martes, 28 de junio de 2011

Carta a mi asesino

          Me duele. Ya empieza a dolerme. La esquina de la mesa está destrozada. El borde por el cual me deslicé tiene aún muestras de tu impertérrita vanidad. Te crees que los que te rodean te idolatran, pero únicamente temen las represalias que puedan causar sus actos más ínfimos sobre tus aires exacerbados de fascista reprimido. ¿Por qué lo haces? ¿Es que temes perder algún día la guerra? ¿Buscas acumular fascículos de batallas vencidas para sopesar el fracaso en esta contienda fallida? No es tu guerra… ¿O es que acaso te aterra enfrentarte a ti mismo? A ese monstruo que hay dentro de ti. ¿Sabes? Un día te amé. Un día soleado de abril en el que sumergiste tus miedos y tus pretensiones bajo una capa de fingida cordialidad. Cuando el hurón entra en el refugio del conejo y este sale corriendo, está atrapado. Yo no temía por mi vida hasta que recibí mi primer golpe. Los siguientes fueron como las olas atlánticas que golpean contra las rocas ya desgastadas de Cabo Vilán, donde nos conocimos hace ya diez años… Diez años he soportado como una roca los ataques de tu mar de inseguridades. Diez años han generado mil arrugas en mi rostro por cada cosa que hice mal. Arrugas como fisuras de esas rocas que se despedazan y se hunden hacia el océano buscando un fondo que tocar. Tan solo mantengo la esperanza de poder terminar de escribirte este mensaje hueco, en una botella que surca un mar de lágrimas, sangre y miedos al que tú mismo pusiste nombre: Infierno. No me pesa por mí. Me pesa por él. Me reprocharás mis silencios, yo te reprocho la hipocresía de los lunes, la de los martes y la de los jueves cuando traías a esas mujeres a casa y les instabas a que me golpeasen. Siempre te gustó lo gore. Descuartizas mis sentimientos, degollaste mi vida desde el primer momento en el que me pusiste la mano encima. Supongo que estarás orgulloso de asemejarte a tus héroes baratos de motel de carretera. ¿He de sentirme orgullosa por ser la primera? Porque si es así, fulmina ese pensamiento en ese mismo instante. Siéntete lleno, acorde a tu plenitud, porque no has destruido una vida, si no dos. La mía y la de esta criatura que se gesta en mis entrañas desde hace poco más de un par de meses. Indígnate. Pretendes que te lo hubiese dicho para haber tenido así la excusa plena para acabar conmigo. Tal vez hubieses esperado a que mi hijo naciese, pero prefiero llevármelo conmigo antes de dejarlo en manos de mi asesino, que seguramente se convertiría en el suyo. No pretendo martirizarte, tan solo estoy escribiendo el testamento de mi alma, le estoy haciendo un favor hercúleo que mi corazón no se puede permitir a tu azorada personalidad. Pero qué importa. Acabas conmigo como lo harás con otros tantos. Valiente hijo de puta. Vive tu equilibrada vida, de desprecios y vejaciones, porque un día encontrarás la horna de tu zapato que te enganche por esos cojones de los que estás tan orgulloso y cortará uno por uno tus aires de amo del universo que te han llevado a transformarte en una bestia inhumana. Ni siquiera ser, ya no mereces ese apelativo. Vive tu vida con tranquilidad, porque la mía, la nuestra se apaga. ¿Sabes cómo iba a llamarle? Tal vez Nicolás, como su padre. Porque ni siquiera tuviste los huevos de fecundar a tu propia mujer, y tuviste que personificarte en tu mejor amigo para hacerlo. A él al fin y al cabo, no le odio. No le guardo rencor. Violar o morir no son opciones. El egoísmo vacío que puebla su vida lo hizo posible. Solo me queda odiarte a ti, y ni siquiera te odio porque hace tiempo que no te veo, no te siento, no te escucho. Has conseguido desaparecer de mi mundo como la primavera. Y por fin me has dejado ser libre. Ahora me deslizo sobre esta silla en la que un día me pediste matrimonio para darte la enhorabuena. Para decirte, que nunca tendrás el valor suficiente para enfrentarte a ti mismo. Para decirte, que nunca te tuve miedo. Callar no es temer. Y una persona que justifica sus actos a través de golpes, no es digno de pánico alguno. Respira ahora, toma el aire que te dejo. Porque por fin, soy libre. Más de lo que nunca he sido. Por fin, el pájaro venció al león. Por fin empiezas a pudrirte en tu propio infierno.  
      
Atentamente,


                              Tu mujer

6 comentarios:

  1. el maltrato es algo que tenemos que parar entre todos. muy buena la historia Ana.

    Saludos Nubecilla.

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  2. Tremendamente genial :)
    cómo siempre...;)

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  3. Desgarrador relato y bellas letras que hilvanadas nos hacen darnos cuenta de una cruel realidad que no deja vivir a muchas personas.
    Fan Incondicional de Vuestra Merced

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  5. Me impresiona tanto... que uno llega a sentir una millonésima parte de ese dolor que tan bien has conseguido volver a describir.
    La descripción tan sublime, el sentimiento tan desgarrador, el rencor que esconde cada una de las palabras del relato o la entereza que consigue demostrar la narradora del relato estremecen a cualquiera independientemente de lo blando o duro que pueda ser el lector, y esa capacidad lo hacen pocos (dejame que te lo llame) escritores.

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  6. Eres la voz de millones; ojalá liberes a más de una.

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