martes, 8 de noviembre de 2011

Martes ocho de noviembre

Ocho de noviembre.

Martes. El cuarto día más pésimo de la semana. El primero, el lunes, el peor por excelencia al ser el cabecilla de la banda del patio más apática y usual: la semana. Esa que te secuestra entre sus funestos días, pide un rescate a tu mente y extorsiona a tu cuerpo. A continuación, el domingo, el Sancho Panza del quijotesco lunes. Su esbirro, su Colagusano, Robin, el segundo plato gélido y calcinado, testigo de despedidas puntuales, y de puntos finales. El que concluye y ensalza a su caudillo Lunes, Sherlock. El que te dispara mientras suplicas clemencia. Elemental mi querido Watson. El tercer puesto es para el miércoles. Amado y vituperado. Por ser la incisión semanal, esa amputación racista entre los primeros y los últimos. Este te ata de pies y manos mientras gritas desbocado una salvación. Viernes. El viernes es la salvación repentina o la tardía oportunidad de rescate. Puede acudir en tu ayuda a modo de dispositivo, junto con el sábado, si es así, habrás tenido suerte. También puede llegar oculto, a deshora y limitarse a reunir los despojos de lo que fuiste. El martes. Martes es un día de estos de monotonía absurda, un día de relleno, una jornada ignominiosa que permanece en la semana como un emigrante, como un día de adaptación. Es un secuaz más, pero de esos que permanecen en la puerta, vigilantes y aparentemente ausentes, esperando recibir órdenes o comprobando qué se mueve por fuera. Pareciera que existe y desaparece a la vez. Martes y jueves hacen una pareja perfecta. Alfa y omega. Paralelos y pares.


Ocho. Un número muy discriminado. Muy poco favorito en las mentes infantiles. Rivaliza con el cinco en pareados odiosos, pero no en celebridad. Físicamente un reflejo de lo que siempre ha sido. Algo ignoto, anónimo. Un cero al norte que un día se agachó a contemplarse y ahí quedó, mirando su reflejo en el lago… Dos ceros unidos por sendas circunferencias tan frágiles como el batir de alas de una mariposa multicolor en medio de una jauría de murciélagos. No supo aspirar a más. Su gemelo, en cambio, el nueve, logró inspirarse en el vencedor, el uno, el triunfante. Al contemplarse en el lago, en cambio, logró que su sur se transformase en una oportunidad, en una preciosa semejanza a aquel rígido y poco amigable capitán. Y el cero tuvo un bastón en que apoyarse.


Noviembre. Un mes de poco cambio y expectativa. Insoportable y fatigoso. Muy terco, permanece ahí, interminable, aunque intentes desertar te encontrará.


Noviembre es inamovible. Sin embargo, el fulgor repentino del nueve está empezando a aparecer detrás de las montañas. Aún así, se verá contrarrestado por el gigante portero de discoteca Miércoles, que se yergue como un titán intolerante con la humanidad. Mañana será un día más, estable y monótono. Eclipsado por momentáneos y culminantes instantes y denigrado por otros tantos. Este es tu horóscopo para mañana, miércoles nueve de noviembre.


Pero de momento… Hoy es martes ocho.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Invisible

Ágil, veloz, ligera, rápida. Sinónimos de lo que has sido siempre. Un fulgor repentino, una brisa huracanada. Naciste hace mucho tiempo, pero lo hiciste entre las sombras. Entre las sombras de las otras. ¿De quién? Pues de quién va a ser. De las demás niñas, de las demás mujeres. Cuando tu carita pueril aún no había experimentado el daño de una bofetada, cuando tu inocente corazón creía que un príncipe azul llegaría en su níveo corcel alado para rescatarte de… De los fantasmas del pasado. Cuando sustituiste el caballo por la moto y la moto por el coche. Y aún así, príncipes y príncipes desfilaban ante ti, pero ninguno iba a buscarte. Mientras lustrosos caballos, impolutos autos y rutilantes hombres rescataban a las otras, tú seguías de pie, detrás, en doble fila y mal aparcada. Se te pasó el ticket de la O.R.A. y tuviste que resignarte a volver. Maldita suerte la tuya.

Perteneces a un tercer tipo de mujer. Oculta, camaleónica, de piel de cera, que aguarda sigilosa y con cautela, sin esperar nada, porque nada se ha convertido en tu apellido. En ocasiones desearías echar a volar y emigrar. No volver. Pero siempre está ahí esa maldita esperanza que te hace recapacitar. Una brisa, un halo… algo que te susurra al oído… “Quédate”.


domingo, 30 de octubre de 2011

Enero, febrero, marzo y tal vez abril

Somos como dos gotas de lluvia deslizándose limpiamente por el espejo retrovisor de un Mercedes, como dos rayos de luz que no viajan a la velocidad necesaria, como dos granos de sésamo dispersos en un panecillo abrupto. Somos dos pétalos esperando formar un trébol par, somos dos incógnitas en una ecuación sin resolver, somos dos lunas en el hemisferio sur. Somos el principio y el fin atado en un mismo sendero temporal. Somos la prematura vida de tu sobrino y la tardía muerte de mi abuelo. Somos la plenitud de una mañana soleada en la estepa castellana. Somos un girasol en un campo de trigo, una montaña emergente en el mar.

Somos el bravo impulso de la noche, la egolatría del cretino, la indecencia del ladrón y el polvo en el rostro ajado del conservador. Somos norte, somos sur, somos este, pero no el oeste, porque eso lo hemos reservado para mañana. Somos la tenue luz de un farolillo descargado, somos el frescor de la mañana en las alcantarillas, somos el vapor de los cristales, la tostada quemada del desayuno, la mermelada casera revenida y el olor a humo de las calefacciones por las chimeneas en octubre. Somos el temblor del inseguro, la manía del nervioso, la caída del torpe, la timidez de lo precario. Somos el impulso reprimido, la caricia imaginada, el beso profundo y la pasión exacerbada. Somos el vértigo ocultado, el heroísmo fingido, la mirada esquiva y el orgasmo escandaloso. Somos la guerra del este, la presunta paz del oeste, la sociedad naciente en el norte, y la decreciente en el sur. Somos ese trozo de queso con pan revenido, esa cita frustrada, esa cena cancelada, ese suspiro exasperado. Somos la arruga en la vida aprovechada, el alma rasgada del traicionado y la mancha del pecador. Somos arte, somos dolor, somos música y amor.

Nos conocimos en enero, en febrero, en marzo y en el abril de las miradas furtivas.


El mundo decepciona. Nosotros no.

jueves, 13 de octubre de 2011

Me pica la garganta

Me pica la garganta.

La saliva desciende como un torrente de agua dulce por mi garganta mientras la inquisidora mirada de la profesora de geología se instaura en mi anodino retrato. ‘Qué visión más espantosa’ parece estar pensando mientras se replantea por qué decidió iniciar su andadura por el tedioso y nada complaciente mundo de la docencia. Tiene los ojos azabaches, cruzados en zigzag por destellos que mi mente dibuja como señales físicas de su inequívoca alma iracunda. Las preguntas continúan cayendo como plomo sobre mi apellido desgastado desde hace ya varios meses. Un monólogo reiterativo al que a los alumnos nos gusta matizar como 'retórico’. Me mira con desprecio mientras se desplaza lentamente de un lado a otro, entre los costados de mi mesa. Pareciera que va a escupir espuma por la boca en cualquier momento, dando lugar al monstruo fantástico que dentro de ella espera, insaciable. Engancha con voracidad uno de mis bolígrafos con esas manos ganchudas, ese garfio arrugado y sexagenario al que le gusta vestirse con guantes de rejilla beige, simulando un redondo de ternera al más puro estilo primera dama reprimida en una sociedad de hace medio siglo que dejó de creer en personas como ella hace demasiados lustros. Repiquetean sus horribles garfios a lo largo del pupitre hasta que de repente, y sin previo aviso, deciden saltar torpes y dudosos hacia la mesa de mi compañero. Hoy ya ha pasado. Ella continúa con su filosofía draconiana mientras nosotros buscamos ese vaivén de los mosquitos invisibles en la mañana que nos despierte de este sueño gris. Es la dura contienda diaria del estudiante sin motivación. Es la búsqueda exasperada del pleito con esa figura autoritaria y amargada que parece no vivir fuera de este manicomio al que llamamos escuela.

Mientras, pasan las mañanas lustrosas de otoño. Mientras, me pica la garganta.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Diario de una pasión

Enero. Copos de nieve se agolpan en las inmediaciones de las alcantarillas de la ciudad, esperando deshacerse sutilmente con el paso de los primeros rayos de sol por las aduanas de las nubes. La abuela comienza a tomarse las medicinas que padre le ha enviado desde el frente. Celebramos la Epifanía sirviendo en casa del señor Mendoza, que intenta abusar de mis dos hermanas durante sus furtivas escapadas a la habitación del servicio, lejos de la mirada altiva de su señora esposa.

Mientras, ella sonríe entre mis ilusiones.

Febrero. La nieve se hace dulce y comienzan las primeras lluvias. La recolección de la fruta se hace absurda, toda ha quedado dañada por el temporal. El señor nos ha reducido el sueldo a la tercera parte porque considera que los empleados conspiramos en detrimento de sus intereses. La abuela empeora porque las medicinas no llegan en su envío rutinario. La señorita Lucía ha despedido a cuatro chóferes en cinco días acusándolos de zafiedad. A mediados de mes el antiguo armario de roble del abuelo, en el que solíamos guardar las provisiones, aparece desolado.

Cada sonrisa suya es una estrella fugaz entre mis pensamientos.

Marzo. Después de pasar quince días sin apenas probar bocado, la abuela muere. Padre sale una mañana en busca de trabajo para poder paliar nuestra situación. Las cosas en la mansión continúan en su línea de majestuosa indecencia. Las criadas se empeñan laboriosamente en su cortejo al recién llegado hijo del Señor, que paga barato sus placeres.

El pulso y el corazón tiemblan al unísono.

Abril. Padre ha desaparecido. Partió en busca de un futuro mejor para los suyos, y ante la imposibilidad de pelear por causas nobles, se dio al juego en un local de alterne para pagar sus propias deudas. Terminó pagando con carne fresca lo que empezó con pellejos.

Soy un cobarde como él. Algún día miraré hacia atrás.

Mayo. Lo enterramos el primero de mayo, entre los primeros atisbos de luna de un domingo nublado. Vivió en la oscuridad cobarde de su propia alma. Siempre le gustó el color negro. Ahora la familia Mendoza me ha despedido. No quieren hacerse cargo de un huérfano que pueda generarles perjuicios sociales. Lucía ha confesado que está encinta de su antiguo chófer. Mientras me alejo de la casa, todavía puedo alcanzar a oir algunos de los gemidos que emite la señorita mientras una matrona le succiona, como si de una mancha se tratase, a aquel ser bastardo que crecía en sus entrañas.

Sigue tan hermosa. Sus gestos de despedida me dejan sin aliento.

Junio. Todas las noches trepo por la barandilla que da hacia el patio trasero y la espero en aquel balcón de madera que podría traicionarme con el vacío en cualquier momento. Tenemos una cita, encuentros prohibidos entre el silencio y las últimas luces del atardecer. La soledad se rasga como una cortina de seda. No necesito nada más. Desciendo por los barrotes de hierro oxidados hacia el descuidado césped trasero de la residencia.

Detrás de esas cortinas, solo pretendo ser la silueta que vele sus sueños y aleje sus pesadillas a golpe de suspiro.

 

Lo fácil es contar los meses. Lo difícil es contar los años que han transcurrido sin que mi alma se aleje de ti. Desde aquel día de invierno, desde aquel vestido de segunda mano turquesa, desde aquellas gélidas y agrietadas manos que sufrían de agotamiento mientras reposaban con calidez sobre tu suave regazo, desde el primer sueño desvelado en diván.

La quiero.

Hoy es nuestro aniversario. Cumplimos cincuenta y seis años de matrimonio. Mientras la enfermera me acerca mi ración diaria de inútil Avastin, medito en mis recuerdos. Soy un náufrago hundido con gloria en el mar de la vida. El cáncer me está devorando las entrañas. Por fin algo ha podido detener mis ansias de vivir, pero no es la enfermedad, sino el propio amor que me consume para reunirme con ella. Hoy, es nuestro aniversario. Hoy hace 18 años que murió. Hoy, la he visto sonreír de nuevo, mientras escapa junto a mí de aquella mansión sombría en la que conseguimos trazar nuestra propia estela de ilusión.

lunes, 3 de octubre de 2011

Alegoría de un sueño

¿Qué es un cuento? Una ficción. Una reiterada patraña para que un pequeño esbozo de lo que un día será un hombre aprenda el valor de algo que ni siquiera tiene sentido ya. De algo que en este tiempo no existe. ¿Una fábula? Ficciones ignominiosas que pierden credibilidad a cada traspié con la vida. Por qué, por qué, por qué no se cumplen, se preguntaba. Porque vivimos en una banal superficialidad que nos arrastra, como el mar hacia sus entrañas. Mientras tanto, el agua sigue deslizándose entre mis tobillos descalzos. La arena había conseguido absorber mis pequeños pies bajo ella, ocultándolos como si de raíces se tratase. Tratando de parecerse a su hermana la tierra, capaz de transformar todo cuanto en ello reposaba en vida pura. Varias algas serpentean no muy lejos de allí, deseosas de poder atarse a cualquier tobillo y recorrer el mundo en sus pies. Fábula. Todo se despierta a mi alrededor. Pequeños sueños entrelazados que buscan tomar sentido. Alguien dijo una vez que somos protagonistas de nuestra propia vida. ¿Es entonces la vida una película, un sueño, una ilusión, un cuento? Con qué derecho damos nombre a algo tan desconocido… Con qué derecho pretendemos idealizar algo que nosotros mismos destruímos…

Por fin he abierto los ojos. Ya no veo el mar, pero el gotelé de las paredes blancas quiere transformarse en copos de nieve. Y lo logra. Ahora soy una ermitaña en un bosque helado de algún punto de Escandinavia. Miro a mi alrededor. Desolación. ¿O no? He podido cambiar este cuartucho por una maravilla que me hubiese costado varios meses de trabajo permitirme. Aquellos que dicen que no pueden volar es porque ni siquiera lo han intentado. Es fácil transformar la vida en un cuento, porque para mí cuento significa imaginación, libertad. Abrir los ojos, y descubrir que de todo aquello ha quedado un poso que incita a vivir con más ganas, a sentir. A no tener miedo por preguntar ni por decir a gritos lo que llevo varios meses callando. O tal vez años.

Salir a la calle y darse cuenta de que la jungla es para los salvajes. Realmente la sociedad es más mansa de lo que aparenta. Pequeños leones amaestrados que pretendemos despuntar mientras recaemos en la cotidianidad. Transgredir no es cambiar el vestir, transgredir es dejar que tu voz fluya.

Por fin abro los ojos. Me ha dado un vuelco el corazón. Dentro de esta torre alada, dentro de esta prisión sagrada, escucho mi voz hablando sobre algo que no puedo llegar a escuchar. Lentamente me dirijo a la ventana. Sendos barrotes acaparan la pequeña cavidad por la que tal vez podría ver a mi amado en un caballo alado cruzando el sendero central. Esperando que le arroje mi larga cabellera para venir a rescatar lo poco que queda de mi azorada alma. Pero el príncipe encantado no llegará nunca. Me doy la vuelta y con un suspiro regreso al lecho en el que he descansado los últimos 20 años. Mi príncipe soy yo. ¿Egocentrismo? No. Simplemente soy una de tantas almas que un día decidió encerrarse en sí misma. Solo yo puedo salvarme. Pero abandoné a mi caballo en el bosque y dejé que la princesa se consumiese en su tediosa espera. Un día elegí. Y opté por el camino sencillo. Y ahora no hay marcha atrás. El príncipe vaga por el bosque en busca de alimento, mientras se siente desfallecer. La princesa se ahoga en silencio entre sus sábanas de seda. Tal vez un día las letras perdonen la cabezonería de las ciencias. Tal vez un día las ciencias comprendan la verídica utilidad de las letras. Tal vez un día al corazón le dé por llamar al timbre a la razón. Tal vez algún día la razón quiera bloquear sus recelos e interesarse por ese órgano desfigurado que quiso gritar. Tal vez. Pero solo tal vez, porque esto es un cuento moderno, y yo solo soy una pequeña niña que un día quiso cerrar los ojos e… imaginar.

sábado, 20 de agosto de 2011

Incongruencias impertinentes

Echo de menos no verte. Echo de menos aislarme y que me abraces en la distancia como si tuviese dos años.

Echo de menos hablar, escribir, balbucear (te)…

Echo de menos el olor que nunca percibí, las caricias que no sentí y el sabor que no probé.

Echo de menos la melancolía de tenerte; la alegría de saludar tu recuerdo, porque ni eso me queda.

Echo de menos tus maneras, tus miradas, tus palabras salvavidas, tus tecleos, tus llamadas, tus salidas, tus entradas, tus desapariciones, tus viajes, tus historias, tus cuentos para la perfecta evasión.

Echo de menos el sol, la luna, la nota, el mar, el cielo, la pradera, las rocas, el acantilado, las burbujas, a ti.

Echo de menos la playa. Y no he vuelto por llegar y no encontrarte.

Echo de menos tu voz.


E incluso en ocasiones, echo de menos echarte de menos.

martes, 16 de agosto de 2011

Tic tac

          Son las tres de la madrugada. No sé muy bien cómo empezar esto. Solo sé que tengo que hacerlo, que ha de ser rápido, y que cualquier melodrama resentirá mi fuerza lograda durante años de entrenamiento moral. Las tres y cinco. La Beretta se desliza entre mis dedos fina, como pudo haberlo hecho la pluma estilográfica de Víctor Hugo o de cualquier otro genio que se encumbra en el excelso paraíso de la grandiosidad. No puedo pensarlo demasiado si pretendo estar a su lado en unas horas. No hay otra forma de cortar de raíz unos perjuicios que vienen atacando al mundo durante años. La vida ya no es la que era. Pero retornaremos a los inicios, tal y como siempre debió ser. Tres y diez de la madrugada. El fluorescente de la sala comienza a parpadear, como si leyese mi pensamiento, desespera junto a mí. Levanto la pistola, aprieto delicadamente el gatillo y le pego un tiro. Se ha apagado para siempre. Deslizo la cabeza entre las baldosas y me agazapo, como un gatito asustado entre dogos. No es un acto de cobardía, es un acto de vanidad. Me inclino ante un Dios mecenas de mis actos. La vida me sonríe. En la tierra y en el cielo. Tres y veinte. Se acerca la hora. Me levanto con dificultad, me tiemblan las canillas como a esos cabronazos del este. El sótano está oscuro. Tropiezo con algo. Le propino un puntapié, pero es más duro de lo que pensaba y termino resentido, encolerizado y con unos nervios irrefrenables in crecendo. Mientras me aproximo a la tarima pienso. El mundo no está hecho para los flojos de mente, y si los demás no se dan cuenta de ello, deberían correr la misma suerte. Al fin y al cabo… ¿Qué son unas toneladas más de carne muerta? Tres y veinticinco. Recojo las llaves del Audi A5 que me espera en la esquina sur del edificio. Aprendí a relativizar mi vida en el momento en el que este mundo comenzó a desmoronarse. Todo es por su culpa. Soy un enviado, un enviado, un enviado. Y las víctimas serán el ribete ceñido que oprima a estos pueblos destartalados, el acicate que despierte a las almas furibundas que vagan marginadas en cualquier rincón despreciable de este mugriento progresismo. Tres y media. Qué fácil ha sido. Qué sencillo resulta cautivar las emociones de cuatro guardias mal parados en un país de felicidad transgénica. Soy un amo del universo. Y muy pronto quedará demostrado. No es factible meterse con quien no tiene nada que perder. Y mucho menos con aquellos que no estamos locos, que permanecemos totalmente cuerdos y a los que no se nos puede achacar delirio mental alguno, porque somos conscientes en todo momento de nuestros actos. El hombre es un lobo para el hombre, y se conoce que ustedes no saben con certeza a qué son capaces de llegar ciertos lobos.

          Me llamo Anders Breivik. Tengo 62 años, y hoy por fin, vuelvo a ser libre. Mientras vosotros permanecéis ajenos a lo que sucede a vuestro alrededor, mientras los jóvenes seguís sin saber leer entre líneas, mientras los adultos continuáis dando palos de ciego, y mientras los experimentados seguís sin jubilaros... Yo sigo aquí. Después de treinta años encarcelado como un perro, vuelvo para retomar lo que el mundo parece haber olvidado.

         Que no sea necesaria otra masacre para darnos cuenta del mundo en el que vivimos. Que no sea necesario que otro Breivik oculto en cualquier chalet de la costa, en cualquier antro, en cualquier piso convencional, que vuelva a actuar para demostrar lo indemostrable. O lo demostrable. Que es lo deplorable de la raza humana. Nacimos como personas, no como lobos. Seamos la generación de NI-NI's que seamos, demostremos que Hobbes no tenía razón. Que tenemos el valor y la iniciativa para poner un bozal a aquellos que no sean capaces de respetar la primera letra de un derecho, de un valor humano. Yo no quiero seguir viviendo en un mundo lleno de SIDA moral en el que ni siquiera sabemos cómo movernos porque no somos capaces de dominarnos a nosotros mismos. Domina tus ideas, no dejes que te dominen a ti. Porque los que se creen titanes, no aspiran a más que la mediocridad vagabunda a la que desgraciadamente, asistimos todos los días en los medios. Mi mundo no es este. Mi mundo es libre, y mi libertad termina cuando empieza la tuya.

viernes, 15 de julio de 2011

Currículum Vitae

Mi nombre es Ana Esther Méndez. No sé cómo hacer un currículum vitae porque nunca me enseñaron a hacer cosas que se saliesen de los contenidos del examen. Aprendí a redactar comentarios de texto siete meses antes del examen de Selectividad. Lo mío fue un embarazo prematuro, y el niño casualmente nació con cuatro patas y medio coherente. Tengo 18 años, pero 18 años y tres cuartos. En agosto cumpliré 19 años. Me gusta matizar lo de los tres cuartos porque a lo mejor de este modo, usted me tiene más en cuenta. Aunque probablemente ya haya roto este pliego, pero continúo contándole la historia de mi vida profesional.

Estudié infantil en el colegio Virgen Blanca, fui experta en pegar gommets en frentes ajenas  e hice un máster en colocar pinturas de Plastidecor en cajas de mantequilla reutilizadas mientras me pillaban los dedos con la puerta del armario cada vez que iba a guardarlas. En primero de infantil me gradué en artes plásticas por el libro “Kiwi”, en segundo por “Fresa”, y en tercero por “Melón”. Una vez superada esta ardua etapa de siestas reprimidas por la risa cómplice con el más cabroncete de clase, de bailes después del sueño con canciones de los Pitufos en los que siempre bailé sola y sin que nadie me pisase ni me diese mordisco alguno en la sien, decidí ampliar mis horizontes y me matriculé en Primaria. En primero aprendí a leer gracias a Manolito Gafotas y a la Bragas Sucias, y conseguí dar tantas patadas por segundo a aquellos que me caían mal o que, simplemente se ponían delante de mí, como canciones de mierda escribía Sergio Dálmata. En tercero de primaria obtuve mi primera dirección de correo electrónico, y entré por primera vez al chat de ya.com con mi padre, desde entonces, siempre usé el nick de “delgadita2.000…” y el número que siguiese según el año que tocase. A lo largo del tiempo logré perfeccionar mis habilidades, y en quinto de primaria ya era capaz de arrancarle la cabeza a la Barbie fea, de conseguir el diploma de la clase en honor a aquel que más libros de Barco de Vapor leyese, y de hacer mi primera colección de cromos de Digimon a costa de los que me regalaban los demás. Poco a poco, en sexto de primaria, descubrí que me estaba haciendo mayor, ya era de los molones de primaria, y el mundo se me quedaba tan pequeño como las camisetas, que ya empezaban a encoger solas.  Cuando pasé a la ESO me di cuenta de que las pulgas de primero éramos como un enorme saco de excrementos. Útiles para abonar en tiempos de crisis, pero que dan olor si se tienen mucho tiempo almacenados. Aprendí a enamorarme en cuarenta y tres milésimas de segundo, a odiar a los de segundo y tercero, a desear tener quince años… Y cuando tuve quince años, me di cuenta de que el saco de excrementos era ahora un saco de piedras. No podíamos entrar a las discotecas, y nunca me dejaron quedarme más tiempo que nadie, el profesor del que estábamos enamoradas platónicamente empezaba a oler a putrefacción cotidiana, y me concentré en nuevas metas como asentar pilares tan importantes de mi vida como lo fueron Rebelde Way, RBD, Bisbal y la Super Pop. Pero en cuarto, algo cambió. Un día haciendo radiozapping me encontré con Sweet Child O’ mine de Guns and Roses y experimenté una catarsis más profunda que el Éxtasis de Santa Teresa. Me gradué en la ESO y solía pavonearme delante de los tripitidores que todavía seguían anclados en primero como si el Titanic nunca se hubiese hundido, restando emoción al colegio. Bachiller fue la Gran Guerra. La vida era dura, empezaba a despertarse el gusto por aprehender en algunos, y en otros el gusto por los porros. Había quien lo compaginaba poniendo cara de gilipollas fumao mientras el profesor daba los casos del “se”. En Bachiller… En Bachiller no aprendí más que a aprender por mí misma. El colegio nada me enseñó. Reuní fuerzas inconsistentes, para apuntarme a clases de alemán con un profesor medio fascista que daba aplausos de foca cuando su aventajado alumno de cuarenta y dos años respondía algo bien. Este año empecé primero de periodismo. Una carrera mala, bonita y cara, en una universidad que toma más el pelo que los locutores de la Parroquia del Monaguillo. ¿La carrera? La carrera está bien, poseo conocimientos de informática por lo que he aprendido en casa, y ¡ojo! Que sé encender, apagar el ordenador e incluso, introducir la contraseña sin equivocarme. No sé utilizar un procesador de textos porque ni siquiera sé cómo se escribe procesador. Google me ayuda a parecer una persona culta con sus traducciones ortográficas y de idiomas de calidad.

¿Experiencia laboral? Doblo calcetines del revés como nadie. Mis padres me avalan. No plancho, porque quemo la ropa, pero le hago unos tatuajes cojonudos a la plancha por la parte de abajo. No friego, porque la manicura francesa con tippex que me hago cada noche se iría al garete, y los típpex no están nada baratos. Tengo mucha imaginación y soy una persona muy versátil, cada vez que pongo la lavadora, la ropa me sale tan coloreada como mi mente, me encanta combinar todo en una explosión sensorial como lo son mis camisetas de The Bing Bang Theory. ¡¡BAZZINGA!!

Espero que le haya gustado mi currí-culo, y que me conceda el trabajo, ya que para mí sería un honor trabajar en Supermercados Día.

Un saludo.

martes, 28 de junio de 2011

Carta a mi asesino

          Me duele. Ya empieza a dolerme. La esquina de la mesa está destrozada. El borde por el cual me deslicé tiene aún muestras de tu impertérrita vanidad. Te crees que los que te rodean te idolatran, pero únicamente temen las represalias que puedan causar sus actos más ínfimos sobre tus aires exacerbados de fascista reprimido. ¿Por qué lo haces? ¿Es que temes perder algún día la guerra? ¿Buscas acumular fascículos de batallas vencidas para sopesar el fracaso en esta contienda fallida? No es tu guerra… ¿O es que acaso te aterra enfrentarte a ti mismo? A ese monstruo que hay dentro de ti. ¿Sabes? Un día te amé. Un día soleado de abril en el que sumergiste tus miedos y tus pretensiones bajo una capa de fingida cordialidad. Cuando el hurón entra en el refugio del conejo y este sale corriendo, está atrapado. Yo no temía por mi vida hasta que recibí mi primer golpe. Los siguientes fueron como las olas atlánticas que golpean contra las rocas ya desgastadas de Cabo Vilán, donde nos conocimos hace ya diez años… Diez años he soportado como una roca los ataques de tu mar de inseguridades. Diez años han generado mil arrugas en mi rostro por cada cosa que hice mal. Arrugas como fisuras de esas rocas que se despedazan y se hunden hacia el océano buscando un fondo que tocar. Tan solo mantengo la esperanza de poder terminar de escribirte este mensaje hueco, en una botella que surca un mar de lágrimas, sangre y miedos al que tú mismo pusiste nombre: Infierno. No me pesa por mí. Me pesa por él. Me reprocharás mis silencios, yo te reprocho la hipocresía de los lunes, la de los martes y la de los jueves cuando traías a esas mujeres a casa y les instabas a que me golpeasen. Siempre te gustó lo gore. Descuartizas mis sentimientos, degollaste mi vida desde el primer momento en el que me pusiste la mano encima. Supongo que estarás orgulloso de asemejarte a tus héroes baratos de motel de carretera. ¿He de sentirme orgullosa por ser la primera? Porque si es así, fulmina ese pensamiento en ese mismo instante. Siéntete lleno, acorde a tu plenitud, porque no has destruido una vida, si no dos. La mía y la de esta criatura que se gesta en mis entrañas desde hace poco más de un par de meses. Indígnate. Pretendes que te lo hubiese dicho para haber tenido así la excusa plena para acabar conmigo. Tal vez hubieses esperado a que mi hijo naciese, pero prefiero llevármelo conmigo antes de dejarlo en manos de mi asesino, que seguramente se convertiría en el suyo. No pretendo martirizarte, tan solo estoy escribiendo el testamento de mi alma, le estoy haciendo un favor hercúleo que mi corazón no se puede permitir a tu azorada personalidad. Pero qué importa. Acabas conmigo como lo harás con otros tantos. Valiente hijo de puta. Vive tu equilibrada vida, de desprecios y vejaciones, porque un día encontrarás la horna de tu zapato que te enganche por esos cojones de los que estás tan orgulloso y cortará uno por uno tus aires de amo del universo que te han llevado a transformarte en una bestia inhumana. Ni siquiera ser, ya no mereces ese apelativo. Vive tu vida con tranquilidad, porque la mía, la nuestra se apaga. ¿Sabes cómo iba a llamarle? Tal vez Nicolás, como su padre. Porque ni siquiera tuviste los huevos de fecundar a tu propia mujer, y tuviste que personificarte en tu mejor amigo para hacerlo. A él al fin y al cabo, no le odio. No le guardo rencor. Violar o morir no son opciones. El egoísmo vacío que puebla su vida lo hizo posible. Solo me queda odiarte a ti, y ni siquiera te odio porque hace tiempo que no te veo, no te siento, no te escucho. Has conseguido desaparecer de mi mundo como la primavera. Y por fin me has dejado ser libre. Ahora me deslizo sobre esta silla en la que un día me pediste matrimonio para darte la enhorabuena. Para decirte, que nunca tendrás el valor suficiente para enfrentarte a ti mismo. Para decirte, que nunca te tuve miedo. Callar no es temer. Y una persona que justifica sus actos a través de golpes, no es digno de pánico alguno. Respira ahora, toma el aire que te dejo. Porque por fin, soy libre. Más de lo que nunca he sido. Por fin, el pájaro venció al león. Por fin empiezas a pudrirte en tu propio infierno.  
      
Atentamente,


                              Tu mujer

miércoles, 15 de junio de 2011

Una historia de la leche

          El Principito se desliza entre mis manos. Lo dejo en la estantería suavemente mientras me reclino para darle un último aliento de despedida semanal. “Ahora está creciendo”-pensé- “Los niños mientras duermen crecen una barbaridad”. Qué mayor se está haciendo. Parece que fue ayer cuando todavía era una bolita recién salida del horno. Mi Patatita duerme plácidamente entre suspiros y sábanas de Cars. Es tan adorable… No quiero ni puedo dejarle aquí. Ni mucho menos en manos de ella. Pero si me lo llevo estaría secuestrando a mi propio hijo. ¿Secuestrando? Qué digo. Es mi hijo. Y seguramente hasta le hiciese alguna “pedorreta” a su madre al salir por la puerta abrazado a mí. Y a su estúpido marido. Les odia casi tanto como lo hice yo cuando me dio por explorar el backstage de mi vida. Entre bastidores no había nada que no oliese a traición. Esa mala mujer acabó con mi vida y con mis expectativas. Ahora vivo solo, en un cuartucho que apenas puedo pagar y ahogándome en deudas. Le dejo en la encimera el sobre con algo de dinero extra por si el pequeño vuelve a necesitar antibióticos. Ella ni siquiera está en casa. Podría quedarme con Pablo… Con mi hijo, mi pobre hijo. Abandonado en un piso de casi doscientos metros cuadrados del que he pagado más de la mitad, en pleno centro de Madrid y sin un beso de buenas noches de una furcia que más bien podría morirse. Pero para el juez siempre he sido el malo. El alzamiento de la voz ahora se considera agresión. Y mi hijo sigue agonizando día tras día aún sin saberlo. El cáncer se lo lleva de la mano de forma tan delicada, que ni siquiera él lo sabe. Y a mí me llevará con él. Así es la vida, así es mi vida. Mi madre siempre me advirtió. Ella sería el Anticristo de mi vida. Dicen que las suegras y las nueras nunca se llevan bien. Por eso no lo supe ver. Pero el condicional se hizo carne. Resultaba tan evidente… Mi vida. Si alguna vez la tuve ya no la recuerdo. Ya no recuerdo qué es vivir. El alcohol ahoga mis dudas y mis miedos. El alcohol me proporcionará las fuerzas necesarias para reunirme con mi hijo cuando no tenga el valor de comprar el billete hacia la libertad. Ni siquiera puedo odiarla. Vago por el mundo sin sentido, sin ubicación, hace tiempo que no pretendo ir a ninguna parte. Mi brillante carrera quedó precintada el día que me metí la primera raya. A veces Pablo me pregunta que por qué no duermo. Mis ojeras delatan algo que a un niño de nueve años ya no se le puede ocultar. Y mientras tanto, la vida sigue… Esta tarde mi pequeño me ha dicho que de mayor quiere ser como Javier. Javier es el nuevo marido de Marta, mi ex mujer. Que por mucho que le odie quiere llegar a trabajar en lo que él trabaja para poder ganarle y llevarme con él cuando tenga mucho dinero. Javier es concejal en el Ayuntamiento. No me atrevo a decirle que por mucho que estudie y se aplique, lo que ese hombre ha conseguido lo tiene gracias a todas las mujeres que, como su madre, han desfilado por las negras sábanas de su cama. Y algunas ni eso. No me atrevo a decirle que su madre terminará por ser una secretaria de bajos más y que perderá su cargo tal y como hicieron muchas otras después de haber firmado con el propio diablo un pacto en el que vendieron el poco alma que les quedaba. Le he dicho que la vida de esas personas está podrida, que desfilan por un cuadrilátero vacío en busca de victoria amañada. Mi atrofiado cerebro solo me ha servido para relatarle una historia cuando me ha lanzado la pregunta de por qué ese tipo de personas se destruyen unas a otras como en el juego del Tekken.

         “Verás, Pablo. Sucede que la vida en este país es como un supermercado. Te gusta la leche, ¿verdad? Pues bien. Hace muchos años, cuando tus abuelos eran jóvenes, un poco mayores que tú, se abrió un supermercado en el que se empezó a vender leche. La leche ya existía, por supuesto, pero no se comercializaba de aquella forma. Era todo nuevo. Existían dos tipos de leche, entera –como la que bebes tú- y desnatada –como la que bebo yo-. Hasta aquel entonces solo se podía beber leche entera, y estaba mal visto que alguien bebiese leche desnatada porque según los “enteros” no era buena para la salud. Los “desnatados” pensaban igual que los “enteros”, y en otros países dominaban ellos de igual modo, pero en este país no podían manifestarse como tal porque como la leche que bebían era mala, les pasaban cosas malas. Se morían o se iban del país o se recluían en cárceles. Tus abuelos eran muy dispares. Uno bebió leche entera y alcanzó la gloria, y otro bebió desnatada y ahora vive en Cuba porque allí la desnatada está más rica. Con el paso de los años se mantuvieron estas dos leches, hasta que un hombre que venía de Ávila –donde os llevaron de excursión en mayo- trajo una novedosa leche semidesnatada. Incluía lo mejor de ambas, o eso pretendía. ¿Por qué esta nueva leche? Porque las otras dos eran demasiado ácidas. Demasiado opuestas, aunque verdaderas en su composición. Te decían que tenían tantas calorías –eso que engorda y que hace que crezcas mucho- y las tenían. Este señor quería una leche con menos calorías pero que incluyese los beneficios también de la entera. Y así fue. Y en los supermercados todo cambió. Los enteros y los desnatados se hicieron más transigentes. Tanto, que con el paso de los años llegaron las mejoras, pero también los inconvenientes. Perdían su composición. Decían que seguían fabricándose a base de lo mismo que antaño, pero los niños como tú se ponían malitos al beberla. Todo se contradecía. La leche semidesnatada seguía ahí, pero ya nadie le prestaba tanto caso porque la entera y la desnatada se enfrentaban en una tediosa disputa acerca de los falsos ingredientes del otro. Se creó la leche de soja, la de calcio… Pero solo las bebían los hippies y los modernos, y algún que otro alternativo. Y a día de hoy, en el supermercado la leche entera y la desnatada son las predominantes, con altibajos en la semidesnatada, pero nada importante. Lo peor de todo es que la vida sigue igual. La gente no tiene dinero para comprar leche, y los que lo tienen no lo saben pero… Están bebiendo leche cortada”.

sábado, 4 de junio de 2011

Vagabundos de sonrisas

Primer videoblog, se nota que soy principiante, pero espero que os guste!



Ana Esther

jueves, 28 de abril de 2011

Historias de juguete

« Nubes. Nubes blancas. Nubes esponjosas. Nubes de azúcar. Nubes de algodón. Algodón de azúcar… mmm… Nubes. Nubes chilenas, keniatas y tibetanas. Tíbet… Recuerdo el Tíbet. Tenía mesetas (¿eran mesetas?). Bah, no lo sé. Ya no lo recuerdo. ¡Acabo de venir volando! ¡Oh! Ahora estoy en un parque de atracciones… Mira ese niño… ¿Qué lleva, un perrito? Ah, sí… Creo que lo he visto, creo que… sí, es un perrito. Es ese tan famoso que anuncian en Navidad… ¿un perro de juguete que hace pis por las esquinas? No, ese no. Ni siquiera comprendo bien ese anuncio… No, debe de ser otro, otro… Sí, ese naranja que siempre va con Mickey Mouse, ¿de qué me suena? ¿Un ratón que tiene un perro? Quién entiende a los niños… Pero yo fui niño… ¿Cómo es posible que me inculcaran una infancia tan poco consistente? No, conmigo no lo hicieron. Con Espinete (¿Era Espinete?) era todo más sencillo. Pero ahora… ¿Un Gormiti? ¿Qué es eso? No, definitivamente no entiendo nada… Yo no pertenezco a la generación del palillo táctil. A mí el único palillo que me gusta es el del bar con mis amigos. Unas buenas bravas… mmm… ¿Palillo? ¿O era puntero? Para la mierda de cachivaches que crean ahora… ¿Tablets? ¿Pero qué coño…? Definitivamente sí, el niño lleva en sus manos al perrito de Mickey Mouse. “Encantador”, diría mi madre. “Entrañable. Adorable”. Qué imagen tan inocua. Yo más bien diría… “Pues vaya, prefiero al jodido Espinete”. Mira su padre, se acerca, pero se lo lleva en brazos. Caray, no pensé que estos extranjeros fueran tan negados para la diversión, y más aún cuando se trata de la de su hijo. Pero, ¿qué pasa? ¿Una alarma? ¿Una sirena? Eso no parecen los coches de choque. Nadie ha hecho pleno en la diana. El payaso tampoco ha hecho ninguna de sus gilipolleces, aquella señora gorda no puede haber gritado… ¿Qué ocurre? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué gritan ahora? Lo que dicen… ¡Espera! ¡¿Bomba?! ¿Han dicho bomba? ¡¡Madre de Dios!! ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿¿QUÉ…?? »

BEP. BEEP. BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEP.

Puto despertador. Pero hoy me has salvado. ¡Uf! Las cinco y veinte de… ¿la madrugada? Voy a la ducha. No han puesto ni las calles, decían por ahí. Pero es que a estas horas no me han fabricado ni a mí. Ni pienso, luego ni existo. “Hola cariño…” Qué mierda es esta que ni siquiera le puedo dar un beso a mi mujer sin que me suelte un guantazo. Al menos ella puede dormir. Maldito el día en que opté por esto. “¡Oh, la profesión de la inspiración, lo más bello que existe! ¡No te quejes, suertudo! ¡Qué eres, un alternativo?” Jodidas macetas de oficina. Al menos no tengo que pelear por obtener la medalla al mayor lameculos de la empresa peleando contra el cactus de la mesa de al lado. Ni tengo oficina, ni despacho, ni sinónimo. Ni cactus, ni cardo, ni mosca cojonera que me mire desafiante desde la mesa contigua, ni jefe de cactus. Por no tener, no tengo ni nombre. “¡Eh, número 3!” Este se cree que ha salido de una jodida película de aviación y yo me creo el jodido Al Capone. Mi jefe no es un simple gilipollas. Llegó a la “s” y dio media vuelta para volver a empezar. Él mismo reconoce que es un “gilipollas, gilipollas, gilipollas”. Que a tu jefe le ponga que le insultes es el punto que promulga el suicidio del trabajador, ya no puedes insultarle. No puedes matarle, secuestrarle, darle una paliza, rayar su A5, o mismamente los testículos. Los tiene de acero. Y no puedes. Manda huevos con los huevones. De tanto pensar en ellos el champú se me ha pegado a las ideas, o más bien al pelo. ¡Oh, vaya, eso significa que ya vuelvo a existir! Qué asco. Repulsivo. Es una sensación que me recuerda a la mierda de mi vida. Se acabó la ducha. Vamos a desayunar. Digo vamos, tú, yo, y mi factura del agua. A este paso la tendré que utilizar para taparme por la noche en mi mansión de deudas. Es victoriana, del XIX, porque mi nómina y mi vida pertenecen al Santander. Elisa sigue dormida. Y pensar que no le he contado nada de esto… Es mejor así. Ella es un seto de oficina al que su capullo de al lado se intentó ligar. A ese sí que me habría gustado romperle la cara. Suerte que un par de semanas más tarde de la quinta encerrona, conseguimos la orden de alejamiento y lo enviaron a… Ah, sí. A Matapolculo del Duero.

Ni una mísera galleta. Solo quedan los cereales de David. Comerle los cereales a tu hijo de 6 años resulta el colmo de la amargura. Soy un puñetero amargado que viste unos vaqueros Levi’s del 89 y unas Adidas del año en que a Naranjito le hicieron la ecografía. Puaj. Si es que no puedo dar más asco, ¡joder!

BI – BIP.

Ese tendría que ser el sonido con el que me coche me recibiera. Sonido que es como un “¡Saludos, Mr. John, ¿Qué destino elegirá para hoy?” y no como el “Hola Juan. Termina pronto que me estoy quedando en las últimas de gasolina”. Un Renault viejo. No me ofrece ni dirección asistida. Lloro. Lloro mucho. “Vida bohemia”. Hay que joderse. En fin. Pongámonos en marcha. Próximo destino: El Infierno Bohemio.

Vaya. Ni un saludo. Ni siquiera un “¡ponte a trabajar!”. Tiene mala cara. Ahí viene. Ya empieza. ¿Qué diferencia hay entre esto y lamer traseros? Que sin duda esto es más deplorable. Debería estar penado por la ley. Estoy seguro. Jodido cabronazo. Aaaaa-boooooo-gaaaaaaaa-dooooooo. Tócate un pie. No hace sus revisiones y ahora me toca a mí hacer el trabajo sucio. Limpiar traseros es más digno que esto. A mí me quedan las manos llenas de mierda todos los días. Vamos allá. Otra vez al parque. A aceptar información de mierda de un gilipollas de 14 años solo porque tengo un playmobil por jefe, pero más feo. ¡¡Un crío de 14 años!! Que vive mejor que yo, hijo del alcalde, con una paga media de 100 euros a la semana… Y tengo que ir a “ofrecerle” 200 euros por asegurarme de que me “conceda” “algo” “confidencial” que destape los chanchullos de su padre. Menuda pieza. Son iguales. Y yo, de conejillo de indias a pasar el trapo por un imberbe trasero de 14 años (¡¡De 14!!). ¿Para qué?

Me preguntan que por qué… Pues veréis… Para que me paguen 700 euros al mes por unas “noticias” que tengo que “conseguir” en diez minutos (después de que el playmobil destroce mi trabajo Decente que me ha llevado toda la noche), teniendo un contrato que lo conocen los gamusinos y que está hecho del mismo material que las nuevas bolsas biodegradables, sin poder preguntar o inquirir a mi entrevistado (¡¡de 14 años!!), resumiendo lo más escuetamente posible para que pueda comprenderlo un crío de 6 años como mi hijo, sin contrastar, y pasando por una censura feroz de mi playmobil.

Esa es la vida. Así es el mundo. Así es este país. La censura en la democracia. Penoso. Y todo ello después de haberme licenciado en una de las universidades privadas más prestigiosas del país. Después de que mis padres hipotecaran su vida por un sueño infructuoso, irrisorio y banal. Después de no poder ni comprar un piso, ni un coche con aire acondicionado en el que David, Elisa y yo podamos ir de vacaciones a la esquina. Después de no ser capaz de hacer frente a las facturas, de no poder tomar un mísero café, de no poder comprarle unas galletas de chocolate a mi hijo para merendar… Después de haberme privado del desayuno durante tres semanas para poder regalarle una rosa a mi mujer por su cumpleaños. Ahora dicen que aumenta el precio de la vida. Yo tendré que morir…

Vivimos en un país bananero. Y nunca me han gustado los plátanos.


Fdo. Un periodista sin pasado ni presente. Y del futuro mejor ni hablamos.

miércoles, 20 de abril de 2011

La apasionante historia de Velén Hestevan

Queridos todos,

Visto que nuestra querida querida querida (reverencia, pero que no se os caiga el chicle) Princesa del Pueblo está perdiendo protagonismo en las televisiones (¡no!), y como España sin bazofia pierde ese toque de asquerosismo -¿había mostrado mi afición por el neologismo barato?- y para inaugurar esta nueva apariencia del blog, qué mejor manera de recabar cierto glamour que contando la verdadera historia sobre la ascensión a los cielos infernales de Belén Esteban. Para ello, y como buen proyecto de periodista, me he documentado arduamente a partir de fuentes tan prestigiosas como Frikipedia o El rincón del vago. Esto tan solo conforma la primera entrega del recopilatorio "Vidas que deberían ser anónimas. Historia de una censura kilométrica", un proyecto muy ambicioso por el cual espero llegar a platós tan ilustres como Enemigos Íntimos o a la mansión de Ortega Cano en Chirona... digo Chipiona. Así que, como tiendo a irme mucho por los ramajes y, sin más dilación, os dejo deleitaros con esta poesía para la vista como es la biografía express de este especimen hinflado en colágeno y rubio platino.
Nota mental y no mental: No me hago responsable de futuras reclamaciones por parte de la SGAE, Espinete, o Leire Pajín.

Érase una vez una jovencita muy dulce y cariñosa que vivía en el barrio de San Blas. Si este suburbio hubiese tenido mar, Maná le habría dedicado una canción a su muelle. Pero no cayó esa breva. Y la muchacha montó en cólera. Pasó de la cara de Fher, su enamorado y vocalista del grupo, al ver que no la amaba por sus aires de niña de azul. Y se enamoró del bolsillo de oro de un famoso (y patético) torero de la época. Este, en su defecto, dedicó a su amada una canción de amor en la que demostró su avaricia proclamando que la quería toa toa toa para él. La joven, al comprobar tal actitud de su enamorado y que éste necesitaba un logopeda, le abandonó, después de haber tenido una hija con el butanero que les cambiaba las bombillas del jardín.

A su nena le llamó Adolfo, pero al percatarse que ese nombre era de varón y que su hija abofeteaba a cualquiera que gritase su nombre, y tras varias vicisitudes, terminó por llamarla Andrea, aunque siempre le quedará la espinita clavada de llamar a su peque Jessy, Jenny, o Yoli. La madre, inocente jovencita en su época, pasó de dicha bondad, al temperamento propio de un imberbe prostituto de la época, que se vanagloriaba por lo bueno que estaba, llamado posteriormente, Tito Mc. Obligaba a la pequeña Andrea a comer pollo sin piedad, y adquirió la diversión y el hábito de sacar la silla a la plaza y cotorrear con un par de cuatro orcoamigas que decían ser amantes de su ex marido. Era imposible entender su idioma de parloteo, sus estudios nulos y su falta de cordura hacían que tuvieran que tomar determinadas sustancias nocivas para mantenerse cuerdas. Un buen día, cuando ambas trío de cuatro se hallaba en tan cruenta lucha verbal, un hombre con gafas, el Intocable (chan chan) de Telecinco, un canal de moda en la época porque no había otro -TVE no cuenta porque lo digo yo- y de risas aseguradas ante tan deplorable espectáculo de circo, de lo que solo se salvaba Humor Amarillo en parte, apareció con sus aires de Yorch Cluni mezclados con la simpatía de Pepe Navarro, y les tendió el contrato, a lo cual ellas respondieron en su idioma particular mascando chicle a dos carrillos y hocico abierto.

Y este es el origen de Belén Esteban en la televisión, donde no deja de referirse a su hija con el butanero, que ya se casó y tuvo familia numerosa, y como está tan mal el negocio, tuvo que dedicarse a nada, se separó de su mujer y se cambió el nombre por el de Fran. Hasta la actualidad, donde se ha casado y descasado varias veces con su choniesposa, que ha llegado tan alto con sus aires de dama de las cavernas, que es más importante que el mismísimo Intocable (Chan chan). ¡Como B. Esteban muera por sobredosis de " insulina" , se acabó el negocio, periolistos! Que el omnipotente nos pille confesaos. Amén.
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Era un domingo en la tarde y fui a los coches de choqueee tiruriruriruriruriruriiiii.

martes, 5 de abril de 2011

Memorias de tu propia vida

1 de abril de 2011.

Ocho y pico de la mañana.

Nos acercábamos con paso ligero, pues llegábamos con retraso, o al menos eso creímos. Pero al arribar a nuestro destino nos dimos cuenta de que no era así. Aún faltaban varios por llegar. Un par de saludos tímidos y alguna que otra sonrisilla en un círculo abstracto cerrado que dejaba vislumbrar inocuas diferencias entre los grupos que esperaban, pacientes, subir al autobús. Francamente, no supe cómo comportarme. La actitud dubitativa suele jugar malas pasadas y actuar en tu contra, dibujándote como un borde o asocial ante los demás. Ni siquiera sé cómo afrontar todo lo que os quiero relatar.

Soy consciente de que voy a tocar uno de los temas de mayor debate social actualmente y desde ya hace unos años. Pero eso no me preocupa. Si no comenzamos por aniquilar ese pavor inicial al manifestarnos tal cual somos, nos negaremos a nosotros mismos y acabaremos por no ser nada. Serás Fulanito de Tal, y punto final. Nadie recordará lo que defendiste, ni lo que criticaste, ni por qué luchaste. Ni a quién quisiste, ni las obras que realizaste a favor y apología de ese ideal. Es muy triste carecer de motivaciones que desarrollen tu vida. Pero al fin y al cabo somos libres para elegirlo, y esto no pretende ser un ensayo sobre tal materia. Lo que busco es tan sencillo como explicar algo muy complejo que experimenté y para lo que no existe término alguno que se asemeje. Una dantesca antítesis que ya comienza a frustrarme, la ansiedad por escupir palabras sin sentido es peligrosa. Por tanto, intentaré mantenerme lo más fiel posible a esta experiencia que tan grande me queda.

Retomemos. Eran las ocho y media de la mañana y el grupo ya estaba al completo. Una vez preparados en nuestros respectivos asientos, el autobús partió, dejando tras de sí un halo de humo gris y olor a combustible que marcaba la estela de nuestro camino gris sobre el asfalto. El sol comenzaba a alzarse tras las sinuosas curvas de la meseta leonesa, alto, más alto, cada vez más alto. Se notaba el paso de la mañana sobre los campos brillantes abrazados por el calor solar que los inundaba. Vivo en un mar de secano. Un mar de secano que se llama León. Un paraíso escondido en el noroeste de la península Ibérica, para unos conocido, para otros no tanto. Un pequeño retazo de paraíso al que muy pocos saben sacar provecho. Me consideraba una Alicia, en un rincón de Maravillas celestes, blancas, plomizas. Esa multiplicidad de colores que a través de la ventana se alejaban, pero que persistían en la mente como significados persistentes y propios, con mayúsculas.

El viaje continuaba. Risas y silencios, sucintas conversaciones o amables diálogos entre aquellos que ya eran prácticamente hermanos. Sumiéndome en el ambiente del autobús conseguí abstraerme de mi realidad subjetiva y salir hacia la Realidad. ¿Qué es la Realidad? La película Matrix se enfrenta a esta incertidumbre aparentemente tan sencilla, pero tan complicada de resolver. ¿Existe la Realidad? ¿Pero y si todo lo que crees real resulta fraudulento? Quizá tú, que lees esto pienses que tu visión es la correcta, aunque se contraponga a la de tu compañero. Él pensará lo mismo que tú. La pluralidad de mundos y de perspectivas individuales como consecuencia de la Libertad humana, con mayúscula, es la paleta que da color a nuestras vidas. Enriquece nuestros sentidos con numerosas perspectivas de un mismo punto. Pero a esto volveremos después. La cuestión es que creí sumirme en aquel Algo común –Realidad es un término peligroso, ya no entendiéndolo como lo material, sino la realidad abstracta que habita en nuestro pensamiento- que envolvía nuestro espacio vital aquella mañana. Destruí aquella macroestructura de prejuicios propia y me propuse aquel día comenzar a construir un nuevo edificio, esta vez por la base. Personalmente, era algo que me exigía el corazón. Una necesidad exenta de intereses, un impulso que me decía que algo en mí debía cambiar. Se trata de una de esas escasas situaciones en las que el ser humano se ve cegado en un camino unidireccional, sumido en una pesadumbre que le impide ver que el camino concluye en un precipicio abisal. Pues bien, es en aquel momento de hundimiento emocional, en el que contemplas mil manos tendidas hacia ti sin poder estrechar ninguna. Cuando tocas fondo, nadie puede ayudarte. En ocasiones es prácticamente imposible salir de aquel pozo, pero cuando todo parece imposible, algo hace que aparezca una nueva bifurcación en el sendero, que te conceda la posibilidad de elegir y salvarte de nuevo. Carcajéate de la melancolía, porque lo has conseguido. Pero en aquel momento quedaba mucho por hacer. ¿Es posible llevar a cabo tal cambio en un solo día?

El viaje continuaba. Nos dirigíamos a tierras palentinas, tierra de campos, tierras de vida. Yo seguía ensimismada en aquel intento por abstraerme de mis pensamientos e intentar captar y sentir a los que me rodeaban. Y fue entonces cuando lo sentí. Sentí todo aquello que desprendían los demás. Las preocupaciones se habían esfumado como por arte de magia. En un primer momento, el pavor me inundó, pero poco a poco me fui recostando sobre el asiento y dándome cuenta de que no todo es lo que parece ser. Aparentemente, me hallaba en aquel asiento callada, con cara de póker y contemplando el paisaje que desfilaba ante la mirada impertérrita de aquel vehículo violeta. Aparentemente no iba haciendo nada. Aparentemente. El desconocimiento nos lleva hasta las latitudes más sombrías. Y cada vez me daba más cuenta de ello. El viaje continuaba, villa romana de la Olmeda, Frómista, catedral de Palencia, monasterio de Trapa… Cualquiera os contaría las maravillas turísticas que tuvimos el gusto y el placer de visitar. Pero para ello están las guías. Y tampoco es lo que me interesa. No quiero contaros nada de ello, son paraísos que merecen ser visitados y no contar sus maravillas, sino guardar celosamente sus atributos.

Lo que me interesa es la Experiencia ya mencionada. Aquellos muchachos con los que viajábamos. Lo que en principio consideré como un experimento, se transformó en una maravilla. Para un proyecto de periodista como yo, que aún estoy por desarrollar, la vida es mucho más bohemia que para aquellos que ya conocen las desavenencias del oficio. Por ello y aprovechándome excesivamente de la parte que me toca, me atreví a contemplar. A contemplar dentro de todos y cada uno de esos chicos que paseaban por los jardines del monasterio trapense, o que retaban a los chavales del Seminario Menor de Palencia al ping pong sin demasiado éxito, o que contaban chistes intercalados con canciones en ucraniano o yo qué sé qué idioma exótico… Para aquellos chicos más o menos de mi edad, que son seres humanos normales. Y a lo que me acabo de referir no es una chorrada, sino algo muy importante y que muchas veces se nos olvida. Son personas, como nosotros, como tú y como yo. Quizá más que nosotros. Y me fascinó compartir el día con ellos. En más de una ocasión tuve ganas de echarme a llorar. ¿Por qué? Pues no lo sé. Tal vez porque la vida no es como la pinta la mayoría, la masa. La vida es algo que no ha de basarse en lo meramente material. Y suena a tópico universal, pero la torpeza y el nerviosismo me están matando. No sé cómo explicar eso tan grande que sentí junto a ellos. Es increíble comprobar cómo muchachos tan jóvenes poseen una vocación tan fuerte y se encuentran arraigados a algo tan potente. Sus risas y sus bromas te llenan, su presencia te hace olvidar lo que tanto te hizo llorar. Fascina comprobar que en el mundo quedan personas como ellos, que se han marcado un camino y están dispuestos a seguir hasta el final, sacrificarse, y ofrecer su vida por ello. Y en estos momentos tengo el corazón a un millón por hora. La torpeza de no saber cómo expresar todo esto que siento me abruma. Es una sensación de plenitud difícilmente explicable. Es tranquilidad y alegría. Es calma, es paz. Es encontrarte contigo misma y darte cuenta de que lo que creías que era Todo solo es una Parte de la complejidad de la vida. Es comprobar que aunque la mesa cojee, hay mil y una formas de restaurar la pata coja. Es un sentimiento. Es una emoción. Es algo rápido, muy rápido. Bum, bum, bum. Ganas de correr. De llorar, de reír. Ganas de ayudar. Ganas de transmitir a los demás aquello. Ganas de compartir. Ganas de ser. Ganas… De vivir.

Cuando lo que muchos consideran un trabajo u ocupación se transforma en el contexto y en la finalidad de tu vida… Cuando todo lo que llevas a cabo lo realizas en función de, por y para ello… Cuando rompes los moldes sociales, el qué dirán y te rebelas contra ti mismo… Cuando resuelves tus propias preguntas y enfrentas la vida… Solo puede haber vocación. Y de lo que estoy hablando es de un grupo de seminaristas de León con el que pasé uno de los mejores días de mi vida. Al margen de las creencias de cada uno, creo que todos deberíamos experimentar algo así. La vida no es como la pintan en una película de Tarantino, o en esa canción de Guns and Roses. La vida no se cuenta. La vida se pinta y se colorea. Se disfruta y se exprime. No entiendo mucho de liturgia, ni de Sinópticos, ni de Mariología, o más bien nada. Pero entiendo de vocación. No puedo contaros mucho más. Mi bolígrafo escribe por sí solo. Mi mente está desactivada desde hace rato.

Porque en ocasiones, las mejores entrevistas no se hacen a golpe de pregunta,

Bienvenido a la película de tu propia vida… donde tú escribes el guión.

sábado, 19 de marzo de 2011

Feliz día, papá

Querido papito. No recuerdo qué día es hoy. Las cachetadas me han nublado la mente. Apenas puedo abrir los ojos, la luz duele. No consigo descubrir las facciones de su rostro. Todo es muy difuso. Afuera el viento aúlla como si le hubiesen arrebatado lo más preciado de su alma, lanzando alaridos a las nubes oscuras que se carcajean altivas desde su posición. Los árboles se balancean bruscamente, como poseídos por brujería. Me recuerdan a aquellos que vimos en Chiapas el año pasado. Eran tiempos muy lindos, la madre todavía vivía con nosotros, y usted aún no había desaparecido.

Acá dentro hace frío. El Señor no me deja salir a la alberca y no puedo pasear. No hay nada en la recámara. Un par de sillones comidos por las termitas, cortinas raídas y algunos cuadros volteados. Recuerdo que el abuelo sonreía desde uno de ellos. Me gustaba mirarle. El abuelo era bueno. No me cacheteaba. No me gritaba. Me quería. Ahorita ya no está él, ni usted, ni nadie… La señorita Söll se ha ido después de que el Señor le aventara los tenis que recién le había comprado a su chamaquito dos cuadras más abajo. Una mujer intrépida, como siempre quise serlo yo. La odié, papito, la odié por dejarme aquí sola. Pero no hay bronca, porque yo hubiera hecho lo mismo.

Oigo pasos. Él se acerca. Sé que es él por sus fuertes pisadas que me retumban a todas horas en la mente. Tengo miedo. Solo le resta una cosa por hacer conmigo, papito. Lo mismo que le hizo a usted en primavera. No le gusta que le nieguen. Yo lo hice. Se aproxima. Tengo mucho miedo, papito. Sé que usted está conmigo ahorita pero necesito que me apapache fuerte. Un chorro de veces. ¡Papito, papito! Ruéguele a la Virgencita por mi mamá. Será la única que quede acá y es lo peor que le puede suceder. El Señor ha entrado. Se mueve. Suda. Huelo su colonia de los domingos, esa que le dan por condenar a inocentes a torturas. No me ha visto. Creo que se va. ¡Me he salvado, papito, me he salvado! Pero… ¿Qué ocurre? ¡No! Él regresa. Está muy enojado. Ahora resopla como un caballo feroz. Cada vez está más cerca. Ha descubierto mis pies bajo las cortinas. Siempre supe que quemarlas no había sido una buena idea. Ya viene, ya viene. Se detiene, parece que le cuesta respirar. Hace sonidos muy extraños. Está muy enojado conmigo, papito, y no entiendo por qué. Nunca quise hacerle enfadar, siempre hice de volada lo que él me pidió. No sé por qué hace todo esto. Me ha agarrado del pelo y ahora me arrastra por el piso. Las astillas del parqué se me clavan en las llagas de las rodillas. Nunca supe qué hice mal. ¿Fui una mala chava? Estoy achicopalada. No tengo más miedo. Ya no puedo temer más. No quiero seguir acá. No quiero ver más. No quiero ser lo que quiera que sea. No quiero, papito, no quiero. Creo que me está mirando. Le gusta contemplar el pánico de sus víctimas antes de actuar. Ya lo había visto muchas veces, en la antesala verde. Siempre lo hace allá. Ya viene. Ya se acaba. La oscuridad. Lléveme con usted, papito, lléveme...

lunes, 14 de marzo de 2011

No se me acaban las excusas...

Nunca se me ha dado como me gustaría escribir una carta de esta magnitud. Y menos aún en esta situación. Un profesor me señaló una vez que tal vez la forma de aquellas palabras empleadas era demasiado retorcida y renacentista, y en aquel momento no le creí. Pero supongo que no le faltaba razón. Cuando intentas relatar algo que no existe y te sitúas en la tesitura de esa abstracción sumamente intensa para poder inmiscuirte mejor en su esencia… Todo se torna difuso.

La gracia recae en que en estos momentos existe algo que impulsa mi pincel a deslizarse sobre este papel rosado, a dibujar una sonrisa en esa tez pálida que desconocía el significado de libertad. La piel se había impregnado de una tediosa monotonía que cada día calaba en su ser con mayor precisión, hasta subyacer bajo su atormentada alma acongojada… Para serte franca, siempre he tenido miedo, mucho miedo. Miedo al vacío y a la oscuridad. Miedo a socializarme… Miedo a que me tengas miedo. Miedo al miedo. Al menos he descubierto que soy algo más fuerte de lo que creí. Jamás pude imaginar que volvería a encontrarme sobre este folio arrugado, derramando un par de lágrimas que infringen las normas del pasado que por fin dejé atrás. Al fin y al cabo, nada puede callarme. Soy poeta de tus labios. Dibujo con soledad sonora todo aquello que no te atreviste a pronunciar. Soy musa de tus ojos que me observan curiosos intentando descifrar un mar de dudas ocultas tras mi cristalino plácido y expectante. Lo que no puedes imaginar es que aquel mar de emociones que sacudían espasmosamente tu pecho eran las mismas que recorrían mi espalda cuando me hallaba frente al reflejo de tus ojos. Jamás podrás imaginar la inmensidad de colores, formas, olores y sabores que comprobé a través de ellos. Un recorrido afrodisíaco en el que ambos bailábamos, como salidos por arte de magia de una cajita de música celeste sin batería ni motor.

Quiero… Quiero volver a mirar esos ojos y volver a sentirme como una pequeña muñeca mecida entre tus pestañas… Quiero ser la luz que se refleja todas las mañanas en tu mirar, la sonrisa de resignación que esbozas cada día intentando demostrar que todo va bien… La niña que te pegaba plastilina en el pelo, la loca que se descalza y cruza los charcos mojados mientras el frescor del agua penetra en su piel, la mujer a la que observas cada noche y no aciertas a dibujar su rostro… No pretendo que me entiendan, no pretendo que lo hagas. Y esa sensación de lejanía y desconocimiento la aniquilé desde la primera vez que suspiré por tu zalamero encanto. Quiero viajar por tus lunares, ser espía de tu sueño, astronauta de tus ilusiones, turista en tu pelo, acróbata de tus manías, abrazo en tu oído…

Si crees que el tiempo refleja tu estado de ánimo, seca esas lágrimas tardías, alza la vista y observa este día nuboso… Y la sonrisa de la nube que hay en ti. Porque pese a que todo se transforme en un huracán sombrío, la esperanza siempre permanecerá en ese espectro nuboso que te contempla a cada paso, cada instante. Será entonces cuando verás las estrellas… Y si te das la vuelta, allí estaré yo. Y aún no se me han acabado las excusas… No puedo articular nombre alguno para esto que siento. Solo sé, que no te miento…

Ana Esther

domingo, 6 de marzo de 2011

Querido Tú

No he sabido con certeza de qué forma dirigirme a ti, puesto que me resultas tan sumamente complejo de alcanzar que te contemplo como una utopía entrelazada entre mis trémulos dedos arrancándose con cada suspiro de agonía que me arrebata de tu lado. Eres como la cometa que el niño sostiene firmemente en la playa, hasta que un soplo de aire vence a sus pequeñas fuerzas y sus manitas se despliegan, permitiendo que el viento le arrebate su preciado tesoro. Nadie sabe dónde acaba, si alguna roca grotesca estará esperando su llegada para arañarlo con sus soeces fisuras, o si terminará abrazada por la espuma del mar hasta degradarse con el paso del tiempo… Y sumirse en la nada. Tan solo permanecerá en el recuerdo difuso en la memoria de aquel niño hecho hombre, que lo rememorará como algo turbio, sombrío, pero que le hizo feliz. O tal vez los estragos de la edad le impidan recordarlo. Y la cometa se almacenará como un dato superfluo más en la memoria desgastada de aquel anciano de mirada perdida y sonrisa cosida. Él también será abandonado. Olvidado. Ignorado. Nadie presta atención a su existencia ya florecida, mustia y sujeta al hastío de la resignación. Todos le temen por su fatigosa verborrea y sus insistentes advertencias. Sucumbirá al olvido. Al igual que estoy sucumbiendo yo.

Con mis últimas migajas de energía quería hablarte. Quería hablarte por última vez aunque los fuertes latigazos fustiguen mi ser. Creo que ya ha llegado mi hora. Llevo días sin poder ser yo, sin poder hacerte la vida más llevadera. Ya no respondo a tus llamadas. Ya no soy capaz de sentirme en tu interior. Ni siquiera sé si esto te llegará o si estaré desperdiciando mis últimas energías para conseguir a cambio un final más acelerado. Nunca quise acabar así, siempre quise permanecer a tu lado, en ese rincón de comprensión sensible que ahora está vacío, como los gritos sordos que he lanzado al vacío de tu ser durante todos estos largos y cruentos años… No he llegado a conocerte, te he sentido, pero no te he contemplado más allá de lo que tienes aquí. Y es un panorama desolador. Soy la última superviviente en esta guerra fratricida. Pero al fin y al cabo, soy parte de ti. Y si soy capaz de decirte todo esto, tal vez sea un motivo que lleve a pensar que no estás tan hueco, tan vacío como parece. Que sientes y que padeces. El problema soy yo. Es mi muerte. Mi fracaso como parte de ti. Tu fracaso. Nuestro fracaso. Partes que asesinan partes. Todos que mueren, incompletos. Una sopa de letras hueca, con vacíos devorados que jamás podrán ser devueltos al lugar donde proceden, la oscuridad.

Quería decirte. Quería decirte que has acabado conmigo. He acabado conmigo. Y estoy desenlazando algo que se predecía pero donde cabía la posibilidad. Esa probabilidad ya es nula. He sido devorada por eso. Por aquel sorbo de alcohol que penetró en tu hígado al amanecer. Seguramente esto no llegue a ningún puerto. Los médicos pretenden reavivar lo imposible. Las descargas cada vez son más feroces. No creo que logres esbozar una sonrisa más. Al fin y al cabo, este es nuestro dantesco desenlace. Algo tan banal como absurdo. Quería decirte… Que aunque no lo sepas, he estado aquí. Batallando contra tus deseos de aniquilarme. Batallando contra las copas que bebías cada noche, y que se llevaban a mis hermanos. Quería decirte… Que pensaré en ti.

Atentamente,

Tu última neurona.

viernes, 4 de marzo de 2011

Pregúnta(me), retórica

Levantarse por la mañana y descubrir la gran pregunta. Qué hacer con tu vida. La incertidumbre acompañada de un tremendo pesar que te señala con dedo intimidante y acusador haciéndote sentir culpable. Muy culpable. Y es cuando la simplicidad de la vida evoluciona hacia un dramatismo enredado que tú mismo has tejido sin haberlo previsto. Como si te gustara el masoquismo psicológico. ¿El ser humano es capaz de entrelazar tanta telaraña para autofustigarse? Sí. Rotundamente. Somos sujetos melancólicos, vivimos en un profundo sótano de cautividad en el que intentamos trepar a gatas y a tientas hacia la planta baja para evitar que la tierra nos consuma. Y que nosotros nos sumamos con ella. En una ocasión alguien dijo que somos muertos en vida, deambulando por un puente de ilusiones en el que de vez en cuando se resquebraja alguna tabla y comprobamos peligrosamente la vertiginosidad del vacío. Hay momentos en los que estamos sujetos permanentemente a ese vacío por nuestros miedos. Probablemente infundados, seguramente sin argumentación alguna que los sustente. Pero existen y no podemos obviarlos.

Existe aquel tipo de personas aparentemente ajenas al miedo, a la dubitación y a lo sensible. Personas aparentemente frívolas, sensatas y realistas. Inocuos a ellos mismos. Creo que jamás llegaré a entender cómo se puede llegar hacia ese punto de inflexión, de pasotismo. La melancolía no se puede ocultar de manera tan sincera. Francamente, me cuesta llegar a creer que esa gente sea ajena a todo esto. A esa pregunta retórica que consume las ganas de seguir luchando por nada. A esas dudas que hacen que un día, de repente y sin previo aviso, te encante ser asocial. Te apasione huir de los demás por el miedo a no estar preparado para sobrellevar cualquier tipo de relación humana. Y renace aquel sentimiento de agobio que ya habías sufrido en tus propias carnes tiempo ha, y que te había producido una intensa repugnancia.

En el fondo la vida no es más que un ciclo de golpes. Golpes cada vez más grandes. Tú me empujas a mí, yo te golpeo a ti, tú le machacas a él, y él le da una paliza al siguiente. Y todo eso por el no saber qué hacer con tu vida. Lo tienes todo, y no tienes nada. Y entonces te reconcome la idea de por qué coño no ser justo en esos momentos un libro abierto y dejar que los demás comprueben lo que quieres expresar. Eso que el maldito nudo de neuronas cerebrales no te deja soltar porque se ha colapsado. Eso que quisieras decirle a esa persona que piensa que la has olvidado, o a esa otra que te mira pero que realmente no te ve, o a esa, que sigue tus pasos día a día… O a esa que se te escapa dolorosamente… Ni siquiera tienes una explicación para ti mismo. Ni siquiera puedes autojustificar lo que estás haciendo. Eso te consume. Y es en ese momento cuando necesitas a todos, cuando no necesitas a nadie.

Ana Esther