martes, 25 de febrero de 2014

Sobre cardos, ala-pívots y toxicidad humana

El ser humano es demasiado horripilante. No piensa lo que dice, ni hace lo que piensa. No dice lo que piensa, ni es congruente entre el pensar y el decir. Todo ente viviente –salvo dos o tres depravados históricos- persigue una misma finalidad. Y esa ‘misma finalidad’ tiene nombres muy diversos que conducen al hiperónimo que los engloba: felicidad. Todos parecemos querer llegar a ella, la rozamos con los dedos de vez en cuando, como si resultara ser el aro antes de un buen mate. Y el hecho de que sean pocas las veces que tengamos la oportunidad de ser ala-pívots, esquivar al contrario y llegar a canasta ajena para poder rozarla, hace que la búsqueda de esta, que los puntos anotados sean mucho más deliciosos e interesantes.

Sin embargo, resulta que hay jugadores a los que no les importan las normas, sino el llegar. Un fin que justifica cualquier medio empleado para llegar a la cima, como afirmaba el propio Maquiavelo. Corremos con el balón entre las manos sin importarnos si las reglas dicen que no se puede avanzar determinados pasos sin botar el balón. Resulta más sencillo y cómodo correr sin ceñirse a nada. Y justificamos esa rebeldía contra lo establecido pensando en el hecho de  que los demás, en nuestro caso, serían capaces de hacer lo mismo. O algo peor. ¿Acaso somos tan omnipotentes como para conocer realmente cómo lo haría cada uno?

‘Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad’, decía Tierno Galván, de forma muy acertada, para referirse a ciertos aspectos de la vida en los que no podemos permitirnos la licencia de que nos pisoteen esos jugadores para llegar a su objetivo. El problema reside en que, por lo general, confundimos nuestros límites, extrapolamos el monopolio de nuestra vida a vidas ajenas y nos creemos con el control y el derecho a todo sobre cualquiera, sin conocer a al ser humano que hay detrás. Y consideramos que seguimos persiguiendo la felicidad. Pero perseguir la felicidad por caminos de cardos no hace otra cosa que magullar los pies y retrasar la llegada. ¿Por qué resulta tan difícil la congruencia entre el hacer y el decir?


‘Actúas como un niño’, nos dicen cada vez que nos comportamos de esta manera. Menuda ofensa. ¡Un niño! ¡Ya quisiera cualquiera poder actuar con la nobleza con la que lo hacen los niños¡ Dicen lo que piensan, preguntan por qué todo es como es, y si les haces daño, te sueltan un mordisco o una colleja para que no se lo vuelvas a hacer. Los niños no son perfectos, pero nosotros no somos mejores que ellos. Crecemos pensando que valores como la amistad o el compañerismo, o simplemente, la curiosidad, el civismo y la educación, se verán nutridos con la edad. ¿Y qué es lo que ocurre? Que amanecemos cada mañana con cara de perro y fusta en mano para castigar a todo aquel que se nos cruce durante el día con nuestro mal talante. ¿Por qué?

La vida resulta demasiado más compleja y ambigua, plantea muchos interrogantes como para ceñirse a lo insulso. Los cardos crecen a ambos lados del camino, y de vez en cuando, tenemos la mala e inevitable suerte de tener que pisar alguno con los pies descalzos. Escribo estas líneas y pienso: ¡Vaya mierda de texto, nunca he escrito nada peor! Sabiendo que aún así es la única forma de liberar el mal humor que me han pegado estos últimos días personas que no quieren ver la suerte que tenemos de estar aquí, vivos, poder luchar por alcanzar unos sueños que si tienen que ser serán, con esfuerzo y dedicación.


Ya bastante cansado es pasar los días soñando como para tener que sufrir las noches con pesadillas. Yo no quiero estrictos cánones en mi vida, pero tampoco contrincantes que me pisoteen. Tengo la oportunidad y la libertar para elegir. Y yo quiero juego limpio, compañerismo real que se manifieste en pequeños momentos y ser la escolta de mi propia vida, y  si algún día se precia, de la vida de alguien más. 




Ana

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