Amanece en Angry Land.
Las primeras luces se infiltran
en la habitación, discretas y mudas, a través de los cristales del ventanal, reverberan
en el espejo de la habitación, y terminan sumiéndose en los cabellos de una
mujer que postrada, dormita plácidamente. De no ser por el sonido de su
respiración entrecortada, podría asegurar que está muerta. De vez en cuando se
mueve, girando sobre sí misma entre unas sábanas de algodón color caoba que
ahora mismo se deslizan peligrosamente hacia el precipicio de la cama. Sus pies
sobresalen varios centímetros del colchón, esperando que las zarpas de ese
monstruo infantil con el que tanto soñaba, se la lleven consigo hacia los bajos
más oscuros de la cama. La máscara de pestañas corrida por sus mejillas desvela
lágrimas secas que un día expresaron dolor. Hoy tan solo desesperanza.
Podría averiguar figuras entre
las formas de sus marcas. Se automutila, para que el daño que los demás puedan
hacerle no le cause más dolor del que ella es capaz de infligirse. Entre sus
manos ennegrecidas reposa un reproductor mp3 al que aún no se le ha acabado la
energía. Coldplay le canta a todas las cosas estúpidas que hizo. Singing out, oh I never meant
to cause you trouble. Oh, I never
meant to do you wrong. En
ocasiones le hubiese gustado evolucionar, ser diferente, pero terminó
apagándose como la bombilla de bajo consumo de la mesita. Fue una mujer muy
hermosa, radiante, esplendorosa, siempre con una sonrisa cruzada en la cara.
Parecía que aquel gesto era el hilo que articulaba todo su cuerpo. Nadie la
imaginó frágil, ténue, fútil. Su belleza le llevó a la perdición. Su entorno
comenzaba a verla como un pedazo de carne sin motivaciones ni conversación, una
cara agradable como muchas, que jamás llegaría a entender ciertas
conversaciones y a la que se le vetaban ciertos temas. Los hombres la tenían
por tonta. Corta, desequilibrada y estúpida. Era un aparente objeto de muchos,
pero propiedad de ninguno. Muchas veces se hacía la ignorante. Callaba y
asentía, guardando todo aquel rencor hacia quienes la pisoteaban. Con el tiempo
empezó a serenarse. Ya veía venir a todos y cada uno de los hombres, siempre
supo quién merecía la pena y quién no. Y cuando decir hasta aquí. Aprendió a
plantarse, a emplear las evasivas, a ser un poco perra, a ser paciente, a pedir
perdón y a perdonar. Pero nunca se perdonó a sí misma.
Nunca supo aceptarse.
Nunca se amó, ni se dirigió una palabra de afecto. Y terminó sobre un somier desgastado
en una habitación vacía. Tirada y tarada. Sin planes de futuro ni mayores
picardías. Abandonó su alma junto a un frasquito de cristal en lo alto de la
cómoda, se desprendió de todos sus recuerdos y regresó a su mundo de la Nada. Terminó
siendo lo que nunca quiso ser, un cuerpo vacío en el escombro de una vida.
Oh no, I never
meant to do you harm ...
Anochece en Angry Land. Las luces artificiales de la ciudad han
reemplazado a la cálida luna, que esta noche no saldrá. El reproductor se ha
apagado y la habitación ha enmudecido. Ya no se escucha suspiro alguno ni
respiración. Musarañas invisibles comienzan a tejer sus telas alrededor de un
cuerpo que sin vida, se extiende a lo largo de una cama. Las sábanas reposan en
el suelo. Han sabido bajar a tiempo de un tren que ha terminado descarrilando. Tan
solo un último movimiento perturba el sosiego de aquella habitación.
Un osado bote de
pastillas se desliza entre unos dedos que un día tuvieron una mejilla a la que
acariciar. Mientras se desploma por el suelo todo su contenido, una sonrisa
desgastada se dibuja en un rostro que jamás perdió la esperanza de volverse a
encontrar… Hasta exhalar su último suspiro.
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