Y amo a mi sofá. 



Ana

lunes, 14 de octubre de 2013

De mayor quiero ser gotelé

Hacía frío en ese cuarto.
Demasiado frío.

Buscaba una habitación pequeña, para que sus paredes pudieran abrigarme cuando mi alma echase a volar y me dejase sola en tierra. Lo máximo a lo que puede aspirar mi cuerpo es a ascender unos metros en un elevador, tantos como pisos tengo que subir para llegar hasta aquí. Hasta mi cuarto. Pequeño, pero aún así, frío. Un frío que llegó de la mano con el insomnio, guiñándome un ojo y susurrándome al oído, ‘esta noche no’. Los dos se sentaron al borde de mi cama y pude ver sus maliciosas miradas, mientras adormilada les distinguía riéndose entre las brumas de mis pestañas. Carcajadas diabólicas, en blanco y negro, eléctricas. Se movían lentamente, hacia delante y hacia atrás, doblados por la risa. Lentamente, como lentamente pasa este otoño. Tiraban de mis sábanas hacia abajo, me las arrebataban en sus ínfulas por mantenerse a mi lado. Y me quedé sin sábanas, con el frío cristalizando mi piel y el insomnio agarrando mis párpados hacia extremos opuestos. La oscuridad del cuarto quedó
bañada por la tenue luz de las farolas de la calle, el reproductor mp3 se estancó, todo se detuvo, mi vista se quedó en standby, y mi sueño con ella. 

Por fin pude dormir, y esa noche soñé que era como el gotelé de mi pared. Una pizca de abultada pintura en una inacabable pared de réplicas infinitas. De pronto, sentí cómo me clavaban una chincheta en el centro de mi cuerpo de gotita, y las convulsiones me hicieron despertar de la forma más brusca que pude esperar. El insomnio se había ido, pero en su lugar quedaron las pesadillas, y esa maldita sensación de desazón en mi cuerpo. Me levanté de la cama, esquivando al frío, y descolgué todos y cada uno de los lienzos de mi cuarto, arrebatándoles las chinchetas de sujeción con cuidado, para no hacerle daño al gotelé. Me volví loca. Pero me dolía tanto, que lo único que se me pasó por la cabeza era no hacerle daño a la pared. Terminé por clavarme una chincheta en un pie y maldiciendo el día en el que le abrí la puerta al frío para que trajera a sus amigos. Todo era culpa suya.

Hace dos horas hacía demasiado frío en este cuarto. Ahora estoy helada, y rodeada por el triduo de la desesperación. El insomnio, que me guiña un ojo; el frío, que me congela; y las pesadillas que me rompen como si fuera un folio de papel.


Y yo, sufriendo por el gotelé. 

viernes, 11 de octubre de 2013

La metamorfosis

Salamanca. Viernes. Seis y cuarto de la tarde. Una estación de autobuses repleta de estudiantes impacientes por retornar a sus hogares. Prisas, ruido, humo, mierda. Y en medio de aquel tejemaneje de ritmos, allí estaba él. Tirado en ese banco, maltrecho, hundido, pegado a una botella de alcohol traspasada por los rayos de sol que la tarde dejaba a su paso como un regalo mal avenido. Nos sentamos a su lado, mi maleta y yo. Ella silenciosa, yo trastabillando por el peso de mi compañera. El ruido le despertó. Dio un brinco cuasi imposible. E inmediatamente me lo imaginé echando a correr, perseguido por los guardias de seguridad de la estación, en una versión charra de Trainspotting. Pero no. Cuando desperté de mi pequeña ensoñación, él seguía ahí. Inmóvil, como suspendido en el aire después del salto. Parecía levitar sobre los maderos del banco. En diagonal, como una flecha que no acaba de llegar a su destino. Me pregunté dónde quedaría clavada esa flecha. Cuál sería su objetivo, qué buscaba. De pronto, se levantó, se estiró, agachó la cabeza, se adecentó como buenamente pudo con unas manos que destilaban mugre, y se volvió a sentar. Echó un vistazo rápido a mi maleta y me miró sonriendo.
- ¿No tienes miedo de estar sentada al lado de un perro maloliente como yo? – me espetó, así, sin más.
Mi capacidad de reacción se vio bruscamente sorprendida, y sin saber qué decir, le devolví la sonrisa unos segundos, esperando encontrar una respuesta interesante más allá de una simple negación o afirmación a una pregunta tan pícara.
- ¿No tienes miedo de estar sentado al lado de una falsa inocente como yo?

Su sonrisa se ensanchó. Tenía los dientes carcomidos, pero muy blancos, lo que me hacía pensar qué tal vez su historia fuera más compleja de lo que aparentaba.
- ¿Acaso llevas algo en esa maleta con lo que estés dispuesta a hacerme daño? – me respondió, dirigía su vista y sus dedos hacia mi compañera de viaje que reposaba al otro lado.
 
- Nunca se sabe. Todo depende de lo que haya elegido llevar en mi maleta.
 
- Ah, amiga. Las cosas que elegimos introducir en nuestra mochila pueden ser demasiado traicioneras. Puedes meter un suave paquete de pañuelos, que si lo sabes usar bien podrán servirte para acariciarte la cara o para hundirlos con cloroformo en las bocas de otros.
Sus palabras me dejaban tan ensimismadas que no pude evitar sacar un paquete de pañuelos del bolsillo del pantalón y entregárselo. Rara vez suelo llevarlos encima, pero aquella era una ocasión especial, y el karma parecía haberme avisado antes de salir de casa.
- Y tú –le inquirí con interés tendiéndole el paquete de pañuelos-, ¿qué harías con ellos?
 
- Tal vez intentar ahogarte. O quizá simplemente venderlos. De cualquier modo, hagas lo que hagas en esta vida siempre te la van a meter doblada. Si me los quedo, me los robarían. Si te los quedas, te los robo. En esta sucia sociedad, yo no elegiría mantener nada por mucho tiempo. Solo a mí mismo. Y tú pareces buena chica. Me entiendes.
 
- ¿Crees que te los robaría?
 
- Creo que no. Y ese es el problema. La sociedad vive en descompensación. Los buenos traéis pañuelos mientras que los malos os los robamos. Yo hace tiempo elegí ser bueno, de los muy buenos, además. Por circunstancias que el alcohol me ha hecho olvidar, me volví de los malos, de los peores. Hagas lo que hagas en esta sociedad, te la van a meter doblada. Por eso elegí ser de los malos. Me la van a meter doblada igual. Pero al menos, puedo estar orgulloso de que nos hayamos encontrado. Toma tus pañuelos. No te los voy a robar. Total, estamos jodidos igual.
Los recogí en el preciso instante en el que la megafonía llamaba a los andenes. Me levanté, saqué mi Metamorfosis de Kafka del bolsillo del abrigo y se lo entregué.
- Estamos jodidos. Pero las transformaciones existen, tanto para bien como para mal. Y de todas ellas podemos aprender.
 
 
Y me fui, pensando en si todo aquello había sido real o tal vez un sueño.
La cuestión es, que todo esto había pasado en cuestión de cinco minutos.
La cuestión es, que cuando mi autobús partió, él ya no estaba allí. Ni él, ni mi libro.
 
Ana

lunes, 7 de octubre de 2013

Me llaman Lala

Me llaman Lala. 

Mi nombre real no lo recuerdo. Nací en algún punto de Edo, un Estado al sur de Nigeria. De mi infancia apenas tengo recuerdos. Mi madre falleció en mi alumbramiento, y de mi padre no tengo constancia. Desde muy niña viví con unos parientes lejanos en la zona de Kogi, en Lokoja, una pequeña urbe un tanto prolífica -en la medida en la que algo en Nigeria puede serlo-, gracias al paso del río Níger. Fueron tiempos bonitos. Jugábamos a ser futbolistas en plena calle como si fuéramos las protagonistas de la película Quiero ser como Beckham. Solo acudimos una vez al cine, y fue al aire libre en la plaza sur, precisamente para ver esa cinta. A partir de aquel día, recuerdo que me obsesioné un poco con parecerme a aquella muchacha india que dejaba todo atrás por su sueño. Incluso mis parientes me reprochaban mis continuas ensoñaciones en el trabajo. Pero qué podíamos hacer. Una de las características de Nigeria es que en esta tierra mágica los sueños vuelan más alto que las personas. Si algún día visitas mi tierruca, te darás cuenta de que al mirar a las nubes, pueden
descifrarse miles y miles de cometas. Una cometa por cada sueño echado al viento, por cada persona con la que te cruces que ansíe echar a volar. Lo malo es que en mi país, no está permitido volar. Mujeres como yo lo tenemos complicado, y en casa de mis parientes estaba prohibido mostrar las alas. Tan solo veían bien que fuéramos lo que ellos calificaban como ‘mamíferos’: personas ancladas a una tierra dispuestas a trabajar por ella y a llevar el sustento a casa. Por eso, mi infancia fue el eufemismo de un trabajo. Pasábamos las mañanas cultivando el preciado cacao, que más tarde mis parientes llevaban en pequeñas dosis a los marchantes que actuaban como mediadores de cara a la exportación. Mis parientes me daban 50 kobo por cada semana de trabajo, y considerando que esa paga estaba sobreestimada, ya que les debía agradecer el sustento y la manutención que me proporcionaban. No era consciente por aquel entonces de lo que más tarde me dijeron que era explotación.

Mis parientes eran musulmanes en una región en la que predominaba el cristianismo protestante. Por eso, y pese a mantener unas relaciones comerciales estables, mis parientes no gustaban en relacionarse con el resto del vecindario. Lo que comenzaban siendo tratos económicos podían derivar en discusiones religiosas si se daba pie a una conversación de más de cinco minutos, por lo que en nuestra casa evitábamos la socialización vecinal. De vez en cuando, venían unos parientes del norte, también musulmanes, con los que podíamos mantener un trato más prolongado. Sin embargo, las mujeres de la casa solo teníamos derecho a escuchar cuando ellos lo decidían, y a hablar cuando el resto de mujeres estaban presentes. No podíamos permanecer en la sala durante el rezo, sino que debíamos entrar cuando los hombres hubieran acabado para servir la comida. Pocas veces entendía lo que hablaban cuando pasaban alrededor. No era nupoide, así que no podía saber qué intenciones existían tras las miradas de lascivia de aquellos hombres. Confiaba en que mis parientes me mantendrían a salvo, al fin y al cabo, era una niña. En cambio, hoy me doy cuenta de que no es así.

Este resumen de mi infancia sucedió cuando yo era solo una niña. Tenía apenas seis años. Hoy, tengo diez y ya soy toda una mujer. Circulo en una camioneta sin rumbo a través de una selva desconocida, después de días y días de desérticos y salvajes paisajes. Sin saber a dónde voy. Mis compañeras de viaje hace tiempo que perdieron la voz, y juntas nos aventuramos hacia un destino incierto, del que no sabemos si terminaremos por envejecer del todo o terminará por arrollarnos, como las ruedas de la camioneta, con las que a cada metro recorrido de baches y saltos, vamos atropellando los instantes felices y desastrosos de la que pudo ser la vida convencional de unas niñas convencionales.




Me llaman Lala. Y me escribo a mí misma esta carta mental para recordarme quién soy, por si mañana despierto corroída y convertida en otra persona. 




Ana

jueves, 3 de octubre de 2013

Penélope

Penélope nunca fue una niña común. 

Porque Penélope no podía llorar. Henchida en el sofá de aquel salón se sentía única y sola. Le apetecía mucho hacerlo, pero no podía. Hacía tiempo que había olvidado llorar. Cerraba los ojos, se recordaba a sí misma, imaginaba desastres, desgracias, cualquier odisea digna de ser tratada por Lars von Trier. Y no era capaz. Las lágrimas no amanecían en sus ojos. Parecía que los párpados las asediaban tras ellos, celosos de que otros pudieran ser testigos de su cristalina agonía. Penélope se imaginaba esta situación cada noche, tratando de dar explicación a esa ausencia de líquidos que le secaba el alma. Y es que Penélope vivía con el alma desollada.  Nunca fue una niña común. Nunca fue como las demás. Y no fue como el resto porque sí, sino porque no podía llorar. Sin embargo, Penélope sufría. A Penélope le diagnosticaron desde muy chica esa enfermedad. La del sufrimiento. Esa patología que le producía un profundo desazón. Penélope no podía cruzar la vista con nadie, porque era capaz de identificar sus sentimientos y sentirse obligada a vivirlos como aquellos ojos con los que se había topado. Penélope se detenía en cada conversación, se apostaba en cualquier parte, para escuchar. Y escuchando leía las almas de aquellas pupilas que le contaban cuáles eran sus problemas. Y Penélope no podía mitigar aquella sensación de empatía que la corroía, que le producía tanto dolor. Y cuando pasaba el tiempo, y las personas seguían desfilando a lo largo de su vida, superando sus problemas, sonriendo y saltando al siguiente escalón; Penélope se quedaba atrás, entre bastidores, sintiendo el mismo dolor que al principio. 

Penélope no tenía piernas. No podía caminar. Pasaba su vida sumergida en el mismo sofá, contemplando a los funambulistas que sopesaban sus penas, mientras ella permanecía ahí, sentada, sin poder moverse. Penélope no tenía familia. Penélope no tenía hogar. Aparecía de vez en cuando sobre aquel tresillo, sola. Penélope tenía una guitarra que no sabía tocar. Y estaban los tres, su sofá, su guitarra, y ella. Penélope se obligaba a estar enamorada de su guitarra. Por eso le puso nombre de hombre, aunque nunca lo quiso decir en voz alta para que no le recordase a ningún hombre físico por el que sintiera dolor, pero por el cual tampoco pudiera llorar. 

A Penélope le gustaba cantar, aunque no tenía voz. Se imaginaba acordes infinitos y decadentes ritmos. Se sabía todas las canciones de memoria. Penélope era inteligente. Observaba y aprendía, y el saber llegaba a su sofá. Pero había algo que Penélope no sabía, y es que su trémula alma lloraba cuando sentía esas punzadas de dolor que cada vez se volvían más cotidianas. Penélope nunca fue una niña normal. Porque no es de este mundo. Penélope viene y va. Penélope es mi invento para pensar, junto a mi guitarra, que no estoy sola en mi sofá. Y cada vez que Penélope viene, se lleva la enfermedad, y me deja utilizar mi guitarra con cierto desorden, recordándome que tal vez mañana siga viva, y pueda aprender un par de acordes más. Mientras Penélope siga viniendo, yo seguiré ensayando. Porque no hay mayor obra de arte que la vida. Ahora Penélope se va, se me sume en el alma y nos hacemos una. No habrá más tregua hasta mañana. 

Buenas noches, Penélope. Te espero en el sofá.



Ana