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lunes, 27 de febrero de 2012

Desenfocado

         Lunes. Siete de la mañana. Como cada día, el inoportuno despertador canturrea sus características melodías cíclicas a la espera de que le hagas unos coros que nunca llegan. Pum. Manotazo en una de sus sienes campanoides que lo hace callar. Normalmente, esto viene acompañado de un golpe seco contra el suelo. Violencia doméstica en toda regla. Sin embargo, al recogerlo compruebo día tras día que es más férreo que los luchadores del League of Legends. Recojo los pedazos de sueño que he dejado en la almohada y los llevo conmigo a la cocina. Mientras preparo el desayuno, imagino cómo será el día. Tengo dos opciones: o bien reconstruir ese sueño premonitorio nocturno como si de una visión del maestro Joao en un programa de videncia de DATA TEST se tratase;  o por el contrario, tomarme el café igual que ayer y del mismo modo como lo tomaré mañana. Las ocho menos veinte. Durante cuarenta minutos he echado a volar por la cocina. Mi mente se ha posado sobra la parte superior de una estantería samaritana que se apiadó del pobre polvo hace varias semanas y por –más que- pena –vagancia- he dejado yo también vivir. He dibujado ángeles y demonios sobre él como si de nieve se tratase. Tan pequeños, tan ínfimos, que no se ven a simple vista. Si fuese algodón, ya tendría bisinosis.

          Me levanto de la mesa pensando que esto no me lleva a ninguna parte. La bohemidad de fumarse un cigarro contemplando la luna se la dejé a Sabina, y las tardes de cachimba a los modernos de la facultad. A todo esto, ya me he vestido, y estoy saliendo por la puerta. Rutina y rutina tras cada escalón. Tirones, el perro de los vecinos, me espera al otro lado del rellano con esa efusividad que le viene de serie. Hoy no, que me manchas. Hubiera jurado que en el momento en el que me alejé de él, su cara se ensombrecía y lloraba. En el fondo las personas no diferimos tanto de los animales. Tirones es como aquellos que requieren de atención constante creando una fachada de egolatría que solo un ingenuo se cree. Pero como le importes, el escenario se desmorona y los actores quedan desnudos y visibles en el backstage. Sí, muy erótico todo. Pero son las ocho de la mañana. Salgo a la calle y ni siquiera una ráfaga de aire helado me golpea el rostro. El tiempo hoy está calmado, al igual que yo. Ego aparte, cuando era más pequeña consideraba que el tiempo meteorológico podría llegar a reflejar en cierto modo mi estado de ánimo, el estado de ánimo de las personas. Me doy cuenta entonces de que no tengo piedras en mi camino que saltar, que mis días serán paulatinamente tediosos… Y un embriagador pesar recorre mi alma montada en espasmos sonoros como si se tratase de la alarma de un…

          Suena el despertador. Me levanto de la cama de golpe e inicio mi ritual diario, con la salvedad de que hoy he cambiado de café. De hecho, hoy voy a tomar Cola Cao. Esta noche he tenido pesadillas. Recordaba mi antigua vida, una insulsa continuidad. Lineal. Más lineal que los discursos de nuestros presidentes. Y a la vez cíclica. Una pescadilla que se muerde la cola. Una vorágine extraña y nauseabunda en la que ya no sabía lo que era blanco y lo que era gris. Pasan los segundos, los minutos, las horas. En estos momentos me encuentro con una NIKON D3000 entre mis manos, siguiendo el trasiego de varias hormiguitas que descienden por la rama de un cerezo. Pero están desenfocadas, porque al igual que mis sueños estaban distorsionados, lo que se observa con más nitidez es la textura de la rama, el fondo de una imagen en la que muchas veces no nos fijamos, porque nos importa más el sujeto que el hecho. Intento mostrar el movimiento de las pequeñas hormiguitas de un lado a otro del árbol, ajenas a quien las intenta retratar. Así es mi vida hoy. Durante mucho tiempo puse grandes expectativas en una ciudad completamente ajena y en personas que jamás llegué a conocer de verdad. Ha llegado un punto en el que las chispas comienzan a increpar a las brasas. Voy a pisar por encima. Ahora todo es diferente, más sencillo, menos extraño. Las cosas comienzan a tomar sentido y me siento en casa. Hoy he hecho de este lugar mi hogar, cambiando de plano y de perspectiva. Hoy me siento plena.  Hoy, esta es mi casa. Esta es mi ciudad. Cuando te dan un pequeño papel en ella, cuando comienzan a confiar en ti… Más te vale cambiar de desayuno.

         Ya no me anticipo a lo que ocurrirá mañana. Ya sé que todo puede ocurrir.

martes, 16 de agosto de 2011

Tic tac

          Son las tres de la madrugada. No sé muy bien cómo empezar esto. Solo sé que tengo que hacerlo, que ha de ser rápido, y que cualquier melodrama resentirá mi fuerza lograda durante años de entrenamiento moral. Las tres y cinco. La Beretta se desliza entre mis dedos fina, como pudo haberlo hecho la pluma estilográfica de Víctor Hugo o de cualquier otro genio que se encumbra en el excelso paraíso de la grandiosidad. No puedo pensarlo demasiado si pretendo estar a su lado en unas horas. No hay otra forma de cortar de raíz unos perjuicios que vienen atacando al mundo durante años. La vida ya no es la que era. Pero retornaremos a los inicios, tal y como siempre debió ser. Tres y diez de la madrugada. El fluorescente de la sala comienza a parpadear, como si leyese mi pensamiento, desespera junto a mí. Levanto la pistola, aprieto delicadamente el gatillo y le pego un tiro. Se ha apagado para siempre. Deslizo la cabeza entre las baldosas y me agazapo, como un gatito asustado entre dogos. No es un acto de cobardía, es un acto de vanidad. Me inclino ante un Dios mecenas de mis actos. La vida me sonríe. En la tierra y en el cielo. Tres y veinte. Se acerca la hora. Me levanto con dificultad, me tiemblan las canillas como a esos cabronazos del este. El sótano está oscuro. Tropiezo con algo. Le propino un puntapié, pero es más duro de lo que pensaba y termino resentido, encolerizado y con unos nervios irrefrenables in crecendo. Mientras me aproximo a la tarima pienso. El mundo no está hecho para los flojos de mente, y si los demás no se dan cuenta de ello, deberían correr la misma suerte. Al fin y al cabo… ¿Qué son unas toneladas más de carne muerta? Tres y veinticinco. Recojo las llaves del Audi A5 que me espera en la esquina sur del edificio. Aprendí a relativizar mi vida en el momento en el que este mundo comenzó a desmoronarse. Todo es por su culpa. Soy un enviado, un enviado, un enviado. Y las víctimas serán el ribete ceñido que oprima a estos pueblos destartalados, el acicate que despierte a las almas furibundas que vagan marginadas en cualquier rincón despreciable de este mugriento progresismo. Tres y media. Qué fácil ha sido. Qué sencillo resulta cautivar las emociones de cuatro guardias mal parados en un país de felicidad transgénica. Soy un amo del universo. Y muy pronto quedará demostrado. No es factible meterse con quien no tiene nada que perder. Y mucho menos con aquellos que no estamos locos, que permanecemos totalmente cuerdos y a los que no se nos puede achacar delirio mental alguno, porque somos conscientes en todo momento de nuestros actos. El hombre es un lobo para el hombre, y se conoce que ustedes no saben con certeza a qué son capaces de llegar ciertos lobos.

          Me llamo Anders Breivik. Tengo 62 años, y hoy por fin, vuelvo a ser libre. Mientras vosotros permanecéis ajenos a lo que sucede a vuestro alrededor, mientras los jóvenes seguís sin saber leer entre líneas, mientras los adultos continuáis dando palos de ciego, y mientras los experimentados seguís sin jubilaros... Yo sigo aquí. Después de treinta años encarcelado como un perro, vuelvo para retomar lo que el mundo parece haber olvidado.

         Que no sea necesaria otra masacre para darnos cuenta del mundo en el que vivimos. Que no sea necesario que otro Breivik oculto en cualquier chalet de la costa, en cualquier antro, en cualquier piso convencional, que vuelva a actuar para demostrar lo indemostrable. O lo demostrable. Que es lo deplorable de la raza humana. Nacimos como personas, no como lobos. Seamos la generación de NI-NI's que seamos, demostremos que Hobbes no tenía razón. Que tenemos el valor y la iniciativa para poner un bozal a aquellos que no sean capaces de respetar la primera letra de un derecho, de un valor humano. Yo no quiero seguir viviendo en un mundo lleno de SIDA moral en el que ni siquiera sabemos cómo movernos porque no somos capaces de dominarnos a nosotros mismos. Domina tus ideas, no dejes que te dominen a ti. Porque los que se creen titanes, no aspiran a más que la mediocridad vagabunda a la que desgraciadamente, asistimos todos los días en los medios. Mi mundo no es este. Mi mundo es libre, y mi libertad termina cuando empieza la tuya.

viernes, 15 de julio de 2011

Currículum Vitae

Mi nombre es Ana Esther Méndez. No sé cómo hacer un currículum vitae porque nunca me enseñaron a hacer cosas que se saliesen de los contenidos del examen. Aprendí a redactar comentarios de texto siete meses antes del examen de Selectividad. Lo mío fue un embarazo prematuro, y el niño casualmente nació con cuatro patas y medio coherente. Tengo 18 años, pero 18 años y tres cuartos. En agosto cumpliré 19 años. Me gusta matizar lo de los tres cuartos porque a lo mejor de este modo, usted me tiene más en cuenta. Aunque probablemente ya haya roto este pliego, pero continúo contándole la historia de mi vida profesional.

Estudié infantil en el colegio Virgen Blanca, fui experta en pegar gommets en frentes ajenas  e hice un máster en colocar pinturas de Plastidecor en cajas de mantequilla reutilizadas mientras me pillaban los dedos con la puerta del armario cada vez que iba a guardarlas. En primero de infantil me gradué en artes plásticas por el libro “Kiwi”, en segundo por “Fresa”, y en tercero por “Melón”. Una vez superada esta ardua etapa de siestas reprimidas por la risa cómplice con el más cabroncete de clase, de bailes después del sueño con canciones de los Pitufos en los que siempre bailé sola y sin que nadie me pisase ni me diese mordisco alguno en la sien, decidí ampliar mis horizontes y me matriculé en Primaria. En primero aprendí a leer gracias a Manolito Gafotas y a la Bragas Sucias, y conseguí dar tantas patadas por segundo a aquellos que me caían mal o que, simplemente se ponían delante de mí, como canciones de mierda escribía Sergio Dálmata. En tercero de primaria obtuve mi primera dirección de correo electrónico, y entré por primera vez al chat de ya.com con mi padre, desde entonces, siempre usé el nick de “delgadita2.000…” y el número que siguiese según el año que tocase. A lo largo del tiempo logré perfeccionar mis habilidades, y en quinto de primaria ya era capaz de arrancarle la cabeza a la Barbie fea, de conseguir el diploma de la clase en honor a aquel que más libros de Barco de Vapor leyese, y de hacer mi primera colección de cromos de Digimon a costa de los que me regalaban los demás. Poco a poco, en sexto de primaria, descubrí que me estaba haciendo mayor, ya era de los molones de primaria, y el mundo se me quedaba tan pequeño como las camisetas, que ya empezaban a encoger solas.  Cuando pasé a la ESO me di cuenta de que las pulgas de primero éramos como un enorme saco de excrementos. Útiles para abonar en tiempos de crisis, pero que dan olor si se tienen mucho tiempo almacenados. Aprendí a enamorarme en cuarenta y tres milésimas de segundo, a odiar a los de segundo y tercero, a desear tener quince años… Y cuando tuve quince años, me di cuenta de que el saco de excrementos era ahora un saco de piedras. No podíamos entrar a las discotecas, y nunca me dejaron quedarme más tiempo que nadie, el profesor del que estábamos enamoradas platónicamente empezaba a oler a putrefacción cotidiana, y me concentré en nuevas metas como asentar pilares tan importantes de mi vida como lo fueron Rebelde Way, RBD, Bisbal y la Super Pop. Pero en cuarto, algo cambió. Un día haciendo radiozapping me encontré con Sweet Child O’ mine de Guns and Roses y experimenté una catarsis más profunda que el Éxtasis de Santa Teresa. Me gradué en la ESO y solía pavonearme delante de los tripitidores que todavía seguían anclados en primero como si el Titanic nunca se hubiese hundido, restando emoción al colegio. Bachiller fue la Gran Guerra. La vida era dura, empezaba a despertarse el gusto por aprehender en algunos, y en otros el gusto por los porros. Había quien lo compaginaba poniendo cara de gilipollas fumao mientras el profesor daba los casos del “se”. En Bachiller… En Bachiller no aprendí más que a aprender por mí misma. El colegio nada me enseñó. Reuní fuerzas inconsistentes, para apuntarme a clases de alemán con un profesor medio fascista que daba aplausos de foca cuando su aventajado alumno de cuarenta y dos años respondía algo bien. Este año empecé primero de periodismo. Una carrera mala, bonita y cara, en una universidad que toma más el pelo que los locutores de la Parroquia del Monaguillo. ¿La carrera? La carrera está bien, poseo conocimientos de informática por lo que he aprendido en casa, y ¡ojo! Que sé encender, apagar el ordenador e incluso, introducir la contraseña sin equivocarme. No sé utilizar un procesador de textos porque ni siquiera sé cómo se escribe procesador. Google me ayuda a parecer una persona culta con sus traducciones ortográficas y de idiomas de calidad.

¿Experiencia laboral? Doblo calcetines del revés como nadie. Mis padres me avalan. No plancho, porque quemo la ropa, pero le hago unos tatuajes cojonudos a la plancha por la parte de abajo. No friego, porque la manicura francesa con tippex que me hago cada noche se iría al garete, y los típpex no están nada baratos. Tengo mucha imaginación y soy una persona muy versátil, cada vez que pongo la lavadora, la ropa me sale tan coloreada como mi mente, me encanta combinar todo en una explosión sensorial como lo son mis camisetas de The Bing Bang Theory. ¡¡BAZZINGA!!

Espero que le haya gustado mi currí-culo, y que me conceda el trabajo, ya que para mí sería un honor trabajar en Supermercados Día.

Un saludo.

martes, 28 de junio de 2011

Carta a mi asesino

          Me duele. Ya empieza a dolerme. La esquina de la mesa está destrozada. El borde por el cual me deslicé tiene aún muestras de tu impertérrita vanidad. Te crees que los que te rodean te idolatran, pero únicamente temen las represalias que puedan causar sus actos más ínfimos sobre tus aires exacerbados de fascista reprimido. ¿Por qué lo haces? ¿Es que temes perder algún día la guerra? ¿Buscas acumular fascículos de batallas vencidas para sopesar el fracaso en esta contienda fallida? No es tu guerra… ¿O es que acaso te aterra enfrentarte a ti mismo? A ese monstruo que hay dentro de ti. ¿Sabes? Un día te amé. Un día soleado de abril en el que sumergiste tus miedos y tus pretensiones bajo una capa de fingida cordialidad. Cuando el hurón entra en el refugio del conejo y este sale corriendo, está atrapado. Yo no temía por mi vida hasta que recibí mi primer golpe. Los siguientes fueron como las olas atlánticas que golpean contra las rocas ya desgastadas de Cabo Vilán, donde nos conocimos hace ya diez años… Diez años he soportado como una roca los ataques de tu mar de inseguridades. Diez años han generado mil arrugas en mi rostro por cada cosa que hice mal. Arrugas como fisuras de esas rocas que se despedazan y se hunden hacia el océano buscando un fondo que tocar. Tan solo mantengo la esperanza de poder terminar de escribirte este mensaje hueco, en una botella que surca un mar de lágrimas, sangre y miedos al que tú mismo pusiste nombre: Infierno. No me pesa por mí. Me pesa por él. Me reprocharás mis silencios, yo te reprocho la hipocresía de los lunes, la de los martes y la de los jueves cuando traías a esas mujeres a casa y les instabas a que me golpeasen. Siempre te gustó lo gore. Descuartizas mis sentimientos, degollaste mi vida desde el primer momento en el que me pusiste la mano encima. Supongo que estarás orgulloso de asemejarte a tus héroes baratos de motel de carretera. ¿He de sentirme orgullosa por ser la primera? Porque si es así, fulmina ese pensamiento en ese mismo instante. Siéntete lleno, acorde a tu plenitud, porque no has destruido una vida, si no dos. La mía y la de esta criatura que se gesta en mis entrañas desde hace poco más de un par de meses. Indígnate. Pretendes que te lo hubiese dicho para haber tenido así la excusa plena para acabar conmigo. Tal vez hubieses esperado a que mi hijo naciese, pero prefiero llevármelo conmigo antes de dejarlo en manos de mi asesino, que seguramente se convertiría en el suyo. No pretendo martirizarte, tan solo estoy escribiendo el testamento de mi alma, le estoy haciendo un favor hercúleo que mi corazón no se puede permitir a tu azorada personalidad. Pero qué importa. Acabas conmigo como lo harás con otros tantos. Valiente hijo de puta. Vive tu equilibrada vida, de desprecios y vejaciones, porque un día encontrarás la horna de tu zapato que te enganche por esos cojones de los que estás tan orgulloso y cortará uno por uno tus aires de amo del universo que te han llevado a transformarte en una bestia inhumana. Ni siquiera ser, ya no mereces ese apelativo. Vive tu vida con tranquilidad, porque la mía, la nuestra se apaga. ¿Sabes cómo iba a llamarle? Tal vez Nicolás, como su padre. Porque ni siquiera tuviste los huevos de fecundar a tu propia mujer, y tuviste que personificarte en tu mejor amigo para hacerlo. A él al fin y al cabo, no le odio. No le guardo rencor. Violar o morir no son opciones. El egoísmo vacío que puebla su vida lo hizo posible. Solo me queda odiarte a ti, y ni siquiera te odio porque hace tiempo que no te veo, no te siento, no te escucho. Has conseguido desaparecer de mi mundo como la primavera. Y por fin me has dejado ser libre. Ahora me deslizo sobre esta silla en la que un día me pediste matrimonio para darte la enhorabuena. Para decirte, que nunca tendrás el valor suficiente para enfrentarte a ti mismo. Para decirte, que nunca te tuve miedo. Callar no es temer. Y una persona que justifica sus actos a través de golpes, no es digno de pánico alguno. Respira ahora, toma el aire que te dejo. Porque por fin, soy libre. Más de lo que nunca he sido. Por fin, el pájaro venció al león. Por fin empiezas a pudrirte en tu propio infierno.  
      
Atentamente,


                              Tu mujer

miércoles, 15 de junio de 2011

Una historia de la leche

          El Principito se desliza entre mis manos. Lo dejo en la estantería suavemente mientras me reclino para darle un último aliento de despedida semanal. “Ahora está creciendo”-pensé- “Los niños mientras duermen crecen una barbaridad”. Qué mayor se está haciendo. Parece que fue ayer cuando todavía era una bolita recién salida del horno. Mi Patatita duerme plácidamente entre suspiros y sábanas de Cars. Es tan adorable… No quiero ni puedo dejarle aquí. Ni mucho menos en manos de ella. Pero si me lo llevo estaría secuestrando a mi propio hijo. ¿Secuestrando? Qué digo. Es mi hijo. Y seguramente hasta le hiciese alguna “pedorreta” a su madre al salir por la puerta abrazado a mí. Y a su estúpido marido. Les odia casi tanto como lo hice yo cuando me dio por explorar el backstage de mi vida. Entre bastidores no había nada que no oliese a traición. Esa mala mujer acabó con mi vida y con mis expectativas. Ahora vivo solo, en un cuartucho que apenas puedo pagar y ahogándome en deudas. Le dejo en la encimera el sobre con algo de dinero extra por si el pequeño vuelve a necesitar antibióticos. Ella ni siquiera está en casa. Podría quedarme con Pablo… Con mi hijo, mi pobre hijo. Abandonado en un piso de casi doscientos metros cuadrados del que he pagado más de la mitad, en pleno centro de Madrid y sin un beso de buenas noches de una furcia que más bien podría morirse. Pero para el juez siempre he sido el malo. El alzamiento de la voz ahora se considera agresión. Y mi hijo sigue agonizando día tras día aún sin saberlo. El cáncer se lo lleva de la mano de forma tan delicada, que ni siquiera él lo sabe. Y a mí me llevará con él. Así es la vida, así es mi vida. Mi madre siempre me advirtió. Ella sería el Anticristo de mi vida. Dicen que las suegras y las nueras nunca se llevan bien. Por eso no lo supe ver. Pero el condicional se hizo carne. Resultaba tan evidente… Mi vida. Si alguna vez la tuve ya no la recuerdo. Ya no recuerdo qué es vivir. El alcohol ahoga mis dudas y mis miedos. El alcohol me proporcionará las fuerzas necesarias para reunirme con mi hijo cuando no tenga el valor de comprar el billete hacia la libertad. Ni siquiera puedo odiarla. Vago por el mundo sin sentido, sin ubicación, hace tiempo que no pretendo ir a ninguna parte. Mi brillante carrera quedó precintada el día que me metí la primera raya. A veces Pablo me pregunta que por qué no duermo. Mis ojeras delatan algo que a un niño de nueve años ya no se le puede ocultar. Y mientras tanto, la vida sigue… Esta tarde mi pequeño me ha dicho que de mayor quiere ser como Javier. Javier es el nuevo marido de Marta, mi ex mujer. Que por mucho que le odie quiere llegar a trabajar en lo que él trabaja para poder ganarle y llevarme con él cuando tenga mucho dinero. Javier es concejal en el Ayuntamiento. No me atrevo a decirle que por mucho que estudie y se aplique, lo que ese hombre ha conseguido lo tiene gracias a todas las mujeres que, como su madre, han desfilado por las negras sábanas de su cama. Y algunas ni eso. No me atrevo a decirle que su madre terminará por ser una secretaria de bajos más y que perderá su cargo tal y como hicieron muchas otras después de haber firmado con el propio diablo un pacto en el que vendieron el poco alma que les quedaba. Le he dicho que la vida de esas personas está podrida, que desfilan por un cuadrilátero vacío en busca de victoria amañada. Mi atrofiado cerebro solo me ha servido para relatarle una historia cuando me ha lanzado la pregunta de por qué ese tipo de personas se destruyen unas a otras como en el juego del Tekken.

         “Verás, Pablo. Sucede que la vida en este país es como un supermercado. Te gusta la leche, ¿verdad? Pues bien. Hace muchos años, cuando tus abuelos eran jóvenes, un poco mayores que tú, se abrió un supermercado en el que se empezó a vender leche. La leche ya existía, por supuesto, pero no se comercializaba de aquella forma. Era todo nuevo. Existían dos tipos de leche, entera –como la que bebes tú- y desnatada –como la que bebo yo-. Hasta aquel entonces solo se podía beber leche entera, y estaba mal visto que alguien bebiese leche desnatada porque según los “enteros” no era buena para la salud. Los “desnatados” pensaban igual que los “enteros”, y en otros países dominaban ellos de igual modo, pero en este país no podían manifestarse como tal porque como la leche que bebían era mala, les pasaban cosas malas. Se morían o se iban del país o se recluían en cárceles. Tus abuelos eran muy dispares. Uno bebió leche entera y alcanzó la gloria, y otro bebió desnatada y ahora vive en Cuba porque allí la desnatada está más rica. Con el paso de los años se mantuvieron estas dos leches, hasta que un hombre que venía de Ávila –donde os llevaron de excursión en mayo- trajo una novedosa leche semidesnatada. Incluía lo mejor de ambas, o eso pretendía. ¿Por qué esta nueva leche? Porque las otras dos eran demasiado ácidas. Demasiado opuestas, aunque verdaderas en su composición. Te decían que tenían tantas calorías –eso que engorda y que hace que crezcas mucho- y las tenían. Este señor quería una leche con menos calorías pero que incluyese los beneficios también de la entera. Y así fue. Y en los supermercados todo cambió. Los enteros y los desnatados se hicieron más transigentes. Tanto, que con el paso de los años llegaron las mejoras, pero también los inconvenientes. Perdían su composición. Decían que seguían fabricándose a base de lo mismo que antaño, pero los niños como tú se ponían malitos al beberla. Todo se contradecía. La leche semidesnatada seguía ahí, pero ya nadie le prestaba tanto caso porque la entera y la desnatada se enfrentaban en una tediosa disputa acerca de los falsos ingredientes del otro. Se creó la leche de soja, la de calcio… Pero solo las bebían los hippies y los modernos, y algún que otro alternativo. Y a día de hoy, en el supermercado la leche entera y la desnatada son las predominantes, con altibajos en la semidesnatada, pero nada importante. Lo peor de todo es que la vida sigue igual. La gente no tiene dinero para comprar leche, y los que lo tienen no lo saben pero… Están bebiendo leche cortada”.

jueves, 28 de abril de 2011

Historias de juguete

« Nubes. Nubes blancas. Nubes esponjosas. Nubes de azúcar. Nubes de algodón. Algodón de azúcar… mmm… Nubes. Nubes chilenas, keniatas y tibetanas. Tíbet… Recuerdo el Tíbet. Tenía mesetas (¿eran mesetas?). Bah, no lo sé. Ya no lo recuerdo. ¡Acabo de venir volando! ¡Oh! Ahora estoy en un parque de atracciones… Mira ese niño… ¿Qué lleva, un perrito? Ah, sí… Creo que lo he visto, creo que… sí, es un perrito. Es ese tan famoso que anuncian en Navidad… ¿un perro de juguete que hace pis por las esquinas? No, ese no. Ni siquiera comprendo bien ese anuncio… No, debe de ser otro, otro… Sí, ese naranja que siempre va con Mickey Mouse, ¿de qué me suena? ¿Un ratón que tiene un perro? Quién entiende a los niños… Pero yo fui niño… ¿Cómo es posible que me inculcaran una infancia tan poco consistente? No, conmigo no lo hicieron. Con Espinete (¿Era Espinete?) era todo más sencillo. Pero ahora… ¿Un Gormiti? ¿Qué es eso? No, definitivamente no entiendo nada… Yo no pertenezco a la generación del palillo táctil. A mí el único palillo que me gusta es el del bar con mis amigos. Unas buenas bravas… mmm… ¿Palillo? ¿O era puntero? Para la mierda de cachivaches que crean ahora… ¿Tablets? ¿Pero qué coño…? Definitivamente sí, el niño lleva en sus manos al perrito de Mickey Mouse. “Encantador”, diría mi madre. “Entrañable. Adorable”. Qué imagen tan inocua. Yo más bien diría… “Pues vaya, prefiero al jodido Espinete”. Mira su padre, se acerca, pero se lo lleva en brazos. Caray, no pensé que estos extranjeros fueran tan negados para la diversión, y más aún cuando se trata de la de su hijo. Pero, ¿qué pasa? ¿Una alarma? ¿Una sirena? Eso no parecen los coches de choque. Nadie ha hecho pleno en la diana. El payaso tampoco ha hecho ninguna de sus gilipolleces, aquella señora gorda no puede haber gritado… ¿Qué ocurre? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué gritan ahora? Lo que dicen… ¡Espera! ¡¿Bomba?! ¿Han dicho bomba? ¡¡Madre de Dios!! ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿¿QUÉ…?? »

BEP. BEEP. BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEP.

Puto despertador. Pero hoy me has salvado. ¡Uf! Las cinco y veinte de… ¿la madrugada? Voy a la ducha. No han puesto ni las calles, decían por ahí. Pero es que a estas horas no me han fabricado ni a mí. Ni pienso, luego ni existo. “Hola cariño…” Qué mierda es esta que ni siquiera le puedo dar un beso a mi mujer sin que me suelte un guantazo. Al menos ella puede dormir. Maldito el día en que opté por esto. “¡Oh, la profesión de la inspiración, lo más bello que existe! ¡No te quejes, suertudo! ¡Qué eres, un alternativo?” Jodidas macetas de oficina. Al menos no tengo que pelear por obtener la medalla al mayor lameculos de la empresa peleando contra el cactus de la mesa de al lado. Ni tengo oficina, ni despacho, ni sinónimo. Ni cactus, ni cardo, ni mosca cojonera que me mire desafiante desde la mesa contigua, ni jefe de cactus. Por no tener, no tengo ni nombre. “¡Eh, número 3!” Este se cree que ha salido de una jodida película de aviación y yo me creo el jodido Al Capone. Mi jefe no es un simple gilipollas. Llegó a la “s” y dio media vuelta para volver a empezar. Él mismo reconoce que es un “gilipollas, gilipollas, gilipollas”. Que a tu jefe le ponga que le insultes es el punto que promulga el suicidio del trabajador, ya no puedes insultarle. No puedes matarle, secuestrarle, darle una paliza, rayar su A5, o mismamente los testículos. Los tiene de acero. Y no puedes. Manda huevos con los huevones. De tanto pensar en ellos el champú se me ha pegado a las ideas, o más bien al pelo. ¡Oh, vaya, eso significa que ya vuelvo a existir! Qué asco. Repulsivo. Es una sensación que me recuerda a la mierda de mi vida. Se acabó la ducha. Vamos a desayunar. Digo vamos, tú, yo, y mi factura del agua. A este paso la tendré que utilizar para taparme por la noche en mi mansión de deudas. Es victoriana, del XIX, porque mi nómina y mi vida pertenecen al Santander. Elisa sigue dormida. Y pensar que no le he contado nada de esto… Es mejor así. Ella es un seto de oficina al que su capullo de al lado se intentó ligar. A ese sí que me habría gustado romperle la cara. Suerte que un par de semanas más tarde de la quinta encerrona, conseguimos la orden de alejamiento y lo enviaron a… Ah, sí. A Matapolculo del Duero.

Ni una mísera galleta. Solo quedan los cereales de David. Comerle los cereales a tu hijo de 6 años resulta el colmo de la amargura. Soy un puñetero amargado que viste unos vaqueros Levi’s del 89 y unas Adidas del año en que a Naranjito le hicieron la ecografía. Puaj. Si es que no puedo dar más asco, ¡joder!

BI – BIP.

Ese tendría que ser el sonido con el que me coche me recibiera. Sonido que es como un “¡Saludos, Mr. John, ¿Qué destino elegirá para hoy?” y no como el “Hola Juan. Termina pronto que me estoy quedando en las últimas de gasolina”. Un Renault viejo. No me ofrece ni dirección asistida. Lloro. Lloro mucho. “Vida bohemia”. Hay que joderse. En fin. Pongámonos en marcha. Próximo destino: El Infierno Bohemio.

Vaya. Ni un saludo. Ni siquiera un “¡ponte a trabajar!”. Tiene mala cara. Ahí viene. Ya empieza. ¿Qué diferencia hay entre esto y lamer traseros? Que sin duda esto es más deplorable. Debería estar penado por la ley. Estoy seguro. Jodido cabronazo. Aaaaa-boooooo-gaaaaaaaa-dooooooo. Tócate un pie. No hace sus revisiones y ahora me toca a mí hacer el trabajo sucio. Limpiar traseros es más digno que esto. A mí me quedan las manos llenas de mierda todos los días. Vamos allá. Otra vez al parque. A aceptar información de mierda de un gilipollas de 14 años solo porque tengo un playmobil por jefe, pero más feo. ¡¡Un crío de 14 años!! Que vive mejor que yo, hijo del alcalde, con una paga media de 100 euros a la semana… Y tengo que ir a “ofrecerle” 200 euros por asegurarme de que me “conceda” “algo” “confidencial” que destape los chanchullos de su padre. Menuda pieza. Son iguales. Y yo, de conejillo de indias a pasar el trapo por un imberbe trasero de 14 años (¡¡De 14!!). ¿Para qué?

Me preguntan que por qué… Pues veréis… Para que me paguen 700 euros al mes por unas “noticias” que tengo que “conseguir” en diez minutos (después de que el playmobil destroce mi trabajo Decente que me ha llevado toda la noche), teniendo un contrato que lo conocen los gamusinos y que está hecho del mismo material que las nuevas bolsas biodegradables, sin poder preguntar o inquirir a mi entrevistado (¡¡de 14 años!!), resumiendo lo más escuetamente posible para que pueda comprenderlo un crío de 6 años como mi hijo, sin contrastar, y pasando por una censura feroz de mi playmobil.

Esa es la vida. Así es el mundo. Así es este país. La censura en la democracia. Penoso. Y todo ello después de haberme licenciado en una de las universidades privadas más prestigiosas del país. Después de que mis padres hipotecaran su vida por un sueño infructuoso, irrisorio y banal. Después de no poder ni comprar un piso, ni un coche con aire acondicionado en el que David, Elisa y yo podamos ir de vacaciones a la esquina. Después de no ser capaz de hacer frente a las facturas, de no poder tomar un mísero café, de no poder comprarle unas galletas de chocolate a mi hijo para merendar… Después de haberme privado del desayuno durante tres semanas para poder regalarle una rosa a mi mujer por su cumpleaños. Ahora dicen que aumenta el precio de la vida. Yo tendré que morir…

Vivimos en un país bananero. Y nunca me han gustado los plátanos.


Fdo. Un periodista sin pasado ni presente. Y del futuro mejor ni hablamos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Pregúnta(me), retórica

Levantarse por la mañana y descubrir la gran pregunta. Qué hacer con tu vida. La incertidumbre acompañada de un tremendo pesar que te señala con dedo intimidante y acusador haciéndote sentir culpable. Muy culpable. Y es cuando la simplicidad de la vida evoluciona hacia un dramatismo enredado que tú mismo has tejido sin haberlo previsto. Como si te gustara el masoquismo psicológico. ¿El ser humano es capaz de entrelazar tanta telaraña para autofustigarse? Sí. Rotundamente. Somos sujetos melancólicos, vivimos en un profundo sótano de cautividad en el que intentamos trepar a gatas y a tientas hacia la planta baja para evitar que la tierra nos consuma. Y que nosotros nos sumamos con ella. En una ocasión alguien dijo que somos muertos en vida, deambulando por un puente de ilusiones en el que de vez en cuando se resquebraja alguna tabla y comprobamos peligrosamente la vertiginosidad del vacío. Hay momentos en los que estamos sujetos permanentemente a ese vacío por nuestros miedos. Probablemente infundados, seguramente sin argumentación alguna que los sustente. Pero existen y no podemos obviarlos.

Existe aquel tipo de personas aparentemente ajenas al miedo, a la dubitación y a lo sensible. Personas aparentemente frívolas, sensatas y realistas. Inocuos a ellos mismos. Creo que jamás llegaré a entender cómo se puede llegar hacia ese punto de inflexión, de pasotismo. La melancolía no se puede ocultar de manera tan sincera. Francamente, me cuesta llegar a creer que esa gente sea ajena a todo esto. A esa pregunta retórica que consume las ganas de seguir luchando por nada. A esas dudas que hacen que un día, de repente y sin previo aviso, te encante ser asocial. Te apasione huir de los demás por el miedo a no estar preparado para sobrellevar cualquier tipo de relación humana. Y renace aquel sentimiento de agobio que ya habías sufrido en tus propias carnes tiempo ha, y que te había producido una intensa repugnancia.

En el fondo la vida no es más que un ciclo de golpes. Golpes cada vez más grandes. Tú me empujas a mí, yo te golpeo a ti, tú le machacas a él, y él le da una paliza al siguiente. Y todo eso por el no saber qué hacer con tu vida. Lo tienes todo, y no tienes nada. Y entonces te reconcome la idea de por qué coño no ser justo en esos momentos un libro abierto y dejar que los demás comprueben lo que quieres expresar. Eso que el maldito nudo de neuronas cerebrales no te deja soltar porque se ha colapsado. Eso que quisieras decirle a esa persona que piensa que la has olvidado, o a esa otra que te mira pero que realmente no te ve, o a esa, que sigue tus pasos día a día… O a esa que se te escapa dolorosamente… Ni siquiera tienes una explicación para ti mismo. Ni siquiera puedes autojustificar lo que estás haciendo. Eso te consume. Y es en ese momento cuando necesitas a todos, cuando no necesitas a nadie.

Ana Esther

lunes, 24 de enero de 2011

Zodíaco

        Todo el mundo conoce su signo del zodiaco. Mamá conocía el suyo. Era Géminis y como tal sabía adaptarse a cualquier situación. Siempre mantuvo al margen sus emociones y mostraba una serenidad fingida que todos parecían creer. Una sonrisa inmutable se instaló en su pálido rostro desde el primer momento en el que comenzó el infierno. Los Caídos –así los llamaba ella- tenían más fuerza de voluntad que nosotros. Tendidos en aquellos camastros solitarios fueron capaces de superar su agonía en silencio, encerrando bajo llave y cerrojo aquellas lágrimas que clamaban libertad.
        Mi mamá era muy bonita, vestía para cada ocasión. Azul, si el día era claro; verde, si se acercaban los niños de la planta tres a jugar con ellos; amarillo, en épocas de festividades o en nuestros cumpleaños; y rojo, para los momentos de cambio. Siempre aseguró que cada vez que vistiera de rojo sería para celebrar un nuevo comienzo, una nueva oportunidad que tal vez le brindara aquella nueva medicina. Pero yo sé que no es así. Vestía de rojo porque estaba asustada. Rojo como el río de sangre enferma y mutilada que recorría sus venas y la devoraba poco a poco. O azul, cuando no soportaba la tristeza de su alma vacía e intentaba plasmar sus pocas esperanzas en aquella bata celeste… Verde, para calmar aquella sensación de horror que le hacía sucumbir frente a los médicos uniformados, esos que la contemplaban como aquel que observa un libro en blanco y sin sentido… De amarillo, en cambio, vestía en los días de terapia, o cuando la visitábamos, intentando plasmar una alegría difusa sobre nuestros ojos, una alegría que cubriera aquel bastidor de quemaduras, extenuación y pesadumbre. Estuvo cansada. Pero jamás desistió. Mi mamá era una mujer muy fuerte. Soportó lo que muchos se han negado a escuchar, lo que a oídos de los demás representa rechazo, oscuridad y secreto. Aquellas largas horas de hospital no la hacían fuerte, la asesinaban poco a poco. Ella lo sabía, y se mantenía impasible. Siempre supo aprovechar cada instante en aquella cama, cada segundo en nuestra compañía.
        Hoy he abierto este diario, trece años después. Hoy he tenido el valor para leer todo aquello que mi madre sentía y plasmaba día a día en cada folio de este desgastado cuaderno. Para abrir los ojos frente a aquel estoico valor que poblaba su corazón. Me avergüenza no haberte visto antes, madre. Me avergüenza carecer de aquel valor que no heredé. Y me frustra no poder acordarme ni siquiera de tu rostro, de tus facciones, de tu sonrisa. De aquellos besos sonoros que cada instante me dabas mientras me mecías entre tus brazos. Me frustra no haberme dado cuenta de tu sufrimiento. No haber podido decirte lo que te echaba, te echo, y te echaré de menos. Y sobre todo, me horroriza haberme enterado por este diario. Pero yo, soy Virgo.

        Ana Esther

lunes, 17 de enero de 2011

Memorias de un alma bohemia

Brumas. Lluvia. Ventisca que azota mi cara. Aceras mojadas. Hojas secas. Flores marchitas. Pájaros mudos. Aciago día. Eterna noche. Sonoras pisadas. Viajeros anónimos. Abstraídos hombres. Cabizbajos. Piensan. Uno alza la vista. Me ha descubierto. Se detiene, pesado. Coloca su maletín de cuero negro en el suelo, mezclándose con los olores que el asfalto mojado desprende. No le veo los ojos. Quedan ocultos tras unas grandes lentes oscuras. Parecen tintadas. Puedo adivinar su mirar. Me contempla. Segundos que se hacen horas. Horas que se hacen milenios. Milenios que se transforman en instantes. Tic tac. Tic tac. Su Viceroy de cuero desgastado reclama atención. Pero él lo ignora. Sigue observándome. Una gota de lluvia resbala por mi frente, como un trocito de cristal que me ilumina el rostro. Él sigue ahí. Parado, como un mimo en el Retiro. Las gafas se le han empañado. Se cerciora de ello y se las quita. Sus ojos expresan todo aquello que su boca no se atreve a pronunciar. Recelo. Miedo. Y alcanzo a descubrir atisbos de amargura. Siento dolor. Furia. Irritación. E indiferencia. Retrocede. Y se va. Tal y como llegó. Aunque con una insignificante diferencia. Esta vez camina a grandes zancadas. Como si algo le molestara. Ha cruzado el parque central. Ya no distingo su figura.

La campana de la iglesia cercana señala las diez. No necesito un Viceroy, pienso. Recojo algunos cartones desperdigados entre los baldosines oscuros. Me incorporo. Me dirijo hacia el contenedor más cercano. Hoy soy un tipo con suerte. Sobresale una pequeña manta raída de bebé entre las bolsas de Mercadona. Vuelvo a mi rincón. Escondo mi preciado regalo entre el resto de mis posesiones y me las echo al hombro. Toca mudanza. A ningún lugar. Soy un pirata. Me dejo llevar por las hermosas sirenas de las ambulancias. O por el devenir de los de a pie. Las sombras descienden. Me acorralan. Es hora de buscar mi nuevo hogar. Mañana es Nochebuena. Mañana será otro día, pienso. Otro interminable e insulso día durmiendo en algún callejón perdido en la inmensidad de esta ciudad fantasmal. Y mañana será mi tricentésima noche en la calle. Pero no me preocupa. Soy un poeta de la calle. Un cantautor de amaneceres. Llevo este pequeño cuadernito en el que anoto todo, en la memoria. No pido nada. No quiero amor, ni dinero, salud me sobra. Tan solo espero poder ver la luz del sol una vez más. Y que esta lúgubre y gélida oscuridad no termine por destruirme.

Ana Esther

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Métodos pro-inspirativos

      Hace un par de días escuché hablar a Luis Piedrahita sobre la forma de inspirarse que llevaba a cabo para realizar un monólogo. Comentaba que días atrás se había quedado ensimismado observando unos tubitos que se encuentran debajo del inodoro y cuya forma es similar a la de aquellas herramientas que emplea el ser humano en situaciones de tremenda agonía cuando el laxante no es suficiente. Dicho en plata -aunque creo que el término que voy a citar a continuación más bien podría ser el eufemismo, y lo anterior, la definición más cochambrosa de este elemento-, un supositorio. Más tarde, comenzó a hablar de su último libro y del candor que desprendía. Pero ni tenía sintonizada la parabólica, ni poseía siquiera antena en aquel momento. Yo me quedé en aquello de las inspiraciones  “retretiles” -cómo me apasiona inventar palabros- o, por qué no, en los “númenes menores”.
      No me apasiona especialmente el mundo del excusado, pero sí lo que Piedrahita quiso expresar con aquel curioso razonamiento. La inspiración llega cuando menos se la espera. Quizá un día te despiertas sobresaltado y las palabras brotan de repente, como por arte de magia. Y es que la inspiración podría decirse que está compuesta, en cierto modo, por magia. Esa magia de Piedrahita por llevar a cabo lo aparentemente inexplicable, la magia de cautivar los sentidos, de cautivar al espectador. Están íntimamente relacionadas, magia e inspiración. Por ello este joven “mago” domina ambos artes –me declaro seguidora acérrima de dicho personajuelo-  y resulta tan aclamado. Quién sabe, puede que ese halo de ideas le sobrecogiera en algún momento de su desconocido pasado en su inodoro y le hiciera recapacitar acerca de su futuro. Tal vez por ello no protagonizó Harry Potter y fue un retraído más de la saga, dejando como único atisbo de su frustrado paso por la gran pantalla su parecido razonable con el protagonista. Podría ser…
      La inspiración, es beneficiosa si sabes aprovecharla, Piedrahitano. Y qué cierto es que aparece de repente. Es la una de la mañana y me he puesto a pensar en supositorios. O estoy inspirada, o estoy tarada.
       Ana Esther      

martes, 14 de diciembre de 2010

Bonjour mademoiselle!

Hoy he tenido un día de chiens de France. Ya me había resignado a marchitarme sutilmente en este cuartucho charro, creo que ya había comprendido que la excentricidad que ahora se convirtió en moda y el espíritu de cool girl no van conmigo.

Y me resigné a ser una tía común, que piensa cosas ñoñas, mantiene comportamientos excéntricos y es oyente asidua de los scorpions que da voces y saltos cuando escucha rock you like a hurricane . Pero está claro que cuando el diablo de arriba se viste de Prada, procura que tu día sea el más infeliz posible.

Siento haber sido la persona más fracasada que puebla la Pontificia. Pero supongo que a cualquiera puede sonarle tarde el despertador; casi perder una pashmina regalo de su santa madre por el camino a la facultad; entrar en sprint al edificio con un calor sofocante y un resbalón inminente; saber cinco segundos después que la clase no había empezado aún; tener ganas de darse cabezazos contra la pared; descubrir que has sacado la nota más baja de todo el sistema numérico que jamás habías conocido en persona en el instituto; tener que enfrentarte a esta calificación que te sonríe mientras te dice: "si te hubieras acordado de hacer un click para borrar tu estúpido careto del documento, yo estaría felizmente casada con un señor uno a mi izquierda."; pensar que has empleado veinte horas de tu feliz fin de semana en el santísimo trabajo y que ya te las puedes pasar por el forro; querer darse cabezazos contra la pared de nuevo; correr hacia el portal porque llegas tarde de nuevo; y con un elegante balanceo de muñeca perder el equilibrio y hacer que el móvil resbale sinuosamente hacia el piso, oyendo cómo cae y doliéndote los trescientos euros que gastaste para que su funeral sea tan insignificante, cuando siempre pensaste que acabaría siendo pasto de los chachos... Welcome to my life. Al menos antes guardaba el consuelo de que no podía ir peor, hasta que la maldita ley de Murphy asesinó vilmente mis expectativas. Solo espero que al menos, esta noche no sueñe con los nazgul, porque ya, era lo que me faltaba.

Ana Esther