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domingo, 7 de noviembre de 2010

Mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero...

Soy muy cría. Sí, estaba estudiando acompañada de mi (¿camarada? no, a tanto no llego) compañera de guerra, la Ambigüedad Lingüística (de hecho iba muy bien, y debería seguir estudiando), me ha sonado el móvil... y me he quedado atontada dejando que permaneciera sonando. Como comprenderás, dos minutos después... la trifulca monumental. "¿Por qué no lo cogías? ¡Sabías que iba a llamarte! Pero, ¿te pasa algo? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? Pero, ¿estás en casa? ¿Estabas dormida? ¿He molestado? ¡Te he avisado!" [Un amigo en todo su explendor neurótico al que le debo una (otra) disculpa muy grande. Aunque viendo el panorama, su neurosis es irrelevante...] "Perdona... perdona pero me he quedado dormida."
Me resultó tan absurdo que opté por no decírselo, aunque después lo leerá por aquí... Pero en cierto modo era verdad. Fue una especie de lapsus mental. "Perdona pero... he viajado a otro lugar durante estos cinco minutos..." No iba a decirle eso. Pero sí, fue justo lo que me pasó.
Es increíble lo que una melodía puede provocar en una persona. Eso... o la nocilla que he comido a cucharadas durante las últimas dos horas. Pero me imagino que mi metabolismo estará suficientemente "chocolatizado" como para no darme problemas respecto al tema. Es increíble, que una melodía me inspire del modo en que lo hace. Es solo una. Solo una. Eso... o que estoy empezando a desvariar. A veces lo pienso y digo... "Bah, ¡es ridículo! ¡Estoy peor de lo que pensaba!" En ocasiones me avergüenza. Pero luego recapacito... Y me decido a escribir. Corto con todo lo que tenía entre manos, acerco un folio... y lo que surja, surgió. Y lo subo aquí. Ya no me da vergüenza. Por un lado las personas que se fueran a reir de mí por ello, no creo que al ver tal testamento se decidieran a emplear más de un minuto en echarle un vistazo. Por otro lado, paso olímpicamente de lo que pueda pensar nadie. Y de todos modos, puede que alguien se sienta identificado. Puede que no sea tan rara como pienso en determinadas ocasiones de derrumbe.
Seguro que no eres tan superficial como para no pensarlo alguna vez. Cuando una melodía te hace vibrar, no puedes explicar lo que te ronda por la mente, lo que ronda tus sentidos en ese instante. Puedes vislumbrar los recuerdos más profundos de los que apenas tenías constancia. O puedes, como yo, pensar en cosas que ni siquiera o apenas conoces. Te sorprendería, saber lo que puedes sentir. La sacudida que produce en tu cuerpo esa sensación. No sé si será mejor que el sexo, pero me atrevería a decir que es la sensación más gratificante que puede experimentar una persona. Y por eso es tan difícil de alcanzar en su grado máximo. Para ello, hay que saber escuchar. Saber mirar dentro de aquello que no habla, aquello que, aparentemente, está inmóvil... aquello para lo que aparentemente, crees que no eres importante, aquello que está ahí, pero para lo que eres más grande... de lo que jamás habrías imaginado. Tener la mente abierta y... sentir. Las cosas tienen un trasfondo mucho más profundo de lo que aparentan, y un simple gesto de complicidad, una simple mirada, un simple mensaje... pueden ser mucho más importantes que cualquier otra cosa. Solo hay que abrir la mente... y dejarse llevar. ¡Ojo! Cuidado aquí los espabilados de turno, puede que diferamos del concepto "dejarse llevar". Como siempre, hay algún pardal cojo que, por suerte, se desvía del camino, y solo hace falta que encuentre otra "oveja negra" de otra manada. Ojalá hubiese más de este tipo... (soy una desviada -.-')
No, no me ha afectado el Año Nuevo hindú. Ni soy budista. Ni hablo de cosas extrañas, ni pertenezco a una secta. No he tomado sustancias estupefacientes. Creo no estar loca. Y creo tener la suficiente cordura como para decir esto. Lo que te digo está más cerca de lo que tú crees, y a la vez lejos... "Tan cerca pero tan lejos", aquella típica frase-de-foto-cursi-tuenti-de-zagal-imberbe-y-sin-cerebro... a lo mejor tiene más trasfondo de lo que aparentemente representa. ¿Qué ves? Un cani en una foto, con frases como esta o "lo eres todo para mí". Frases lanzadas al vacío. Frases que no saben lo que representan, frases que han sido utilizadas para hacer más atractiva una fotografía incomible, impepinable. Reconozco que en ocasiones puede que sea muy cursi, pero... ¿acaso no lo has pensado alguna vez? Tan cerca pero tan lejos... seguramente te haya venido a la mente en más de una ocasión e instantáneamente la hayas aniquilado por su significado "cutre-tuentil".
Las cosas que se dicen sin intensidad, sin sentirlas, sin razón, o por cumplir, son como la comida de una cárcel. ¿Qué diferencia hay con la comida de un restaurante? Piénsalo bien...
Puede que todo esto que diga son meras pamplinas... o puede que mirando en mi interior realmente haya conseguido indagar un poco más dentro de ti, sacar algo tuyo. Y eso es lo que te hace ser la persona más especial del mundo. Al menos para mí. Y fíjate si soy ridícula que ni siquiera sé con quién estoy hablando. Pero estoy segura de que estás ahí, al otro lado de la pantalla. Y no sé si a ti, como a mí, te estará latiendo el corazón cada vez más deprisa. Si no es así, seguramente en menos de cinco minutos deba ir a hacerme un chequeo, tengo una subida de azúcar. Por si acaso, por hoy lo dejo aquí. No sé si me he explayado demasiado. Pero es que esta canción... me recuerda a ti. A alguien. A... no sé. No sé a quién. Love will keep us alive. Perdona pero... me inspiré.
Ana Esther

sábado, 18 de septiembre de 2010

El valor de un corazón.

Una vida humana, ¿cuánto vale? ¿Por cuánto podemos vender nuestra vida o comprar la de los demás? La solución es oscilante. Vivimos en un mundo en el que la información se satura, y se produce el atasco de la verdad. La mayor parte la farándula miente haciendo creer a los compradores que lo que ofrece en el mercado es SU vida, cuando en su lugar es lo que dicho comprador espera recibir.
Esto ocurre asiduamente en nuestras vidas. Las personas ofrecen algo intangible, utópico, a un iluso que espera fervorosamente su paquete. La cuestión es que esto no son compradores, sino meros humanos sin afán de lucro. Un intercambio desinteresado. El problema se da en que, al cabo de un tiempo, una de las dos partes, es engañada. Su paquete es como una muñeca rusa, abres una, otra, otra, otra y otra, cada vez con más ilusión hasta que al final no hay nada. Y la parte engañada termina por desengañarse del engaño del engañador, de la pantomima. Y se desmorona la idílica estructura mental que se había formado de aquella otra parte. Se da cuenta de que ha sido un simple objeto. Y se hunde.
¿Cuánto vale un corazón? ¿Cuánto vale un sentimiento? Mucho. Demasiado. Es caro el precio a pagar. Se define por el hecho, de que el 88% de las personas carecen de ellos, el 7% cree tenerlos, el 3% los ha perdido y el 2% restante lo hará en los próximos 10 minutos. Se pregona una vida que resulta infactible. Suena bien escribir unas líneas sobre el amor, sobre el odio, sobre la emoción… pero… ¿es real? ¿Se puede vivir sintiendo? ¿Pensando que tarde o temprano caerás en un bucle de engaños? ¿Se puede poner un precio al corazón?
Muy pocas personas viven de acuerdo a estos preceptos. La mayor parte de ellas lo pagan con su vida. Una vida plena, pero dura. Una combinación explosiva.
El mundo es para los frívolos que se hacen llamar “racionales”. Para aquellos que se dice que gozan de “inteligencia emocional”, entendiendo por ello que regulan muy bien sus relaciones, se engañan a sí mismos, y engañan a los demás. ¿Conviene, por tanto morir por el corazón o vivir por la frivolidad? Una vida dedicada al cinismo, y a la engañifa de un pobre iluso.
Pues bien, la frivolidad puede haber vencido y asesinado al iluso… Pero el iluso habrá dado su vida por aquello en lo que cree, por aquello a lo que ama, por el amor, la vida por la vida. Porque el corazón es vida, y quien carece de él no vive, deambula. No sueña, farda. No ama, deteriora. No siente, aniquila. Y el iluso aquel muere por su princesa… por su amada… por su ideal… habiendo vivido una vida plena, habiendo conocido la felicidad, ese éxtasis desconocido que la frivolidad cree haber alcanzado. Y que jamás alcanzará. Son las 3.39 de la madrugada… y me declaro ilusa… pero feliz por no caer en la mediocridad racional. Mi corazón muere… tal vez no despierte jamás… y probablemente… mañana despertaré inmersa en la nube racional…
Sacudidas y recelo. Temblores y temor. Excitación y pánico. Remordimientos y horror. La sangre resbalaba entre la piel húmeda por las lágrimas derramadas tiempo atrás. Los ojos perdidos en la inmensidad no buscaban culpable, sabían que ellos mismos poseían toda la carga de aquella situación. Ellos, testigos, responsables. El cerebro se evadía, no quería actuar. ¿Qué había hecho? Lo había matado. La víctima se estremecía de dolor. Lanzaba alaridos sordos difíciles de ser percibidos. Se quejaba, imploraba piedad. Gritaba, inquiría. Pero el cerebro, gélido, se limitaba a hacer su trabajo. Una tarea ardua y dura para la cual se había tenido que emplear laboriosamente. Llevaba meses planeando ese instante. Años, quizá. Pero ahora, no lo disfrutaba. Con los instintos apagados, percibía la escena. Profunda indiferencia embriagaba su esencia. Por fin, había acabado con ello. Con todo aquel sufrimiento que le había arrastrado años de penuria y de abandono. Su dueño jamás le había dado la oportunidad de manifestarse. Siempre había tenido preferencia él, y ahora, estaba allí, tendido en la inmensidad, sin función alguna, dormido durante toda la eternidad. La racionalidad carcajeaba, esta vez había ganado la guerra, a pesar de haber perdido todas las batallas, una y otra vez. En esta ocasión, se alzaba imperante sobre el propio ser, con esa frialdad y sequedad propias. Aquel momento, era digno de mención. Porque por primera vez, el cerebro, lo había logrado. Y esta vez definitivamente. Había matado al corazón. Y ella había muerto consigo.
No quiero mirar atrás pa' escupirle a mi manera a la puta soledad ...

Y en esta ocasión firma...
La Señorita Frivolidad.