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viernes, 15 de julio de 2011

Currículum Vitae

Mi nombre es Ana Esther Méndez. No sé cómo hacer un currículum vitae porque nunca me enseñaron a hacer cosas que se saliesen de los contenidos del examen. Aprendí a redactar comentarios de texto siete meses antes del examen de Selectividad. Lo mío fue un embarazo prematuro, y el niño casualmente nació con cuatro patas y medio coherente. Tengo 18 años, pero 18 años y tres cuartos. En agosto cumpliré 19 años. Me gusta matizar lo de los tres cuartos porque a lo mejor de este modo, usted me tiene más en cuenta. Aunque probablemente ya haya roto este pliego, pero continúo contándole la historia de mi vida profesional.

Estudié infantil en el colegio Virgen Blanca, fui experta en pegar gommets en frentes ajenas  e hice un máster en colocar pinturas de Plastidecor en cajas de mantequilla reutilizadas mientras me pillaban los dedos con la puerta del armario cada vez que iba a guardarlas. En primero de infantil me gradué en artes plásticas por el libro “Kiwi”, en segundo por “Fresa”, y en tercero por “Melón”. Una vez superada esta ardua etapa de siestas reprimidas por la risa cómplice con el más cabroncete de clase, de bailes después del sueño con canciones de los Pitufos en los que siempre bailé sola y sin que nadie me pisase ni me diese mordisco alguno en la sien, decidí ampliar mis horizontes y me matriculé en Primaria. En primero aprendí a leer gracias a Manolito Gafotas y a la Bragas Sucias, y conseguí dar tantas patadas por segundo a aquellos que me caían mal o que, simplemente se ponían delante de mí, como canciones de mierda escribía Sergio Dálmata. En tercero de primaria obtuve mi primera dirección de correo electrónico, y entré por primera vez al chat de ya.com con mi padre, desde entonces, siempre usé el nick de “delgadita2.000…” y el número que siguiese según el año que tocase. A lo largo del tiempo logré perfeccionar mis habilidades, y en quinto de primaria ya era capaz de arrancarle la cabeza a la Barbie fea, de conseguir el diploma de la clase en honor a aquel que más libros de Barco de Vapor leyese, y de hacer mi primera colección de cromos de Digimon a costa de los que me regalaban los demás. Poco a poco, en sexto de primaria, descubrí que me estaba haciendo mayor, ya era de los molones de primaria, y el mundo se me quedaba tan pequeño como las camisetas, que ya empezaban a encoger solas.  Cuando pasé a la ESO me di cuenta de que las pulgas de primero éramos como un enorme saco de excrementos. Útiles para abonar en tiempos de crisis, pero que dan olor si se tienen mucho tiempo almacenados. Aprendí a enamorarme en cuarenta y tres milésimas de segundo, a odiar a los de segundo y tercero, a desear tener quince años… Y cuando tuve quince años, me di cuenta de que el saco de excrementos era ahora un saco de piedras. No podíamos entrar a las discotecas, y nunca me dejaron quedarme más tiempo que nadie, el profesor del que estábamos enamoradas platónicamente empezaba a oler a putrefacción cotidiana, y me concentré en nuevas metas como asentar pilares tan importantes de mi vida como lo fueron Rebelde Way, RBD, Bisbal y la Super Pop. Pero en cuarto, algo cambió. Un día haciendo radiozapping me encontré con Sweet Child O’ mine de Guns and Roses y experimenté una catarsis más profunda que el Éxtasis de Santa Teresa. Me gradué en la ESO y solía pavonearme delante de los tripitidores que todavía seguían anclados en primero como si el Titanic nunca se hubiese hundido, restando emoción al colegio. Bachiller fue la Gran Guerra. La vida era dura, empezaba a despertarse el gusto por aprehender en algunos, y en otros el gusto por los porros. Había quien lo compaginaba poniendo cara de gilipollas fumao mientras el profesor daba los casos del “se”. En Bachiller… En Bachiller no aprendí más que a aprender por mí misma. El colegio nada me enseñó. Reuní fuerzas inconsistentes, para apuntarme a clases de alemán con un profesor medio fascista que daba aplausos de foca cuando su aventajado alumno de cuarenta y dos años respondía algo bien. Este año empecé primero de periodismo. Una carrera mala, bonita y cara, en una universidad que toma más el pelo que los locutores de la Parroquia del Monaguillo. ¿La carrera? La carrera está bien, poseo conocimientos de informática por lo que he aprendido en casa, y ¡ojo! Que sé encender, apagar el ordenador e incluso, introducir la contraseña sin equivocarme. No sé utilizar un procesador de textos porque ni siquiera sé cómo se escribe procesador. Google me ayuda a parecer una persona culta con sus traducciones ortográficas y de idiomas de calidad.

¿Experiencia laboral? Doblo calcetines del revés como nadie. Mis padres me avalan. No plancho, porque quemo la ropa, pero le hago unos tatuajes cojonudos a la plancha por la parte de abajo. No friego, porque la manicura francesa con tippex que me hago cada noche se iría al garete, y los típpex no están nada baratos. Tengo mucha imaginación y soy una persona muy versátil, cada vez que pongo la lavadora, la ropa me sale tan coloreada como mi mente, me encanta combinar todo en una explosión sensorial como lo son mis camisetas de The Bing Bang Theory. ¡¡BAZZINGA!!

Espero que le haya gustado mi currí-culo, y que me conceda el trabajo, ya que para mí sería un honor trabajar en Supermercados Día.

Un saludo.

lunes, 24 de enero de 2011

Zodíaco

        Todo el mundo conoce su signo del zodiaco. Mamá conocía el suyo. Era Géminis y como tal sabía adaptarse a cualquier situación. Siempre mantuvo al margen sus emociones y mostraba una serenidad fingida que todos parecían creer. Una sonrisa inmutable se instaló en su pálido rostro desde el primer momento en el que comenzó el infierno. Los Caídos –así los llamaba ella- tenían más fuerza de voluntad que nosotros. Tendidos en aquellos camastros solitarios fueron capaces de superar su agonía en silencio, encerrando bajo llave y cerrojo aquellas lágrimas que clamaban libertad.
        Mi mamá era muy bonita, vestía para cada ocasión. Azul, si el día era claro; verde, si se acercaban los niños de la planta tres a jugar con ellos; amarillo, en épocas de festividades o en nuestros cumpleaños; y rojo, para los momentos de cambio. Siempre aseguró que cada vez que vistiera de rojo sería para celebrar un nuevo comienzo, una nueva oportunidad que tal vez le brindara aquella nueva medicina. Pero yo sé que no es así. Vestía de rojo porque estaba asustada. Rojo como el río de sangre enferma y mutilada que recorría sus venas y la devoraba poco a poco. O azul, cuando no soportaba la tristeza de su alma vacía e intentaba plasmar sus pocas esperanzas en aquella bata celeste… Verde, para calmar aquella sensación de horror que le hacía sucumbir frente a los médicos uniformados, esos que la contemplaban como aquel que observa un libro en blanco y sin sentido… De amarillo, en cambio, vestía en los días de terapia, o cuando la visitábamos, intentando plasmar una alegría difusa sobre nuestros ojos, una alegría que cubriera aquel bastidor de quemaduras, extenuación y pesadumbre. Estuvo cansada. Pero jamás desistió. Mi mamá era una mujer muy fuerte. Soportó lo que muchos se han negado a escuchar, lo que a oídos de los demás representa rechazo, oscuridad y secreto. Aquellas largas horas de hospital no la hacían fuerte, la asesinaban poco a poco. Ella lo sabía, y se mantenía impasible. Siempre supo aprovechar cada instante en aquella cama, cada segundo en nuestra compañía.
        Hoy he abierto este diario, trece años después. Hoy he tenido el valor para leer todo aquello que mi madre sentía y plasmaba día a día en cada folio de este desgastado cuaderno. Para abrir los ojos frente a aquel estoico valor que poblaba su corazón. Me avergüenza no haberte visto antes, madre. Me avergüenza carecer de aquel valor que no heredé. Y me frustra no poder acordarme ni siquiera de tu rostro, de tus facciones, de tu sonrisa. De aquellos besos sonoros que cada instante me dabas mientras me mecías entre tus brazos. Me frustra no haberme dado cuenta de tu sufrimiento. No haber podido decirte lo que te echaba, te echo, y te echaré de menos. Y sobre todo, me horroriza haberme enterado por este diario. Pero yo, soy Virgo.

        Ana Esther

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Métodos pro-inspirativos

      Hace un par de días escuché hablar a Luis Piedrahita sobre la forma de inspirarse que llevaba a cabo para realizar un monólogo. Comentaba que días atrás se había quedado ensimismado observando unos tubitos que se encuentran debajo del inodoro y cuya forma es similar a la de aquellas herramientas que emplea el ser humano en situaciones de tremenda agonía cuando el laxante no es suficiente. Dicho en plata -aunque creo que el término que voy a citar a continuación más bien podría ser el eufemismo, y lo anterior, la definición más cochambrosa de este elemento-, un supositorio. Más tarde, comenzó a hablar de su último libro y del candor que desprendía. Pero ni tenía sintonizada la parabólica, ni poseía siquiera antena en aquel momento. Yo me quedé en aquello de las inspiraciones  “retretiles” -cómo me apasiona inventar palabros- o, por qué no, en los “númenes menores”.
      No me apasiona especialmente el mundo del excusado, pero sí lo que Piedrahita quiso expresar con aquel curioso razonamiento. La inspiración llega cuando menos se la espera. Quizá un día te despiertas sobresaltado y las palabras brotan de repente, como por arte de magia. Y es que la inspiración podría decirse que está compuesta, en cierto modo, por magia. Esa magia de Piedrahita por llevar a cabo lo aparentemente inexplicable, la magia de cautivar los sentidos, de cautivar al espectador. Están íntimamente relacionadas, magia e inspiración. Por ello este joven “mago” domina ambos artes –me declaro seguidora acérrima de dicho personajuelo-  y resulta tan aclamado. Quién sabe, puede que ese halo de ideas le sobrecogiera en algún momento de su desconocido pasado en su inodoro y le hiciera recapacitar acerca de su futuro. Tal vez por ello no protagonizó Harry Potter y fue un retraído más de la saga, dejando como único atisbo de su frustrado paso por la gran pantalla su parecido razonable con el protagonista. Podría ser…
      La inspiración, es beneficiosa si sabes aprovecharla, Piedrahitano. Y qué cierto es que aparece de repente. Es la una de la mañana y me he puesto a pensar en supositorios. O estoy inspirada, o estoy tarada.
       Ana Esther