miércoles, 26 de enero de 2011

Frustración

        Hoy os dejo un vídeo con la lectura para escuchar, no se caracteriza por su buena calidad de audio, porque mis recursos en Salamanca son limitados, por eso os recomiendo auriculares o altavoces altos y un ambiente solitario y silencioso. ¡Espero que os guste!
video

       Te conocí aquella mañana de octubre cuando ya no permanecía en ti atisbo alguno de fortaleza. Llegaste con esos ojos plomizos inundados en una extenuación que ya se había asentado en ellos de por vida. Con los labios agrietados por las gélidas palabras que tuviste que pronunciar. Con aquellas manos amoratadas por los golpes que te viste obligado a propinar… Con un millón de esperanzas desvanecidas, con tus expectativas rotas en mil añicos inútilmente recuperables… Con aquella sonrisa lánguida y forzada que se había colocado estratégicamente en tu rostro como cosida por mil agujas de acero y un puñal de cartón…
        Te vi, te vi, te vi mil veces. Te miré, te observé. Me gustaba contemplarte más allá de lo que cualquiera que permaneciera en aquella sala pudiera llegar a hacerlo. Porque todos veían tus agallas, tu osadía. E incluso, tu arrogancia. Una arrogancia defensiva que te proporcionaba un vínculo sombrío de protección contigo mismo. Ellos te miraban, pero no te veían. Ellos te oían, pero no te escuchaban. Te tocaban, pero no te sentían. ¿Dónde quedaste?
        No hace mucho alguien preguntó qué es la frustración, y si tenía algo que ver con la impotencia… Tú sabes muy bien lo que es impotencia… Impotencia es un querer y no poder. Es una sonrisa atascada en mitad del camino. Es un corazón restringido por un cerebro locuaz que no descansa. Es el irremediable sufrimiento por otorgar todo lo que posees y no recibir siquiera una cálida mirada que acompañe tu intrínseca soledad. Son uno y mil impulsos reprimidos por algo que no puedes controlar. Es una carencia de autoconocimiento personal. Es un abrazo mal sentido, un gesto equivocado que te impide llevar a cabo eso que deseas realmente. Es un sentimiento. Un sentimiento que se apodera de tu alma y la aniquila sin tregua. Son puñados de suspiros que te ahogan, te absorben, te maltratan… Es la respiración que destroza tus pulmones y colapsa tus vías. Es el sentimiento agazapado, la emoción encogida sustituida por un silencio sepulcral que te atormenta y te va inundando poco a poco… Hasta que desfalleces. Es entonces cuando la melancolía y el fracaso por no poder dominar tus propios impulsos ni ser capaz de hacer eso que tan ligeramente proclamaba aquel libro de autoayuda se traduce en una frustración acompasada a la pasada impotencia. ¿Qué es frustración? Frustración es comprobar cómo a cada minuto se te escapa ese puñado de ilusiones en el que habías puesto tus mejores esperanzas, esas vagabundas que te quedaban en tu proscrito corazón como piezas desencajadas… Frustración es el desengaño cotidiano de la vida, la mezquindad de las historias bonitas, el desasosiego de los genios, la indiferencia acomodada con los años en el espíritu del experimentado… Un vídeo me mostró lo que es la frustración oculta bajo un manto de ironía ácida que intenta desesperadamente y sin resultado endulzar el sabor insípido de determinados momentos… Y digo determinados porque el truco está en no ser dominado por ninguna de estas emociones. El ser humano las genera y se sitúa en aquella delgada línea que separa el éxito del fracaso, realizando malabarismos emocionales que diviertan al público aburrido de historias felices y risueñas, ávido de situaciones morbosas y desencuentros íntimos que les lleven a pensar que su vida no tiene por qué ser la más desgraciada, que hay otros que pueden estar peor. Curioso modo de masoquismo y compasión. Curioso método de autorelajación. Pero quién sabe, puede que todo esto no sea más que una divagación más que permanezca suspensa en el aire hasta que alguien esté dispuesto a atraparla… Quién sabe… Al fin y al cabo, no sé qué es la frustración. No sé qué es la impotencia. Y al fin y al cabo, no te conozco…

Ana Esther

lunes, 24 de enero de 2011

Zodíaco

        Todo el mundo conoce su signo del zodiaco. Mamá conocía el suyo. Era Géminis y como tal sabía adaptarse a cualquier situación. Siempre mantuvo al margen sus emociones y mostraba una serenidad fingida que todos parecían creer. Una sonrisa inmutable se instaló en su pálido rostro desde el primer momento en el que comenzó el infierno. Los Caídos –así los llamaba ella- tenían más fuerza de voluntad que nosotros. Tendidos en aquellos camastros solitarios fueron capaces de superar su agonía en silencio, encerrando bajo llave y cerrojo aquellas lágrimas que clamaban libertad.
        Mi mamá era muy bonita, vestía para cada ocasión. Azul, si el día era claro; verde, si se acercaban los niños de la planta tres a jugar con ellos; amarillo, en épocas de festividades o en nuestros cumpleaños; y rojo, para los momentos de cambio. Siempre aseguró que cada vez que vistiera de rojo sería para celebrar un nuevo comienzo, una nueva oportunidad que tal vez le brindara aquella nueva medicina. Pero yo sé que no es así. Vestía de rojo porque estaba asustada. Rojo como el río de sangre enferma y mutilada que recorría sus venas y la devoraba poco a poco. O azul, cuando no soportaba la tristeza de su alma vacía e intentaba plasmar sus pocas esperanzas en aquella bata celeste… Verde, para calmar aquella sensación de horror que le hacía sucumbir frente a los médicos uniformados, esos que la contemplaban como aquel que observa un libro en blanco y sin sentido… De amarillo, en cambio, vestía en los días de terapia, o cuando la visitábamos, intentando plasmar una alegría difusa sobre nuestros ojos, una alegría que cubriera aquel bastidor de quemaduras, extenuación y pesadumbre. Estuvo cansada. Pero jamás desistió. Mi mamá era una mujer muy fuerte. Soportó lo que muchos se han negado a escuchar, lo que a oídos de los demás representa rechazo, oscuridad y secreto. Aquellas largas horas de hospital no la hacían fuerte, la asesinaban poco a poco. Ella lo sabía, y se mantenía impasible. Siempre supo aprovechar cada instante en aquella cama, cada segundo en nuestra compañía.
        Hoy he abierto este diario, trece años después. Hoy he tenido el valor para leer todo aquello que mi madre sentía y plasmaba día a día en cada folio de este desgastado cuaderno. Para abrir los ojos frente a aquel estoico valor que poblaba su corazón. Me avergüenza no haberte visto antes, madre. Me avergüenza carecer de aquel valor que no heredé. Y me frustra no poder acordarme ni siquiera de tu rostro, de tus facciones, de tu sonrisa. De aquellos besos sonoros que cada instante me dabas mientras me mecías entre tus brazos. Me frustra no haberme dado cuenta de tu sufrimiento. No haber podido decirte lo que te echaba, te echo, y te echaré de menos. Y sobre todo, me horroriza haberme enterado por este diario. Pero yo, soy Virgo.

        Ana Esther

sábado, 22 de enero de 2011

Parte II. Déjame cerrar los ojos para no pensar...

        La vida cambia de forma radical en un instante. En ese momento de tensión que excita tus hormonas y propugna una gran cantidad de impulsos que no están dispuestos a detenerse en tu cerebro. La pasada entrada me propuse concluir un episodio aparentemente cómico… Pero esta vez será como un capítulo de Los hombres de Paco, empieza de forma divertida, se prolonga, y finaliza de forma no tan entretenida.
        Retomo. Aquel miércoles terminé por dirigirme a las prácticas de Lengua y Escritura Literaria. Y es aquí donde le agradezco al plan Bolonia que contrarrestara mis pocas ganas de acudir a ellas. El ejercicio de aquel día consistió en realizar metáforas originales, que se salieran del convencionalismo en el que estamos acostumbrados a descansar… Mi idea es retomar aquellas metáforas, aquí y ahora, sin pensar, sin divagar sobre qué término escoger para agradar al lector… Las aplicaré desde Su perspectiva. Desde la perspectiva de ella. De una mujer de treinta y nueve años con una niña de cuatro meses recién cumplidos y un niño de cinco años, a la que le han diagnosticado una leucemia. Algo importante que aprendí en aquellas clases es a saber hablar del cáncer y sus derivados con naturalidad, a apartarse del escándalo social que genera el mero hecho de oír alguno de estos términos. A veces lo más importante no es aquello que has estudiado en la página tres, sino lo que resurge de forma fugaz, y que retomas tiempo más tarde aplicándolo a una situación determinada. Ese es el poso del saber. Las pequeñas cosas que hacen que tu vida tenga sentido. Los pequeños detalles que relacionan acontecimientos inconexos. Las migajas que hacen que no te sientas extraño de tu propia vida, que logres entender lo que sucede. Pero no divagaré más, porque, al fin y al cabo, si he de hacer una tercera parte de esto será para contaros que a un pequeño de cinco años se le iluminó el rostro al ver a su mamá de nuevo en casa, llevándole al cole, preparándole el almuerzo. Será para contaros que la pequeña Sofía no quiere mimos si no son de su madre, que está aprendiendo a caminar con ella, y que la hace levantarse todas las noches a las tres de la madrugada para cambiarle el pañal. Será para contaros que su marido le da un beso cada mañana acompañado de un “buenos días, cariño” mientras le prepara unas tostadas con mermelada. Será para contaros que uno de los miles de millones de héroes que luchan cada día en el silencio, ha vencido contra sí mismo. Porque al fin y al cabo alguien dijo una vez que todos tenemos una parte positiva y una negativa… Lo importante será cuál potenciemos… Y que disfrutemos al máximo de esos pequeños detalles que nos hacen ver la vida con una perspectiva diferente…
        Me siento extraña, como una hoja seca peregrina por un pantano helado. Torpe, como un abogado encarcelado en su propio caso. Absurda aquí tumbada, como un monigote ante los ojos de un humano. Vacía, como la sonrisa cínica de aquella enfermera del pasillo tres cada vez que preguntan por mí. Oscura, como esta niebla que puebla mi mente y me invade en las noches solitarias de hospital. Febril, como un titubeo en un momento de fingida seguridad. Perdida, como una plaqueta proscrita por mis venas. Huraña, como un ermitaño en un día de Acción de Gracias en Nueva York. Vencida, como un rayo de sol apagado por el silencio de las nubes. Furtiva, como las lágrimas prohibidas que no puedo derramar. Inquieta, como los sollozos de mi pequeño cuando observa mi cabeza rapada. Errante, como mi vida… Quemada, como mi cerebro extenuado. Inútil, como un pirata sin su barco. Violenta, como un dantesco rock and roll entre gigantes torpones… Amarga, como la soledad del vagabundo en Nochebuena. Macabra… como las ganas de acabar con este sufrimiento que se solapan en mi agonía…

Ana Esther

jueves, 20 de enero de 2011

Tengo algo para ti... Parte I

        Nunca me ha entusiasmado excesivamente el plan Bolonia. Siempre me ha parecido la típica “reforma-cobertura” destinada a calmar las críticas momentáneamente y a demostrar una supuesta “actividad” por parte del gobierno vigente, hasta que en la siguiente legislatura se cambia de tercio, accede al poder la oposición, y repite con otras reformas de pacotilla peores, algo así como un “otro llegará que bueno me hará".
        Pues bien. Ayer le encontré el único matiz relevante a esta reforma. Sucedió que una jovencita de unos dieciocho años, embriagada de pasión por los presupuestos, las implicaturas verbales y un montón de apuntes desperdigados a lo largo de un gran –pero poco pulcro- escritorio, sintió que estas voces le llamaban… clamaban su presencia, la presencia de aquellos ojos que las devoraran con la mirada, capítulo uno, capítulo dos, capítulo tres… Que morían porque aquellos ojos se calaran de su esencia de principio a fin, de su alma… Aquellos verbos descriptivos ilocutivos se estremecían ante su mirar… Hasta que un dantesco escalofrío recorrió su espalda. La muchacha se dio cuenta de que el reloj-despertador de la repisa marcaba las cuatro de la madrugada. Podría estar equivocado, al fin y al cabo, ya le había jugado unas cuantas malas pasadas. Se le pasó por la cabeza la idea de arrojarlo por la ventana, pero la calle estaba lo suficientemente transitada como para no hacerlo (había un perro). Se incorporó con dificultad por la experiencia religiosa que había vivido instantes antes (algo así como un éxtasis de Santa Teresa, pero sin Teresa y sin otro Dios que no fuesen las elocuentes palabras de aquel tratado de lengua española). Le costó hacerlo, pero alcanzó el móvil con dificultad que se hallaba aparcado a tres manzanas y una mandarina –literalmente-. Cuando comprobó que el despertador no mentía, ya era demasiado tarde. Éste se había indignado lo suficiente como para dejarse caer al suelo con el mayor estruendo posible. Se replanteó la idea de acabar con él, arrojándolo al inodoro. Pero estaba demasiado gordo y carecería de la forma física de Phelps para nadar por las tuberías. “Esto me pasa por dejar que se coma mi tiempo de esta manera. A partir de ahora estarás a dieta. Tocarás la alarma todos los días por la mañana de forma continuada, y te quitaré la pila dos veces al mes”. Lo colocó en su lugar y decidió irse a la cama. Durmió cuarenta y cinco minutos y se levantó con una espléndida alegría por las tres horas que echaría en su éxtasis. Pero como el despertador planea contra el género humano hasta en fase soporífera –de toda la vida-, hizo que a la joven las horas se le hiciesen milenios, y que el sueño acaparara la poca cordura que le quedaba, haciéndola a esta desaparecer entre sus viles esbirros, aquellos que dicen llamarse bostezos. De esta manera, el día avanzó de forma lenta y tediosa, pero contrariamente a lo que podáis pensar, ella mantenía una sonrisa amplia, un rostro iluminado –por la preciosa luz blanca de un flexo-, y un brillo muy particular en su mirada trémula de enamoramiento textual –brillo ocasionado por las lágrimas de sueño y los temblores que las tres tazas de café mañanero habían producido en su cuerpo-. A las doce decidió irse a casa, pero el despertador rencoroso procuraba no dejarle en paz, y gemía y gemía con aquella alarma demoníaca sin parar hasta que finalmente, su voz se apagó como consecuencia de un golpe que bien podría haber sido violencia feminista. Pero no he dicho nada. El día continuó avanzando. A las tres de la tarde la duda existencial surgió. Le reconcomía la conciencia y no hallaba respuesta a su interrogante. ¿Qué hacer? Se encontraba cohibida, frustrada. La sola idea de no saber cómo proceder hacía que su cerebro jadeara exhausto de tanta actividad fustigadora como es el pensar. No es momento de filosofar. Está decidido. Y que pase lo que tenga que pasar. Me voy a clase. Y no hay vuelta atrás. Me arrepentiré toda mi vida de haber ido al exterminio el diecinueve de enero del dos mil once, será una culpa que me persiga por el resto de mis días. Pero con ayuda psicológica de mi amigo Pocoyó puede que consiga superarlo, Él siempre tiene respuesta a cualquier situación. Él siempre ofrece los consejos más sabios. Es ducho. No habla. Y ahí reside su sabiduría, en su pijama azul. Sí, hoy me vestiré de azul. ¡Oh, vaya! Como soy daltónica me acabo de poner unos vaqueros y una camiseta morada. Lástima. Después le rezaré a Pocoyó por el pecado cometido. No quiero ir al Juicio Final de TVE. Que no tengo ganas de verle la cara a Lorenzo Milá, ni mucho menos a ese reportero tragón de España Directo que devora como un velocirraptor facebooquiano todos los platos de los chefs a los que va a entrevistar. Traumatiza a las “Señoras que…” que lo ven. Ahora me explico el auge de “Sálvame Karmele”. Y lo peor de todo no es eso, sino que el pobre “Diario de Patatricia” –lo sé, soy una trasgresora de las normas, pero me gusta el peligro, y me niego a llamarle “El Diario”- ya no es el enganche posterior de España Directo. ¡Y quién va a ver ahora al gitano del quinto que se enamoró por el chat de un Drag Queen rumano muerto! Y con todo esto… ¡Ups! ¡Vaya! He terminado hablando en primera persona… Para familiarizarme con el asunto, no penséis que soy yo, vaya. En definitiva, que mi amiga terminó yendo a clase.
        Y me diréis… ¿y esta parrafada para contarnos que fue a clase? Y yo os digo… ¡No! ¡Para contaros cuán brillante es el saber, que no ocupa lugar y que llena nuestras mentes de divagaciones y locuras por doquier! Esto solo es para demostraros la capacidad del ser humano en llenar folios y folios y no decir nada -así que… si sales de un examen y me cuentas que has escrito siete folios… Suspenderás- bueno, o en contaros mi vida, que es como una telenovela sin cuernos, sin trastornadas, sin empalagosos y sin acento. Osease, nada. ¡Ah, pero no, que no es mi vida, es la de mi “amiga”! Es que la pobre está hasta el moño de tener que “extasiarse” de noche. Al menos no copies mi ejemplo. Porque la segunda parte es la interesante. Pero me la reservo para mañana.

- Esta primera parte está dedicada con amor, cariño y muchas dosis de periodismo a un amigo muy especial que me hizo pensar que los Drag Queen también son personas, tienen pelo y pueden salir a pasear a sus perros por el parque.

Ana Esther

martes, 18 de enero de 2011

Arte... con alma

        El 2010 nos ha abandonado tan fugaz como llegó, tan sutil como comenzó. Nos ha dejado mil y una series de catastróficas desdichas que nos quedan muy lejanas, fantasmales, realidades oníricas que simulan espejismos dantescos de los que nos desentendemos porque nos produce pavor la idea de que aquello nos pueda suceder a nosotros: una riada, un terremoto, un secuestro, una violación, un incendio, un robo… Pareciera que nos referimos a sinónimos del término “desolación”. Una desolación que fustiga nuestras vidas y planea con un hambre voraz sobre nuestras cabezas… Y sin embargo, esto se acaba, comienza una nueva etapa y apenas nos cercioramos de ello dentro de nuestro rutinario marco de bienestar…
        El pasado pero reciente año, me hice un propósito, uno de entre esos millones de puñados de ilusiones fugaces que trastocan la mente humana en periodos de uvas, champagne y nuevos inicios. Pero no referido a las banales pérdidas de peso o una avalancha de promesas de abandonar la nicotina… No. Me prometí que contemplaría el mundo con otros ojos, con otra perspectiva. Personalmente, no me considero una persona demasiado egocentrista, pero –y permítanme pecar de ello en este instante-, siempre he creído que soy diferente a los demás. Y abandono el estado de narcisismo inicial para añadir, que tal vez se trate, más bien, de una diferenciación común. Me explico. Soy una de esos miles de millones de jóvenes que se considera diferente. Y al caer en esto, caemos en la igualdad, en la moda, en el desatino. Los hay que se consideran “diferentes” (entendiendo por “diferente” este nuevo concepto) por el hecho de fumar en cachimba, o de utilizar lentes de contacto de “culo de vaso” teniendo la vista perfecta. Actualmente el que se cree "diferente" recae en el convencionalismo. ¿Por qué? Muy sencillo: se considera la diferencia un aspecto exterior, en lugar de algo mucho más profundo, algo que llevamos en nuestro interior.
        Y volviendo a lo anterior, prosigo. Me prometí que observaría cualquier cosa con una mirada enfocada, para lograr atrapar esa cantidad de matices que pululan por el aire como polen en primavera. Y lo primero que se me ocurrió fue dirigirme al MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla Y León, situado en mi tierra, León. Cuando entré por la puerta me invadió una fuerte pesadumbre. En el hall apenas había tres personas contando a los recepcionistas. Me abrumé totalmente al comprobar la carencia de interés que genera la cultura en nuestra sociedad, cuando ofrece todo tipo de posibilidades y alternativas para su conocimiento. El MUSAC es gratuito, únicamente hay que sacar una entrada en el momento previo en el que nos dispongamos a emprender nuestra odisea entre sus paredes, esto último se realiza para llevar un control de la afluencia de público al museo, según pude averiguar. Aunque bien pensado, y con una visión más optimista de vaso “medio lleno”, estaría mucho más tranquila viendo las exposiciones.
        Cuando comencé a adentrarme en el museo, un escalofrío invadió mi cuerpo. Esa embriagadez del no saber qué te vas a encontrar detrás de la siguiente esquina, detrás de cada obra, detrás de cada explicación. La exposición estaba compuesta por las obras de diversos autores iberoamericanos con perspectivas muy diferentes, desde un "caseto" que simulaba la habitación sin puertas en la que mantenían encerrado al artista de niño, obligado a crear; pasando por una niña escondida en la pared que solo dejaba ver sus piesecitos y simulaba aquellas pequeñas que se escondían, temblorosas, de los nazis detrás de las cortinas o de cualquier elemento de la habitación; hasta un montón de casquillos incrustados en joyas que habían sido utilizados para cometer atroces crímenes relacionados con ajustes de cuentas... ¿Qué te dice todo esto? Hay mucha gente que opina que el arte moderno es cosa de inútiles. Yo más bien considero que inútil es aquel que no sabe captarlo. Porque el arte moderno es mucho más complicado de interpretar que un cuadro de Goya o una escultura de Miguel Ángel. Es mucho más que eso, consiste en interpretar de manera correcta, interpretar desde el corazón, desde el alma. Consiste en ser capaz de ver y de indagar en el mundo a través de los ojos del artista, en comprobar que no todo el mundo concibe una misma situación o cosa de la misma manera, en que no todo el mundo es igual como en ocasiones, y erróneamente, pensamos. Se trata de descubrir el mundo detrás de cada obra, cada una aporta un pedacito diferente, un montón de realidades que configuran una sola, la ideal, aquella a la que cantan los filósofos. Y se trata, por qué no, de descubrirnos un poquito a nosotros mismos. Si no abrimos los ojos a la realidad, viviremos en un coma profundo del que será difícil despertar.

        Ana Esther Méndez

lunes, 17 de enero de 2011

Memorias de un alma bohemia

Brumas. Lluvia. Ventisca que azota mi cara. Aceras mojadas. Hojas secas. Flores marchitas. Pájaros mudos. Aciago día. Eterna noche. Sonoras pisadas. Viajeros anónimos. Abstraídos hombres. Cabizbajos. Piensan. Uno alza la vista. Me ha descubierto. Se detiene, pesado. Coloca su maletín de cuero negro en el suelo, mezclándose con los olores que el asfalto mojado desprende. No le veo los ojos. Quedan ocultos tras unas grandes lentes oscuras. Parecen tintadas. Puedo adivinar su mirar. Me contempla. Segundos que se hacen horas. Horas que se hacen milenios. Milenios que se transforman en instantes. Tic tac. Tic tac. Su Viceroy de cuero desgastado reclama atención. Pero él lo ignora. Sigue observándome. Una gota de lluvia resbala por mi frente, como un trocito de cristal que me ilumina el rostro. Él sigue ahí. Parado, como un mimo en el Retiro. Las gafas se le han empañado. Se cerciora de ello y se las quita. Sus ojos expresan todo aquello que su boca no se atreve a pronunciar. Recelo. Miedo. Y alcanzo a descubrir atisbos de amargura. Siento dolor. Furia. Irritación. E indiferencia. Retrocede. Y se va. Tal y como llegó. Aunque con una insignificante diferencia. Esta vez camina a grandes zancadas. Como si algo le molestara. Ha cruzado el parque central. Ya no distingo su figura.

La campana de la iglesia cercana señala las diez. No necesito un Viceroy, pienso. Recojo algunos cartones desperdigados entre los baldosines oscuros. Me incorporo. Me dirijo hacia el contenedor más cercano. Hoy soy un tipo con suerte. Sobresale una pequeña manta raída de bebé entre las bolsas de Mercadona. Vuelvo a mi rincón. Escondo mi preciado regalo entre el resto de mis posesiones y me las echo al hombro. Toca mudanza. A ningún lugar. Soy un pirata. Me dejo llevar por las hermosas sirenas de las ambulancias. O por el devenir de los de a pie. Las sombras descienden. Me acorralan. Es hora de buscar mi nuevo hogar. Mañana es Nochebuena. Mañana será otro día, pienso. Otro interminable e insulso día durmiendo en algún callejón perdido en la inmensidad de esta ciudad fantasmal. Y mañana será mi tricentésima noche en la calle. Pero no me preocupa. Soy un poeta de la calle. Un cantautor de amaneceres. Llevo este pequeño cuadernito en el que anoto todo, en la memoria. No pido nada. No quiero amor, ni dinero, salud me sobra. Tan solo espero poder ver la luz del sol una vez más. Y que esta lúgubre y gélida oscuridad no termine por destruirme.

Ana Esther